Sky Soldiers. (Preludio)

Preludio.
Primera Parte.


            Agost siempre había amado la rutina. En casa de los Galil era algo que se apreciaba mucho y él lo agradecía. Siempre se despertaba a la misma hora, tomaba un té mientras leía el noticiario mensual, (el emperador acababa de casarse y no se hablaba de otra cosa en el país) después se bañaba y comenzaba sus tareas.
            El sol comenzaba a alzarse por los ventanales cuando el mayordomo se dirigió hasta las cocinas. Las sirvientas habían comenzado a trabajar para preparar el desayuno. La cocina era lo bastante grande para que cupieran veinte personas del servicio durante los grandes banquetes, aunque actualmente con cinco se bastaban para sacar adelante el palacio.
            Todas lo saludaron al entrar, mientras él revisaba el brillo de la porcelana que se iba a servir. Una joven doncella puso el agua en la tetera y fue a colocar unas hojas de té negro dentro. El viejo mayordomo la detuvo.
            —Rida, querida. —Dijo él pacientemente. —Sabe usted que al marqués le gusta el té rojo por cada dos días de té negro, ¿y qué día es hoy?
            La muchacha miró al suelo nerviosa, mientras el mayordomo esperaba una respuesta.
            —El tercero, señor. —Respondió finalmente, avergonzada. Agost asintió con una sonrisa, mientras la chica corría a por el bote de hojas rojas.
            Otra muchacha, aún más joven llamada Lulana, le presentó la bandeja para que la evaluara antes de servirla. Él le dio su visto bueno y esta cruzó con prisas el umbral hacia el pasillo.
            Un sonido metálico alertó a los sirvientes. El mayordomo miró hacia la pared, intentando adivinar cuál de todas las diminutas campanas que colgaban verticalmente había sido la rebelde. Una de las chicas lo observó y se aclaró de la garganta.
            —Viene de la torre señor. —Dijo finalmente mientras dejaba de barrer el suelo. El viejo Agost asintió.
            —Dunas es quien se encarga del correo. —Dijo él para tranquilizarlas. Las muchachas se miraron entre ellas y volvieron a sus tareas en silencio.
            Agost adoraba la rutina, y por tanto, todo lo que ocurría fuera de ella era desagradable para los marqueses y para él, y un pájaro mecánico a esas horas de la mañana sobresalía claramente de la rutina.
            Cerró la puerta de la cocina tras de sí, y segundos después, las jóvenes comenzaron a chismorrear.
            — ¿El emperador Siznes ha contraído matrimonio?—Preguntó una en un susurro estridente.      —Ya era hora, escuché rumores en el marquesado, decían que era el emperador soltero más viejo de los últimos doscientos años.
            Algunas contestaron a aquel comentario con una risita aguda.
            —Pensé que los marqueses asistirían a la boda y tendríamos algunos días de descanso. —Confesó otra con pesar. — ¡Ay!—Se interrumpió.
            —No digas esas cosas. —Le reprimió la primera. —Hace poco que el hijo de los marqueses se ha recuperado de su enfermedad. No estaban en condiciones de viajar.
            Se hizo un silencio durante unos segundos.
            —Es verdad. Lo siento. —Respondió avergonzada.

            Deambuló por el pasillo en busca de Dunas. Él era el primero siempre en leer la correspondencia que llegaba a aquel palacio, y evaluaba la urgencia que requería cada uno de los mensajes.
            Subió las escaleras de la torre con paso lento y abrió la puerta que daba a la pajarera.
            El alba iluminaba los nidos que permanecían siempre silenciosos. Un diminuto sonido mecánico, como de aleteo sobresalía entre todos los huevos metálicos.
            —Estúpido Dunas, como siempre se habrá quedado dormido. —Suspiró al no ver al joven criado.
            Agost se acercó al pájaro mecánico que revoloteaba tirando de la cuerda en uno de los nidos vacíos.
            —Ya te vi. —Anunció él, cansado. —Estúpidos chismes. El mensajero imperial hace menos ruido. —Mintió él recordando la trompeta que sonaba cada quince días en la entrada del palacio. —Deja de alarmar a las criadas en la cocina, que ya tienen suficiente trabajo.
            La máquina quedó inmóvil para dejarse coger y el mayordomo la sostuvo entre sus manos, quitándole el pergamino que llevaba atado a la pata.
            El autómata agitaba su cabeza y sus alas, mientras unos diminutos discos de cobre y hierro giraban en su interior y le otorgaban movimiento.
            En el momento en el que Agost dejó al pájaro en el nido de piedra, este se desmontó en dieciocho placas de hierro negro que formaron un huevo del tamaño de un puño.
            El mayordomo desenrolló el pergamino y trató de leer lo que había escrito. Había llegado el amanecer, pero aquella torre era demasiado sombría para los ojos de un anciano.
            Bajó las escaleras más lento aún de lo que las había subido y llegó al gran corredor que daba a las habitaciones principales. El anciano se apoyó en una de las columnas de mármol para recuperar el aliento. Palpó su bolsillo para asegurarse de que el pergamino seguía ahí.
            Recorrió en silencio el pasillo del piso superior, sus zapatos crujían contra las brillantes baldosas del suelo, pasando por las habitaciones de sus señores y sus hijos. Las paredes estaban iluminadas con candiles de caprichosas formas y decoradas con cuadros de los antiguos marqueses de Galil, que seguían conservando su imponente aspecto.
            Se detuvo frente a una puerta de madera oscura, sacó un gran llavero de hierro y a ojo metió una de las llaves en el cerrojo de la puerta, sabiendo que acertaría a la primera. Las viejas llaves tenían diferentes tipos y formas, pero el anciano mayordomo había memorizado cada una de ellas con las puertas que habrían.
            Entró en el estudio, abriendo las cortinas para que la luz entrara. Aunque solo él y el marqués usaban aquella estancia, las criadas la limpiaban cada mañana a primera hora antes de que el señor se despertara. El mayordomo encendió la lámpara de gas, se sentó en el sillón de piel y se acercó al gran escritorio de caoba.
            El reloj de pared hacía tic-tac mientras marcaba las seis y cuarto de la mañana. Aquel amplio y luminoso estudio estaba repleto de libros y mapas viejos del antiguo mundo y del nuevo imperio y siempre olía a puro y a licor. El señor de la casa solía pasar gran parte del tiempo en aquel lugar leyendo viejos libros y poniendo los asuntos del marquesado en orden.
            Agost se colocó sus gafas y alisó el pergamino, acercándose a escasos centímetros del escritorio.
            Reconoció la firma del comandante Moores Péverel. Era un viejo amigo de la familia y solía escribirse a menudo con el marqués, aunque siempre por mensajero imperial.
            Leyó atentamente el mensaje una y otra vez. Su corazón se había parado y un gran pesar había sustituido la energía de la mañana.
            Miró el reloj para corroborar la hora y sin perder tiempo, se metió el papel en el bolsillo y se dirigió por el pasillo hasta el jardín donde sus señores solían desayunar.
            El patio estaba situado frente al salón principal, lleno de flores y árboles frutales. Por suerte, el buen tiempo raras veces dejaba aquel marquesado.
            El marqués Haduvig Galil estaba sentado en una de las sillas de mimbre leyendo el noticiario mientras removía su té. Era un hombre corpulento de cabello y ojos castaños. Tenía un rostro severo, casi oculto por una poblada barba y su fiereza en la batalla había sido conocida por todos antes de que una terrible enfermedad le dejara cojeando de la pierna derecha.
            Su esposa, la marquesa Nanari, que apenas tenía veinte años, sermoneaba a su primogénito, Ángelo, de cuatro años de edad por coger de forma inapropiada la papilla del desayuno.
            El benjamín de la familia, Ginquei, se agitaba en su cuna pidiendo la atención de su madre mientras la niñera trataba de entretenerlo con un sonajero de madera.
            —Ángelo, debes coger la cuchara para comer, con las manos no. —Dijo la joven marquesa pacientemente mientras se recogía unos mechones rubios de su cabello que se habían soltado del moño por la agitación. El niño dirigió sus ojos grises a un chico que había frente a él, en busca de algún tipo de ayuda. Ese niño, que no era hijo de los marqueses, miraba al pequeño Ángelo con el rostro serio, como si pudiera hablarle a través de la mente.
            Agost miró con desaprobación a aquel intruso, como solía hacer siempre que se lo cruzaba.
            —Que quieres, Agost. —Interrumpió el marqués dejando a un lado de la mesa la hoja que leía. El mayordomo saludó con una pequeña reverencia a sus señores, como si acabara de llegar y tendió el pergamino a Haduvig. Este miró el papel con extrañeza unos segundos y después a su sirviente.
            —Ha venido por pájaro mecánico, señor. —Se precipitó a explicar él para evitar alguna reprimenda por interrumpirles en su momento familiar. —Es del comandante Moores Péverel.
            Tras decir aquello, el marqués cogió el pergamino y lo leyó con detenimiento.
            — ¿Qué ocurre, mi amor?—Preguntó su esposa cogiendo en brazos a Ginquei para acallar sus quejas tras el inútil esfuerzo de la niñera. —Puedes retirarte.
            La rechoncha mujer hizo una reverencia de agradecimiento y se alejó hacia la entrada del palacio.
            —Vala ha muerto.
            De pronto en el jardín, todo quedó en silencio, como si el viento y las hojas hubieran quedado tan impactados como los marqueses.
            La marquesa jamás había conocido al comandante y a su esposa, pero sabía que eran viejos amigos de su esposo. Ambos estuvieron viviendo en el palacio imperial durante su infancia.
            — ¿Cómo ha sido?—Preguntó Nanari meciendo a su hijo menor en sus brazos.
            —El parto ha podido con ella. —Contestó su esposo con seriedad.
            — ¿Y el niño? ¿Ha sobrevivido?
            —Es una niña, está sana. —El marqués miró a su mayordomo e hizo un gesto con la cabeza. —Has hecho bien en traerme esto de inmediato, gracias. Puedes retirarte.
            El anciano asintió con la cabeza y se alejó por el jardín.
            —Dice algo más. —Confesó Haduvig al ver que su esposa estaba algo más aliviada. —Nos hará una visita. Creo que tenemos que avisar a las criadas para que preparen algunas habitaciones extra para esta noche.
            — ¿Se dará tanta prisa?—Nanari se levantó y puso a su hijo menor en la cuna, su esposo asintió con un suspiro. Ella se dirigió hacia su primogénito. —Ángelo, el tío Moores nos hará una visita esta tarde, lleva a tu hermano con la niñera y que ella os de un buen baño. Tú también Tzacks. —Dijo finalmente dirigiéndose al niño rubio que había permanecido en silencio todo aquel tiempo.
            Los dos chicos se levantaron a la vez y empujaron la cuna a través del camino que daba a las puertas de cristal del salón.
            —No deberías tratar a Ángelo como un adulto, se les podría caer el bebé. Solo tienen cuatro años, no son los apropiados para cuidar de un niño de catorce meses.
            Nanari miró a su esposo y le sonrió con ternura.
            —Ángelo cuida de Ginquei, y Tzacks de Ángelo. Esos dos son más espabilados de lo que crees.
            —Tzacks siempre cuida de Ángelo.—Corroboró el marqués. Su mujer asintió sin dejar de sonreír.


            El viejo Agost supo lo que debía hacer antes de que se lo dijera su señor. Fue hasta las cocinas, donde encontró a todas las criadas hablando mientras desayunaban pan tostado, queso y leche.
            Se levantaron todas como gesto de respeto en su presencia, el mayordomo agitó la mano para disuadirlas.
            —Señoritas, desayunen deprisa hoy. El señor Péverel nos visitará esta tarde, hay que preparar algunas habitaciones y revisar la despensa para comprobar que tenemos suficiente suministro.
            Todas asintieron y se alegraron ante la noticia, pero Agost permaneció serio.
            —Habrá que preparar una cuna, escuché que estaba embarazada.—Dijo una de ellas con alegría.
            —Y debemos buscar una habitación con un gran armario, la señora Péverel es la mujer con más vestidos de todo el imperio.—Dijo otra.
            —Eso es mentira.—Le reprimió una tercera.
            —Señoritas.—Acalló el mayordomo con tono severo.—No deberían hablar tan a la ligera de estas cosas. No deberán preparar habitación de matrimonio. La señora Péverel ha muerto. Lamenten su muerte unos minutos y luego pónganse manos a la obra, este palacio no descansa nunca.
            —Se-Señor Agost. —La chica menuda se adelantó tímidamente. —El niño...
            —Tranquila, Pina. La niña ha sobrevivido. —Se adelantó él antes de cerrar la puerta tras de sí.
            Se dirigió hasta las escaleras que daban a las habitaciones señoriales.
            —Buenos días, Agost. —Dijo una fina y diminuta voz proveniente del suelo. El mayordomo miró a sus pies y se encontró con los niños, que empujaban la cuna con ruedas de Ginquei. Ángelo le sonrió ampliamente bajo su espeso cabello castaño, junto a él, una sombra silenciosa y rubia miraba fijamente al mayordomo.
            —Buenos días, señorito Ángelo....y Tzacks. —Dijo evitando mirar a aquel huérfano.—La niñera estaba en las cocinas, deberían buscarla para que les cuide.
            El pequeño marqués hinchó las mejillas y frunció el ceño.
            —A mi no debe cuidarme, yo ya soy mayor. Debe cuidar a mi hermano pequeño, que es solo un bebé.—Le corrigió.
            —Oh, comprendo.
            —Vamos a la cocina, Tzacks. —Dijo el niño sonriendo ampliamente. —Seguro que nos dan caramelos.
            El niño rubio asintió sin dejar de mirar al mayordomo y siguió empujando la cuna por el pasillo. Agost siempre había pensado que el niño sabía que no le gustaba. A veces, hasta creía que era capaz de leer sus pensamientos. Seguía a Ángelo a todas parte como si debiera vigilarlo, algo impropio para un niño de apenas cinco años.
            El mayordomo nunca había aprobado su acercamiento al heredero del marquesado, y no porque creyera que era un niño extraño, sino porque era un huérfano de clase baja y no era la compañía adecuada para un pequeño señor.


            —Una niña, ¿debe ser bonita?—Preguntó Pina mientras ayudaba a Lulana a hacer una de las camas.
            —Decían que Moores solía ser muy apuesto.—Le contestó ella extendiendo la sábana y plegándola a la altura del cabezal.―Con su larga melena negra…
            —Ahora es muy viejo.—Dijo Pina sacando la lengua desagradablemente. Lulana se llevó una mano a la boca para tapar una risita.
            —No seas cruel. Ha perdido a su mujer, estará destrozado. No creo que celebremos muchas fiestas.
            Pina se encogió avergonzada.
            —La quería tanto, yo tengo un sexto sentido para estas cosas y lo veía. Al igual que veo que los marqueses no se quieren...
            —Pina, a los matrimonios de las clases altas nosotras no los podemos entender.
            Las criadas limpiaron una habitación individual para el comandante, sin rastro de elementos femeninos para evitar que pudiera traerle malos recuerdos. Cortinas de tela blanca y fina, aprovechando la luminosidad de la habitación, muebles de caoba y cama amplia con dosel.
            —Y pensar que yo tengo que dormir en una de ochenta centímetros...—Se quejó Pina al abandonar la habitación.
            —Haber nacido marquesa, o condesa...—Rió Lulana.
            —Los Péverel no son nada de eso y tienen camas grandes, aunque sea para una persona sola. —Se quejó de forma infantil.
            —Los Péverel si son de la nobleza, tonta. Han sido los comandantes de la armada imperial desde siempre. Además tienen un castillo, todos los nobles viven en castillos.
            Repasaron otra de las habitaciones que llevaba sin utilizarse desde el invierno. También era individual, pero más sencilla y con vistas directas al pueblo.
            — ¿No viene el mayor?.... ¿Cómo se llamaba?—Pina se llevó un dedo a los labios, dejando el plumero pegado a sus caderas.
            —Déncel. —Respondió Lulana para ayudarla. —No, Agost dice que su mujer Lada está en cinta y los médicos le aconsejan que no viaje. —Pina asintió con interés.
            — ¿Entonces esta habitación es para el pequeño? Rolo. —Comprendió la chica menuda.
            —Pequeño, pequeño....tiene diecisiete o dieciocho años. —De pronto a la chica se le iluminó la cara.
            —Lulana, creo que he tenido una idea. —Rió con malicia. —Al final tendrás que hacerme una cama de matrimonio...
            Lulana golpeó a la chica, tratando de sacarle las tonterías de la cabeza.
            —Venga, vamos. Aún nos queda llevar una cuna a la habitación de Ginquei. Agost dice que los bebés dormirán juntos, andamos escasos de niñeras.


            Nanari Galil escogió un vestido mejor para recibir al viejo amigo de la familia. Se componía básicamente de un corsé para estilizar, una blusa blanca de manga corta con bordados y una falda en forma de campana con cola de color pastel. Su criada le hizo un moño abultado y ondulado que le daba un aspecto despeinado muy de moda entre las mujeres casadas.
            —Este verano estoy cogiendo demasiado color. —Le dijo a su criada. —Será mejor que me traigas la sombrilla.
            La mujer asintió con un “si señora” y rebuscó en el armario. Volvió al instante con una sombrilla pequeña de bordados blancos.
            Nanari se miró en el espejo del tocador para darse el visto bueno, sus ojos grises y penetrantes le devolvieron la mirada y una blanca sonrisa resplandeció en el cristal.
            Se levantó y se dirigió hasta la habitación de su hijo menor para asegurarse de que los niños habían obedecido. La criada lo mecía en la cuna para dormirlo, miró a su señora y tendió las manos hacia el bebé, indicándole si quería cogerlo. La marquesa negó con una sonrisa y lo observó durante unos minutos.


            —Creo que un poco de pimienta en su té bastará. —Dijo Ángelo con una sonrisa malévola saltando entre las camas de su habitación. — ¿Tú que opinas?
            Tzacks no contestó. Se había sentado en el alfeizar entre los cojines para observar el cielo.
            Nanari abrió la puerta y colocó sus brazos en jarra, mirando con el ceño fruncido a su primogénito.
            —Creía que os había dicho que os bañarais. —Dijo enfadada. Ángelo dejó de saltar arrepentido y se encogió mientras caminaba hasta la siguiente estancia, donde las criadas habían preparado el agua caliente.
            Los niños se desvistieron y se metieron en la bañera de porcelana. Su madre se acercó y se puso de rodillas frente a ellos.
            — ¿A quién vais a ponerle pimienta?—Preguntó metiendo la esponja en el agua caliente y mojando el rubio cabello de Tzacks. Los chicos evitaron mirarla a los ojos y se miraron entre ellos.
            —Madre, es Agost. Odia a Tzacks. —Protestó el pequeño heredero.
            —No digas tonterías. —Tzacks miró a su madrastra con sus penetrantes ojos azules. La mujer les sonrió con ternura. —Pero que guapos sois.
            Los chicos acabaron de bañarse, Nanari llamó a una de sus criadas para que les cortara el cabello. Ángelo tenía el cabello castaño y sedoso y siempre le crecía a un ritmo alarmante. Tzacks por el contrario, tenía un cabello tan rubio como el trigo, pero por suerte le crecía lentamente así que su madrastra apenas debía preocuparse de él.
            —Así está bien, Indane. Gracias. —La niñera dejó las tijeras y retiró con un cepillo el cabello sobrante de los hombros de Ángelo mientras este apretaba los ojos inmóvil.—¿Crees que Tzacks necesita cortárselo?
            Ambas miraron al niño rubio que fruncía el ceño bajo sus grandes ojos azules. Su hermanastro reía silenciosamente mientras Indane trataba de cepillarle el espeso cabello rubio aplastándolo contra las orejas. Tzacks permanecía en silencio ignorando las caras de su mejor amigo que se lo estaba pasando en grande.
            Nanari les escogió ropa adecuada para la ocasión, esperando que les durara al menos hasta el recibimiento de Moores.


            Los criados comenzaron a preparar un gran banquete con carne de cerdo, verduras y vino de la mejor cosecha del marquesado. El centro de mesa se había decorado con flores silvestres apropiadas para la ocasión.
           
            Agost se encontró a Dunas, el encargado de la pajarera, cuando se dirigía hacia la habitación del marqués.
            — ¿Dónde se había metido?—Le preguntó enfadado al criado. El joven se sobresaltó mientras se metía la camisa dentro de los pantalones y se abotonaba el chaqué.
            —Disculpe, señor. Estaba...—Agost observó la cara de su empleado, llena de carmín por las mejillas.
            — ¿Sabe qué?—Interrumpió el mayordomo con las manos en alto para detenerlo. —Mejor vaya a lavarse y preséntese inmediatamente en las cocinas. Necesito a alguien que me acompañe para servir. —El criado no esperó más y corrió por el pasillo siguiendo las órdenes de su superior.
            Agost se encaminó hacia los aposentos señoriales. Evitó detenerse en el dormitorio de los niños, sabiendo que estaban dentro junto con su madre. El mayordomo nunca había sentido especial aprecio por su señora, no la encontraba a la altura del cargo de marquesa.
            Llegó a la puerta y tocó suavemente.
            —Con permiso, señor. —Anunció entrando sin alzar la vista. — ¿Necesita alguna cosa?
            Haduvig se había peinado el cabello canoso hacia atrás y había escogido un bonito bastón para disimular su cojera.
            —Moores está a punto de llegar, haz llamar a mi familia. —Agost asintió y se alejó por la puerta.

            El palacio se encontraba situado en un amplio valle, al este del marquesado. Habían construido una pista de aterrizaje a pocos metros del castillo en una zona despejada.
            Los habitantes del palacio, servicio incluido, se reunieron para esperar al barco volador con el que solía desplazarse.
            El cielo estaba despejado y hacía un calor propio de aquella época del año. Nanari y Haduvig esperaban en primera fila. Ángelo cogía la mano a su madre mientras miraba de reojo a su hermanastro, guardado por una niñera de la fila de atrás. El pequeño heredero le sacaba la lengua y hacía señales para indicar que estaba aburrido. Agost observaba las espaldas de sus señores con los dedos entrelazados y se aseguraba, sin dejar de mirar de un lado a otro, de que las criadas no hablaran por lo bajo como solían hacer.
            Lulana había sido asignada como niñera de los pequeños. Sostenía entre los brazos a Ginquei que se removía y se quejaba al ver a su madre frente a él. Tzacks por el contrario se mantenía quieto dándole la mano a la joven mientras miraba a su hermanastro con sus grandes ojos azul marino, mientras este le ponía caras para tratar de hacerlo reír. Esos dos siempre estaban juntos, como si el pequeño huérfano fuera su sombra.
            La mayoría de las criadas consideraban que Nanari tenía un gran corazón al haber adoptado al niño como a un hijo legítimo. Otros, como Agost, no ocultaba lo desagradable que le parecía aquel comportamiento para una marquesa.
            Lulana se sobresaltó de pronto, Tzacks le acababa de dar un tímido apretón en la mano. Miró al niño, pero este seguía mirando la pista de aterrizaje como si no nada hubiera ocurrido.
            De pronto un fuerte viento comenzó a soplar y el silencio del bosque fue interrumpido por un gran estruendo. Las aves piaron con fuerza y salieron volando en todas direcciones, los árboles perdieron su consistencia y se tambalearon como si fueran cabellos y los presentes tuvieron que sujetar sus sombreros y cerrar los ojos para que no les entrara tierra.
            Una gran nave del tamaño de dos elefantes adultos apareció en el cielo. Descendió horizontalmente transformando el día en noche bajo las miradas de todos los habitantes de la gran mansión.
            La nave tenía forma de langosta gigante, y donde habrían estado sus tenazas, había dos grandes hélices horizontales que giraban tan deprisa que era imposible seguirlas con la vista.
            El barco volador se posó con un estruendo sobre la pista mientras sus hélices disminuían su movimiento hasta detenerse y el bosque volvía a su quietud original.
            —Han venido en uno de los caballos salvajes. —Dijo el marqués a su esposa que aún se tapaba los oídos con los dedos. —Son ruidosos, pero muy rápidos.
            Nanari miró a su hijo mayor que estaba pasmado y emocionado. Siempre reaccionaba de la misma forma al ver un barco volador. El niño miraba a su hermanastro con los ojos y la boca bien abiertos, asegurándose de que también estaba viendo aquella maravillosa máquina.
            Los motores que giraban las hélices se apagaron y estas se detuvieron lentamente. El caballo salvaje se posó de forma lateral sobre la pista y una escotilla se dejó caer dando paso a una escalera en su interior.
            Dos personas, vestidas con las ropas de los sirvientes descendieron de forma silenciosa y rápida por la escalerilla a la pista, una de ellas llevaba entre los brazos un bulto envuelto en sábanas. Tras ellos, un hombre de unos cincuenta años alto y muy corpulento salió a la luz del sol.
            Haduvig Galil se aclaró la garganta con la mano sobre los labios. Nanari miró a su esposo y después a su hijo, que seguía con la boca abierta, maravillado.
            Detrás del gran hombre de rizado y blanco cabello, salió un joven de la edad de Nanari, con una larga y sedosa cabellera negra que le caía sobre los hombros.
            Las cuatro personas se acercaron con paso firme a los habitantes de la mansión, que miraban expectantes.
            —Viejo amigo.—El hombre de pelo blanco era el más alto de todos, pero su rostro bondadoso anulaba su imponente aspecto. El marqués estrechó la mano de su enorme amigo con rostro serio.
            —Siento tu pérdida, Moores.—El hombre asintió solemnemente.
            —¿Recuerdas a Rolo?—El chico de pelo negro se puso a la altura de su padre. El marqués sonrió y asintió.
            —Eras muy pequeño la última vez que te vi. ¿Cuántos años tienes?—El joven sonrió, dejando ver una hermosa y radiante sonrisa blanca.
            —Diecisiete, marqués.—Respondió el chico con una arrebatadora voz masculina.
Nanari se sonrojó sin darse cuenta bajo los ojos negros del joven. A pesar de ser tres años mayor que él, le sacaba dos cabezas de alto, y su aspecto era demasiado maduro.
            —Todo un hombre, sí señor. —Dijo con orgullo.—Llámame Haduvig. ¿Tú primogénito y su esposa tienen buena salud?
            —Déncel no se separa de su mujer a causa del embarazo.—Rió Moores. —Lleva el castillo con buena mano, será un buen señor.
            Los hombres rieron. Rolo examinó con curiosidad a cada uno de los presentes, deteniéndose en Ángelo, que seguía cogido a la mano de su madre.
            — ¿Cómo te llamas?—Preguntó con voz encantadora. Él niño hinchó el pecho con orgullo.
            —Dejad que os presente a mi familia.—Interrumpió Haduvig. Señaló a su mujer que tendió el dorso de su mano.—Mi esposa Nanari, con la que contraje matrimonio hará ya cinco años.
            Ambos le besaron el dorso de la mano con dulzura.
            —Una autentica belleza.—Respondió Moores con sinceridad.
            —Mi primogénito de cuatro años, Ángelo.—Continuó, posando su mano sobre la cabeza castaña del niño.
            —Vaya, eres todo un hombre ya.—Dijo Rolo en cuclillas frente al niño.—¿Ya cuidas de tu madre?
            El niño se ruborizó y asintió. Nanari rió tímidamente.
            —Lulana, acércate.—La criada obedeció a su señor y se puso a su altura, con el bebé en brazos y Tzacks a su lado.
            —Él es mi hijo menor, Ginquei.—Moores se acercó a Lulana que sostenía al bebé y sonrió.
            —Parece muy sano, me alegro.—Dijo dirigiéndose a su viejo amigo y a Nanari.
            —Hola. ¿Y tú quién eres?—Rolo miraba los ojos azules de Tzacks, éste le devolvía la mirada con el ceño fruncido.
            —Tzacks es mi mejor amigo.—Respondió Ángelo.—Yo lo encontré en el pueblo.—Dijo con orgullo. Moores miró a su viejo amigo extrañado.
            —¿Este es el niño del que me hablabas en tus cartas?—Haduvig asintió.
            —Moores, ¿La niña?—El marqués cayó en la cuenta de que no la había visto todavía. Nanari ordenó a Lulana que llevara a los niños a cenar a su cuarto y a la cama y que las criadas prepararan la cena.
            Moores miró a la criada que llevaba el bulto entre los brazos y le hizo una seña para que se acercase.
            El pequeño bulto se removía y emitía sonidos agudos. Nanari se llevó una mano a los labios y emitió un grito ahogado de asombro.
            —Es preciosa. —Admitió la joven.—¿Cómo se llama?
            —Vala murió antes de poder ponerle un nombre, así que Rolo la bautizó.—Moores se acercó al bebé y le apartó con un dedo las mantas de la cara, dejando ver una cabeza llena de espesos bucles azabaches.—Se llama Lucy.
            Nanari pidió permiso y cogió a la niña en brazos. La pequeña agitaba sus manos y piernas contenta.
            Entraron en el gran comedor, donde las sirvientas esperaban con los dedos cruzados en el regazo. Cenaron menestra de verduras con carne de cerdo asada y bebieron mucho vino.
            —Parece que eran inseparables. —Comentó Rolo a Nanari bajo su copa. Ella sonrió incómoda observando de reojo a su esposo que reía los chistes de su viejo amigo.—Mi padre siempre me habla mucho de su esposo.
            —Es extraño que me trates con formalidades, al fin y al cabo tenemos casi la misma edad. —Admitió ella. Rolo asintió y siguió comiendo.—Es un bonito nombre.
            Rolo la miró sin comprender y al instante sonrió con ternura.
            —Cuando era pequeño solía adorar las historias de los piratas del aire.—Admitió el joven .—Los cuentos de “·Mico el valiente” y “Las siete islas y el octavo tesoro”... estas eran mis favoritas. ¿Has leído alguna de ellas?
            Nanari negó con tristeza. Su padre siempre había sido muy estricto con sus pasatiempos y los cuentos de piratas no figuraban como aptos para una señorita.
            —Es una lástima. —Admitió el joven. —En las historias de Mico, él era el más valiente surcador de los cielos y navegante de estrellas. Nadie podía hacerle sombra. Nadie...salvo una mujer. Era una princesa de un lejano reino, pero renunciaba a su corona y se embarcaba en una tripulación, transformándose en el gran amor y peor enemigo de Mico.
            — ¿Lucy?—Preguntó Nanari interesada mientras su esposo seguía riendo y hablando con su viejo amigo. Rolo miró a la joven y asintió con una sonrisa pícara. —Vaya, parece apasionante.
            —Deberías pedirle a tu esposo que ampliara su biblioteca. —Dijo Rolo con atrevimiento, sabiendo que Haduvig no lo estaba escuchando. —Algunos libros pueden enseñarte cosas muy....interesantes.


            —Yo quiero verla. —Exigió Ángelo recostado en su cama. —No es justo. ¿Vamos?
            El niño se levantó sin esperar respuesta y Tzacks lo siguió en silencio. Salieron al pasillo de puntillas y se dirigieron a la habitación de al lado.
            En aquella estancia había dos cunas. Ángelo reconoció la de su hermano Ginquei y pasó de largo.
            El niño despertó por el ruido y comenzó a quejarse.
            —Ginquei, calla. Solo queremos verla. —Protestó el pequeño marqués. Los niños se acercaron a la cuna adicional. Ángelo subió a su amigo a los hombros. Tzacks era un niño muy delgado y además él era muy fuerte así que soportó el peso fácilmente. — ¿Tzacks, qué ves?
            El niño de pelo rubio se asomó a la cuna, una diminuta y redonda cara de piel cetrina y enormes ojos negros lo miraban bajo una gran mata de tirabuzones azabaches.
            Tzacks hizo una mueca por la decepción.
            —Me toca. —Exigió Ángelo.
            Lucy alargó una de sus manitas y riendo cogió el dedo meñique de Tzacks. El niño frunció el ceño y miró al bebé, que sonreía sin dientes y alzaba sus manos para que la cogiera.
            —Me toca, Tzacks. Has estado mucho rato. —El rubio echó un último vistazo a la niña y bajó de los hombros de su compañero.
            Repitieron lo mismo para que Ángelo pudiera verla. Ella seguía agitándose y riendo para llamar la atención de sus observadores.
            —Que pequeña es...más aún que Ginquei. —Dijo el niño. Le pasó una mano por el cabello negro y sonrió. —No podremos jugar con ella.
            Ginquei comenzó a quejarse con fuerza al no poder dormir, y esos quejidos se transformaron rápidamente en gimoteos.
            Los niños corrieron hacia su habitación antes de que los llantos atrajeran a las criadas.


            — ¿Cómo ha ido la boda del emperador?—Preguntó Nanari a su invitado.
            —Muy lujosa, como puedes imaginar. —Explicó Moores mientras se tocaba un brazalete de cobre y hierro que llevaba en el brazo derecho. —El emperador Siznes estuvo muy preocupado por vuestro hijo.
            Los anfitriones asintieron en agradecimiento.
            —Ya no debe preocuparse. Como has visto, Ángelo está sano. Aunque según los médicos, tiene los pulmones delicados y deberá llevar una vida tranquila.
            —Entiendo...—El viejo mayordomo se les acercó y les sirvió té con limón. En aquella época, era uno de los platos especiales del marquesado.—Rolo, he oído que hablabais de libros. Quizás nuestra marquesa sería tan amable de enseñarte la biblioteca.
            Nanari se sorprendió ante aquella petición. Lo normal tras una cena era que los hombres se retiraran a fumar puros y beber licores mientras las mujeres tomaban té en el jardín. La joven había asumido que debería retirarse sola, ya que, aunque Rolo solo tuviera diecisiete años, era considerado lo suficientemente adulto como para acompañarlos.
            Sin rechistar, el hijo aceptó y pidió a la joven marquesa que le enseñara la biblioteca.


            — ¿Crees que encontraremos “Las siete islas de Mico”?—Preguntó Nanari al joven que estaba subido en unas escaleras, buscando entre los libros de aquella gran biblioteca. —No creo que mi esposo haya leído ese tipo de historias.
            —Paciencia, hermosa dama. —Contestó él bromeando. —Además, por ese título lo dudo.
            Nanari se avergonzó de su comentario. El joven le sonrió y siguió buscando entre todos aquellos antiguos libros.
            —Creía...— Comenzó a decir la mujer mientras se dejaba caer sobre un gran sillón rojo. —que la edad para acompañar a los hombres tras la cena era a los dieciséis años...
            Un libro cayó con un fuerte estruendo sobresaltando a la chica. No pudo ver la cara de su acompañante pero al instante comprendió que su comentario había sido desafortunado.


            —He estado muy ocupado desde que nació Lucy. —Confesó Moores mientras cogía uno de los puros de una caja que le ofrecía su anfitrión.
            Haduvig la cerró y la colocó en la estantería guardando silencio. Habían sido inseparables de niños pero hacia demasiado que no se veían.
            El cuarto de estar estaba pintado con colores verdosos y granates. Habían colocado dos sillones cerca del fuego y las paredes estaban llenas de estantes con licores y puros de todas las procedencias. Aquella estancia siempre había sido así, desde antes de que Haduvig pudiera recordar. Su padre siempre había pasado muchas horas entre aquellas paredes y le había enseñado todo lo que sabía de aquellos vicios.
            Moores se llevó el puro a la boca y se lo encendió con una cerilla mientras Haduvig se servía un whisky.
            —Debería venir más a menudo. —Susurró el hombre de pelo blanco mientras disfrutaba del sabor y del humo con calma. —Tienes una colección exquisita.
            —Siempre me dices lo mismo. —Contestó con una sonrisa. —Por cierto, ¿me has dicho que Déncel y Lada viven en el castillo?—Moores asintió. —Pero entonces, ¿dónde estás viviendo tú?
            —En el acorazado. —Respondió despacio, esperando su reacción. —Como te he dicho, Lucy es lo último que me queda de Vala. Quiero criarla yo, pero el mando del ejército me ocupa todo mi tiempo. Por eso ahora vivo ahí con ella.
            Haduvig permaneció unos segundos en silencio, tratando de comprender.
            — ¿Vas a criar a tu hija entre soldados, sin niñeras ni servicio?—Moores pudo ver claramente que la idea a su viejo amigo no le entusiasmaba.
            —Hay servicio. —Reprochó. —Limpiadores, lavanderos, taberneros...
            —Ya sabes a lo que me refiero. —Interrumpió Haduvig. —La niña necesitará clases, una criada personal para vestirla, niños con los que jugar.
            —Vendré a verte muy a menudo, tus hijos jugarán con ella. Tranquilo Haduvig, Vala quiso criar a Déncel, así que se cómo hay que hacerlo.
            Haduvig suspiró sin tenerlo claro mientras su amigo le sonreía con confianza y se acariciaba la argolla que le rodeaba la muñeca derecha.
            —Moores...—El hombre miró a su viejo amigo mientras se terminaba el puro. — ¿Qué ocurrirá con Rolo? ¿Lo estás preparando para el mando?
            —Bueno...A parte del castillo, no tengo nada que legar a mis hijos y Déncel es el primogénito, así que le toca por derecho. Pero Rolo....no creo que sea bueno para ser comandante.


            Rolo se deslizó por las escaleras hacia el suelo, mientras Nanari se agachaba para recoger el libro que acababa de caerse.
            —Pido disculpas si te he ofendido...—Balbuceó la joven avergonzada. Rolo le tendió un libro de tapa azul titulado “Mico el valiente” sonriendo. Nanari lo examinó, el encuadernado estaba poco trabajado y la imprenta era sencilla, además, no parecía tener más de cincuenta páginas.
            —Es un buen libro. —Comentó él colocando el libro que se había caído en su estante. —Aunque quizás el criterio de un niño de seis años no sea el más adecuado.
            —A mis hijos les encantará, estoy segura. Ángelo adora las aventuras, al igual que Tzacks.


            Haduvig le dio un largo sorbo a su vaso de cristal mientras contemplaba el paisaje por la ventana. Moores seguía sentado en el sillón con los brazos sobre su regazo, mirando algún punto en la alfombra.
            — ¿Crees que es lo mejor para Rolo? Esta decisión lo entristecerá. —Dijo el anfitrión tras una larga pausa.
            —Sírveme uno. —Pidió Moores señalando el vaso de su amigo. Este obedeció y le vertió abundante licor en un vaso para finalmente tendérselo. —Mi deber es proteger el imperio—Comenzó a decir tras haber dado el primer sorbo. — y mis decisiones pueden ser vitales para el futuro del país. Rolo lo comprenderá, es muy inteligente… es el chico más inteligente que conozco.
            —Aún así...alejarlo de su hogar con alguien que apenas conoce... —Contestó Haduvig dubitativo.
            —Tu esposa es casi de su edad y ha congeniado bien con ella. Además se que serás un buen tutor.—Haduvig sonrió con ternura ante el halago de su viejo amigo.—¿Recuerdas la vez que el emperador nos convocó para darle una medalla a mi padre?
            Haduvig rió de pronto, recordando aquel día.
            —Llegamos tarde por tu culpa, y encima te confundiste en el discurso.—Moores rió negando con la cabeza.
            —Fuiste tú, yo no hice nada.—Ambos rieron.
            Comenzaron a recordar aventuras en los tiempos que Moores estaba siendo preparado para el mando por su padre y era un soldado del aire. En aquellos tiempos, la guerra contra los rebeldes había acabado y las visitas a la capital eran frecuentes. Todo eran fiestas con grandes banquetes, música y bebida.


            Lulana cerró la puerta de los niños tras comprobar que estaban durmiendo. Había escuchado ruidos y eso la había preocupado. Se dirigió hacia las cocinas totalmente agotada. Ahí la esperaban las demás fregando la vajilla y preparando las sobras para su cena.
            —¿Están dormidos ya?—Preguntó la cocinera Indane. Lulana asintió con desgana y la rechoncha mujer rió.—La primera vez que tuve que hacer de niñera, me dormí antes que ellos.
            —Estais exagerando, los niños son muy divertidos. Yo a veces juego con ellos en el jardín. —Aseguró Dunas mientras barría el suelo.
            —¿Tan malos son?—Preguntó Pina asustada. Indane rió mientras servía los platos y las chicas se sentaban alrededor de la mesa de madera.
            Las mujeres, junto con Dunas, comenzaron a comer con gusto todo lo que había en sus platos de cristal.
            — ¿Habéis visto a Rolo?—Dijo Pina con exageración. —Es el chico más guapo que he visto nunca. —Aseguró soñolienta. Todas rieron ante su descaro pero estaban de acuerdo, salvo el chico que hizo una mueca de desagrado y giró la cabeza de lado a lado. Cuando Agost entró por la puerta, se hizo un silencio sepulcral.
            El anciano mayordomo se sirvió un plato y imitó a las demás.
            —Pina, debes preparar una infusión para la señora, sabes que le cuesta dormir cuando hay invitados.—Dijo él con seriedad. La chica asintió, nerviosa.—Lulana, ¿las habitaciones están listas? —Dijo dirigiéndose a la chica que tenía al lado. A esta se le cayeron los cubiertos, los recogió torpemente y asintió.
            El resto de la cena fue silenciosa. Al acabar el mayordomo dio gracias a las cocineras por la cena y se marchó a dar una última vuelta por el castillo para asegurarse de que todo estaba en orden.
            Las criadas recogieron los platos y se retiraron a sus habitaciones situadas en el ala este.

            Nanari se puso el camisón y se sentó enfrente de su tocador. Se miró al espejo, a través de él pudo ver a su cónyuge que se acostaba en la cama y a una mujer joven y bella que le devolvía la mirada. Se hizo una trenza con cuidado y desvió un segundo sus ojos al libro que estaba reposado sobre la cómoda, esperando a ser leído.
            —¿Querida?—La voz de Haduvig la sobresaltó e hizo que volviera en sí. Nanari le sonrió a través del espejo y se levantó para acostarse a su lado. Haduvig esperó a que su esposa se metiera bajo las sábanas y apagó la lámpara de gas.
            La oscuridad se cernía en aquel gran palacio, casi cada noche la luna iluminaba el valle como si se tratara de una gran vela de luz plateada que entraba a través de las cortinas, pero aquella era una noche cerrada.
            —¿Cuánto tiempo se quedarán con nosotros?—Preguntó Nanari poniéndose boca arriba y acariciándose la trenza.
            —Moores no puede pasar mucho tiempo fuera del acorazado.—Aseguró el marqués.—Pero Rolo...
            Nanari giró la cabeza hacia su esposo, para ver su silueta en la oscuridad.
            —¿A qué te refieres?—Preguntó ella temerosa. Haduvig se tomó un largo silencio antes de contestar.
            —Moores no quiere recomendarlo al emperador. Me ha pedido que lo coja bajo mi tutela.
































Preludio.
Segunda Parte.
            Al día siguiente, el servicio comenzó a preparar el desayuno de buena mañana. Indane subió a vestir a los niños, llevaban despiertos desde antes incluso que los criados y jugaban con unos bloques de construcción.
            —¡Mira Tzacks!—Gritó Ángelo mostrando una forma alargada que había construido con los bloques de madera.—Es la nave que vimos ayer.
            Tzacks, que estaba sentado en frente y no construía nada, miró a su amigo y le esbozó una sonrisa silenciosa. Indane se llevó una mano al pecho y sonrió con ternura.
            —Buenos días, niños.—Dijo ella alegremente en lugar de la reprimenda que pensaba darles al estar despiertos tan pronto. Los chicos la miraron y Ángelo sonrió y la saludó con entusiasmo.—Venga, a vestirse que tus padres quieren que desayunéis todos juntos.
            Corrió desvistiéndose en todas direcciones mientras su niñera lo perseguía resoplando.
            Indane peinó a los dos niños y los vistió, con Tzacks no tuvo inconveniente, permaneció quieto y silencioso, pero Ángelo se removía en su sitio como solía hacer siempre. La niñera a veces dudaba de los médico,s que aseguraban que aquel niño tenía unos pulmones delicados y eso limitaría su vida.
            Tras la dura pelea, consiguió arreglarlo de forma decente. Se acercó a la habitación continua, donde dormían los bebés. Los traviesos niños la siguieron armando alboroto en el corredor.
            —Id abajo con vuestro padre.—Ordenó la rechoncha mujer. Ángelo sonrió como si nunca hubiera roto un plato y se cogió las manos tras la espalda.
            —Pero yo quiero ir contigo, Indane.—Rogó él.—Mi madre dice que debo cuidar de Ginquei.
            La niñera rió ante su comentario y decidió dejar que la siguiera. Tras Ángelo iba Tzacks como siempre, silencioso como una sombra y con un comportamiento más propio de un adulto. Dunas apareció de pronto caminando por el pasillo mientras leía el correo sin prestar atención a lo que ocurría a su alrededor.
            —Buenos días.—Saludó Indane sabiendo que cogería por sorpresa al chico.
            —Vaya, buenos días.—Contestó animadamente.—¿Y vosotros dónde vais?
            Ángelo corrió al lado del chico, seguido por Tzacks y lo saludó con exagerada energía.
            —Venimos a cuidar a Ginquei.—Dijo el niño con orgullo. Dunas rió y cruzó sus brazos asintiendo con la cabeza.
            —Seguro que lo hacéis genial, vigilad a Indane que a veces es un poco ogro.—Dijo eso último agachado, tapándose la boca con la mano para que ella no pudiera oírlo y les guiñó un ojo. Ángelo soltó una risita aguda y asintió emocionado finalmente corrió junto a su mejor amigo hacia la habitación de su hermano pequeño.
           
            Nanari saludó con cortesía a Moores y a Rolo en el comedor que solían utilizar en verano, era más fresco y daba al jardín.
            Indane apareció con una cuna y con los niños que transportaban otra.
            —Qué buenos niños tienes. —Premió Rolo acercándose a su hermana pequeña. —Buenos días señorita, ¿cómo has dormido?
            Rolo cogió a la niña que se agitó y rió contentísima por estar en brazos de su hermano mayor. Le habían puesto un vestido claro y una especie de gorro blanco atado a la barbilla. El chico se lo desabrochó y lo dejó en la cuna, la niñera gruñó con desaprobación.
            —Con ese gorro no se le ven sus hermosos tirabuzones negros.—Explicó el joven con una encantadora sonrisa que, para la criada, fue suficiente.
            Nanari besó a sus hijos en la mejilla y a Tzacks. Estos dos se sentaron junto a su madre en silencio, emocionados. No solían tener demasiadas visitas.
            —Indane, ¿cierto?—Pregunto el joven de pelo negro.—A Lucy le daré el desayuno yo más tarde.
            Indane asintió y se llevó a la niña de vuelta a la habitación.
            Los comensales se sentaron a la mesa. Sirvieron té con leche, tostadas con confitura y frutas variadas.
            —Indane es buena niñera, ha cuidado de Ángelo desde que nació.—Comenzó Nanari, con una disculpa vaga.—Quizás ha hecho algo que no hayas encontrado apropiado...
            Rolo miró a su padre con incredulidad y tras eso a su anfitriona y comenzó a reír sin tratar de disimularlo. Nanari frunció el ceño sin comprender.
            —Si he dicho algo que puede haber resultado gracioso...—Rolo alzó una mano para detenerla y negó con la cabeza, tratando de parar sus carcajadas.
            —Perdona Nanari, siento que me hayas malinterpretado. —Se disculpó el chico limpiándose la boca suavemente con una servilleta de tela.—Quizás he ofendido a tu criada. Verás, desde que mi madre falleció, mi padre y yo nos hemos encargado de cuidar de Lucy. —Desvió su mirada a Moores que asentía mientras removía su té. —Ahora se ha acostumbrado a que uno de los dos le de la leche, y se niega a tomarla de nadie más, ni de  nuestras criadas. —Miró a Nanari con una sonrisa y esta se la devolvió, aliviada.—No os preocupéis, después del desayuno hablaré con Indane para pedirle disculpas. Al fin y al cabo, quiero llevarme bien con el servicio si debo quedarme aquí un tiempo.
            Acabaron el desayuno en silencio, Haduvig y Moores decidieron visitar el marquesado a caballo mientras Nanari acompañaba curiosa a Rolo a las cocinas.
            —¿Siempre sacas tiempo para Lucy?—Preguntó la marquesa mientras caminaba al lado de su invitado por el pasillo.
            —Lo intento. Cuando yo era pequeño, apenas pasé tiempo con mi madre porque estaba enferma y mi padre tenía siempre tantas obligaciones con el ejército...no quiero que Lucy crezca en esa soledad.—Nanari se quedó en silencio, sin saber que contestar.—Ángelo tiene suerte de tener a su madre cerca, además tiene a Tzacks.
            —Si, es cierto.—Admitió ella con una sonrisa.—Tzacks protege a mi hijo como si fuera su guardián. A veces, siento lástima por él. Pienso que trata de agradecernos que lo adoptásemos, y eso que solo era un bebé.
            —Tranquila, hay niños que son así.—La tranquilizó con una sonrisa.—Yo tampoco solía jugar demasiado con los otros niños. Me gustaba más leer en la biblioteca.
            Abrieron la puerta de la cocina, donde el servicio estaba desayunando. Con un estruendo se levantaron rápidamente dejando sus cubiertos encima de los platos.
            —Indane. —Dijo Rolo. —¿Podrías preparar un biberón?—La criada hizo una pequeña reverencia como afirmación y sin demora puso la leche a hervir.—Siento haber interrumpido vuestro desayuno.―Todas negaron exageradamente y rieron con descaro.
            La marquesa tomó un taburete como asiento mientras esperaba que la leche estuviera a punto. Miró de reojo a las criadas, casi parecían haber olvidado que Rolo era de una clase social diferente a la suya. ¿Qué tenía aquel chico que hacía reaccionar de aquella manera a su servicio hasta el punto de que olvidaran sus modales?
            La curiosidad le pudo y observó con detenimiento al joven. Su larga y sedosa cabellera le caía grácilmente sobre los hombros y su pálida piel casi parecía relucir son los rayos del sol. Tenía un hermoso rostro con el mentón cuadrado, y siempre llevaba la ropa holgada y la blusa abierta, dejando ver su clavícula. Nanari tragó saliva al notar que el ambiente se caldeaba y desvió la mirada hacia su criada, que ya servía la leche en un biberón de cristal.
            Rolo se disculpó de nuevo con el servicio y se dirigieron hacia la habitación. El chico, que no parecía haberse dado cuenta del efecto que causaba su apariencia, comprobaba con el brazo la temperatura de la leche mientras Nanari caminaba a su lado, tratando de recobrar la compostura.
           
            La habitación estaba silenciosa, la marquesa se acercó a la cuna de su benjamín para comprobar que dormía. Rolo recogió a su hermana, que sonreía contenta al verlo y se la colocó entre los brazos, mientras se sentaba en una mecedora.
            El cabello sedoso del joven le caía sobre la cara y él trataba, de forma inútil, apartárselo hacia atrás. Nanari se acercó al chico por detrás y con cuidado, le recogió el cabello en una trenza.
            —Discúlpame. —Pidió ella ruborizada ante la mirada de asombro del joven. —Solo...pensé que si te lo recogía...ha sido un comportamiento inadecuado, lo siento.
            —No, es que...—Rolo le sonrió negando con la cabeza.—Nunca me habían tocado el cabello antes. Suelo peinarlo yo mismo... pero supongo que no se recogérmelo tan bien como una mujer. Pero visto de esta forma es más cómodo.

            Nanari observó la tierna escena mientras Rolo alimentaba a su hermana pequeña, que bebía plácidamente con los ojos cerrados. Tras unos minutos, volvió a colocar al bebé en la cuna y ambos salieron de la habitación en silencio.
           
            Tras el desayuno, Rida y Pina preparaban el equipaje en la habitación de Moores Péverel. Pina tarareaba mientras doblaba las camisas y los trajes del armario y los pasaba a las maletas con las que había venido. Un pequeño ruiseñor cantaba alegremente y revoloteaba cerca de la ventana de la habitación, haciendo más ameno el trabajo.
            —Pensaba que el señor Péverel se quedaría más tiempo.—Comentó Rida con un suspiro mientras hacía la cama.—El marqués estaba muy contento de tenerlo de visita.
            —Ser comandante del ejército imperial es un trabajo muy duro. Tiene muchas responsabilidades.—Le contestó la otra.
            —Seguro que no es un trabajo tan duro como el nuestro. Por suerte Rolo se queda más, ojala baje más a menudo a pedir leche.—Confesó riendo.—La cocina nunca había estado tan animada.
            Acabaron su trabajo y arrastraron las maletas hasta el pasillo.
            —Dunas debería ayudarnos, esto pesa demasiado.—Protestó Pina pasándose una mano por la frente.
            —Si lo llamas tú, seguro que viene corriendo. —Rió la joven, arreglándose los cabellos que le habían salido del recogido bajo la cofia.
            —No digas esas cosas.—Se alarmó avergonzada Pina, dándole un golpe a su compañera en el hombro.


            La tarde teñía el cielo de naranja y las nubes del color del vino.
            En la pista de aterrizaje el calor era casi insoportable y aunque el sol se escondía, parecía que los azotaba sin descanso.
            —Vendré a verte muy a menudo.—Aseguró Moores a su hijo dándole la mano. El caballo salvaje estaba en marcha y las hélices provocaban un fuerte viento que agitaba a todos los presentes.
            —Trae a Lucy contigo.—Pidió Rolo acariciando la cabeza de su hermana pequeña, que estaba en brazos de la misma criada que la había traído.
            —Haduvig, amigo.—El marqués se acercó cojeando y le estrechó la mano al comandante.
            —Espero que puedas venir a vernos pronto.—Moores Péverel asintió con la cabeza y le besó la mano a Nanari para despedirse, finalmente agitó el cabello castaño de Ángelo y acarició la mejilla de Ginquei.
            —Buen viaje, padre.—Se despidió Rolo mientras Moores subía las escaleras del caballo salvaje. La escotilla se cerró y en escasos minutos el barco volador se alzaba ante la vista de todos y desaparecía con rapidez, dejando tras de sí una ligera nube de vapor.


            —Podemos empezar con geografía.—Anunció Haduvig buscando un mapa en su estudio. Rolo lo observaba interesado y divertido.—Supongo que has recibido una educación con maestros especializados en estos temas.
            —Si me permite decírselo, las clases me aburrían un poco.—Confesó el joven ayudando a su tutor con el pergamino. Este miró a su nuevo pupilo, asombrado por el descaro con el que hablaba y se sentó frente al escritorio de caoba. La gota le había lisiado la pierna años atrás y a veces el simple peso de su cuerpo le desgarraba de dolor.
            Sacaron el gran mapa de su estuche cilíndrico y lo colocaron a lo largo de la mesa.
            —Siendo tu padre el comandante, imagino que conocerás la jurisdicción del ejército aéreo y del terrestre.
            —Sí.—Dijo sin modestia.—Tengo amplios conocimientos de geografía, historia, literatura y leyes. Pero escasos en hípica y esgrima.
            Haduvig se llevó en índice a los labios, pensativo. Rolo le sonrió y pasó sus dedos por el mapa del imperio.
            —Este mapa está incompleto.—Murmuró el chico de pelo negro.—Las islas del sur y el continente del oeste es más grande.
            —No hay islas al sur del imperio.—Dijo desconcertado el marqués. Rolo entornó las cejas y dibujó una sonrisa torcida.
            —¡Ah! ¿enserio?, vaya.—Se limitó a contestar divertido. Haduvig observó con detenimiento al joven, ¿se estaba riendo de él? —Disculpe, no quería ofenderle. —Dijo, leyéndole la mente.—Mi humor no es siempre del agrado de la mayoría. Mi padre me explicaba que era diestro en las artes de las que yo carezco. Como sabe, nuestro castillo no hace ni un cuarto de este palacio y no tenemos patio de entreno y los establos están abandonados, así que poco podemos movernos.
            —Entiendo. —Dijo con cautela el marqués. —Hace tiempo que no uso la sala de armas, imagino que podemos empezar con un fusil, prepararé el campo de tiro y esta tarde comenzaremos.
            Haduvig se levantó con dificultad, apoyado en su bastón con cabezal de marfil.
            —Permítame recoger el mapa, lamento haberle hecho perder su valiosa mañana.— El marqués le dio unas palmadas en el hombro y salió de la habitación dejándolo solo.
            Rolo enrolló el gran mapa de tela con mucho cuidado y lo introdujo en el estuche de madera. Examinó el hermoso estudio con detenimiento, acariciando la mesa con la punta de los dedos, sintiendo la madera perfectamente tallada. ¿Cuánto le habría costado ese escritorio?. Quizás ni él lo supiera, esos señores solían recibirlo todo en herencia, el palacio y todo lo que había en él. De pronto sus pensamientos fueron interrumpidos cuando la puerta se abrió.
            —¿Lulana, te tocaba limpiar el estudio?—Preguntó la voz de un anciano entrando en la sala, miró al joven y se sobresaltó.—Disculpe señor, creía que había alguien del servicio.—Explicó nervioso. Rolo se llevó una mano a la nuca y se rió agitando la otra para disculparlo.
            —Me he entretenido admirando el estudio. ¿Es el mayordomo del palacio, cierto?—Agost se sorprendió por la reacción y asintió.—¿Fue mayordomo del anterior marqués?
            —Así es.—Asintió el anciano.—Y mi padre antes que yo.—Rolo miró las manos del mayordomo que agitaba los dedos en el regazo, nervioso.
            —El legado es lo más importante en este imperio...—Murmuró sin que Agost lo oyera, pasando el pulgar por el lomo de un libro que había en la estantería.—Ya no le entretengo más, que mantener el orden en un lugar tan grande debe ser un trabajo muy duro.
            Rolo se despidió con un gesto de cabeza y el mayordomo le hizo una pequeña reverencia, esperando que el hijo mediano de los Péverel dejara la estancia. Examinó escrupulosamente cada rincón para asegurarse de que todo estaba en orden y en el mismo lugar que siempre.


            Rolo deambuló por los pasillos del gran palacio. En aquel lugar, todos los pasillos se parecían, se detuvo para tratar de situarse. Escuchó una melodía que provenía de una de las habitaciones, sigilosamente se acercó al marco de la puerta y la empujó para asomarse.
            Nanari tocaba el piano absorta, la luz entraba por la ventana de forma que parecía brillar como una diosa. Entró en el salón en silencio para que no notara su presencia y se apoyó en la pared con los ojos cerrados, dejando que la música lo transportase a otro lugar.
            —Una mujer tan bella como tú no debería tocar música tan triste.—Dijo sin pensar. Nanari desafinó por el sobresalto y se levantó de golpe de la banqueta. —Perdona, te he interrumpido. Iba hacia la biblioteca y me he perdido....entonces te he escuchado. Tocas muy bien.
            Nanari se sonrojó por el halago y negó con modestia, lo que provocó la risa de Rolo.
            —Vaya vaya con las damas. Tocas muy bien y lo sabes, ¿porqué lo niegas?—La joven miró a Rolo sin comprender.
            —Yo...las mujeres educadas no deben ser altivas.—Dijo ella como si repitiera una lección.
            —Las mujeres educadas son muy aburridas.—Le reprochó con una sonrisa torcida. Nanari rió ante su atrevimiento.
            —¿Entonces, te has perdido?—Preguntó ella cerrando con suavidad la cubierta del piano de cola. Rolo la miró para darse cuenta de que aquello le parecía divertido. Se encogió de hombros y cerró los ojos asintiendo.
            —Vives en un lugar demasiado grande.—Se quejó él con un suspiro, cruzándose de brazos y pasando el peso de su cuerpo a una sola pierna.—Sería más fácil si los pasillos no fuesen todos iguales.
            Nanari se acercó al chico tratando de no reírse para no ofenderlo.
            —Si lo deseas, puedo acompañarte. ¿Dónde pretendías ir?—Rolo le dedicó una sonrisa torcida y accedió, tendiéndole el brazo para que saliera primero.
            —Quiero volver a la biblioteca, se que ya me has llevado, pero solo recuerdo el camino desde el comedor.—Nanari asintió y caminó junto a él por los pasillos.
            —¿Cómo es el castillo de los Péverel?—Preguntó ella curiosa.—Nunca he ido y mi esposo no suele hablarme de estos temas.
            —Me parece que tu esposo es muy reservado.—Puntualizó él.—Bueno, el castillo es mucho más pequeño que este, tampoco tenemos tantos sirvientes y siempre hace frío.
            —¡Vaya!, pero estoy segura de que es muy acogedor.—Dijo ella anímicamente. Rolo se rió.
            —¿De nuevo fingiendo ser una dama educada?, si crees que parece un sitio horrible, puedes decirlo claramente. La honestidad no es un defecto, Nanari.—La chica sonrió ante su comentario, jamás había conocido a nadie como él.—En el fondo, agradezco no recibirlo como herencia.
            —Eres muy valiente.—Le confesó Nanari desviando su mirada al suelo.—Cuando mi padre me obligó a casarme con el marqués y vivir en este palacio...odié a mi familia. En realidad odiaba a los criados, al mayordomo Agost, este castillo....y a Haduvig. Tú te despediste de una forma tan serena de tu padre...yo no fui tan valiente.
            —No es como piensas.—Le dijo Rolo.—Mi padre y yo no tenemos una buena relación. El cree que yo no entiendo lo que pasa, pero hace ya años que lo sabía. Él nunca me consideró para comandante. Sé que es el emperador quien lo escoge, pero siempre tiene en cuenta las recomendaciones del antiguo comandante. Por eso estoy aquí, creo que mi padre no tiene ni idea de que hacer conmigo.
            —Pero...—Comenzó a decir Nanari, para darse cuenta de que no sabía que decirle para animarlo.—Haduvig tiene muchos contactos, al fin y al cabo es marqués. Quizás tu padre pensó que él puede abrirte muchas puertas.
            —No te ofendas, pero no quiero que tu esposo me concierte citas con banqueros o notarios. Continuaré en este palacio hasta que considere que no puede enseñarme nada más y entonces...
            Un fuerte estruendo los interrumpió, Nanari exclamó con un grito ahogado y sin darse cuenta se agarró fuerte al brazo de su acompañante. Rolo la calmó con una mano y giró por el pasillo en dirección al ruido, seguido por ella.
            El joven se encontró de frente con unas escaleras y a sus pies, un jarrón roto en decenas de pequeños pedazos y una diminuta cabeza rubia que se agarraba su rodilla ensangrentada.
            —¡Tzacks!, santo cielo. ¿Estás bien?—Nanari se agachó junto al pequeño y lo cogió para ponerlo en pie y examinarle la rodilla. El niño evitó la mirada de su madrastra y miró el suelo con el ceño fruncido.—Vamos a curarte esta herida. ¿Dónde está Ángelo?
            —Estoy aquí, madre.—La voz provenía de arriba, Rolo miró encima de las escaleras y encontró al pequeño que temblaba nervioso asomándose por la barandilla de mármol.—Ha sido culpa mía. Estábamos jugando y le he empujado...pero ha sido sin querer, de verdad.
            El pequeño marqués bajó corriendo las escaleras y se colocó frente a su madre, que aún examinaba al otro.
            —He roto tu jarrón.—Confesó avergonzado. Nanari miró al niño rubio que seguía callado, aguantándose el dolor.
            —He sido yo.—Murmuró Tzacks. Rolo se sorprendió, habría jurado que era mudo.—Ángelo no ha sido, me he caído yo solo y he tirado el jarrón.—El joven Péverel observó a Nanari, que no parecía sorprendida por la forma de hablar de un niño de esa edad.
            —No me importa el jarrón.—Suspiró ella.—Rolo...por favor, ¿puedes ayudarme a llevar a Tzacks a la cocina? Ahí podrán curarle la rodilla, no me gusta el aspecto que tiene.
            Rolo se acercó al niño rubio, se puso en cuclillas frente a él y le dobló la pernera del pantalón. Se le había clavado un trozo de porcelana y sangraba considerablemente. Observó al pequeño, incrédulo ante su reacción, ¿no debería llorar?. Se colgó al niño a los hombros y siguió a la joven que llevaba de la mano a su hijo.
            Sentaron al niño en la mesa que usaban las criadas para comer, una de ellas preparó un paño y unas gasas con agua caliente.
            —Lulana, hay un jarrón roto en las escaleras de las habitaciones.—Le dijo con amabilidad Nanari.—Vamos, Ángelo. Mientras curan a Tzacks ayudaremos a Lulana a limpiarlo todo.
            Rolo comprendió que se trataba de un castigo y decidió quedarse con el otro en la cocina. Tzacks miraba a la criada que se había sentado en una silla frente a él y le limpiaba la herida. El niño apretaba las manos contra el borde de la mesa pero permanecía en silencio, como si estuviera haciendo un terrible esfuerzo para que nadie le viera llorar.
            El joven se cruzó de brazos y se apoyó contra la pared de la cocina. De pronto se sorprendió cuando empezó a escuchar diminutos hipidos y sollozos. Tzacks se mordía el labio inferior con fuerza y lloraba en silencio, enjuagándose las lágrimas con el dorso de la mano.
            —Hey. —Rolo se acercó al pequeño y le puso la mano sobre la cabeza.—¿Por qué lloras así ahora?—El niño no pareció escucharlo y siguió derramando lágrimas, apretando sus manos sobre sus enormes ojos azules. La criada le sacó el trozo de porcelana de la rodilla con unas pinzas y le colocó una venda en la rodilla.
            —Ya estás, hijo.—Le dijo esta con ternura. Tzacks dejó que Rolo lo cogiera por las axilas y lo bajara al suelo. El niño se enjugó las lágrimas de pronto y dejó de llorar.
            —¿Te han curado ya?—Preguntó Nanari que acababa de entrar en la cocina con su hijo y la criada que llevaba los trozos del jarrón y una escoba. Se agachó para ver a su hijo adoptivo y le acarició el cabello rubio como el trigo.
            Rolo reprimió una sonrisa, aquel niño era realmente valiente. Los cuatro salieron de las cocinas agradeciéndole la ayuda a las criadas.
            —Id a jugar, pero fuera. Aquí os podéis volver a haceros daño.—Les riñó Nanari. Rolo agitó el cabello de Tzacks, que volvía a recuperar su habitual seriedad.
            Cuando volvieron a estar solos, continuaron su camino hasta la biblioteca.
            —Al final hemos llegado a la biblioteca.—Dijo el joven con las manos entrelazadas en la nuca.—La verdad, no recuerdo muy bien el camino.
            Nanari se llevó una mano a la boca y comenzó a reír a carcajadas. Rolo sonrió, era la primera vez que la oía reír.
            —Gracias por traerme, te veo a en unas horas para el almuerzo.—Rolo le guiñó un ojo y se metió dentro de la gran sala repleta de libros.


            —Tenéis unas cocineras increíbles, todo está realmente exquisito.—Felicitó Rolo a sus anfitriones. Nanari, que se sentaba frente al chico le sonrió como agradecimiento y se llevó el tenedor a la boca.
            —Nuestra cocinera Indane lleva muchos años aquí.—Le explicó Haduvig, que presidía la mesa. Rolo sonrió para sí, sin que nadie se percatara.
            —¿Qué le enseñarás esta tarde?—Preguntó curiosa, la joven esposa del marqués.
            —Nuestro invitado es incluso más diestro que yo en los estudios, así que cabalgaremos hacia el marquesado.—Contestó Haduvig, mientras cortaba la carne de ternera de su plato. Nanari se sorprendió con el comentario y al ver el gesto de su esposo, que claramente esperaba una negación modesta por parte de su invitado, pero este se limitó a sonreír sin apartar la vista de su plato.
            —¿Podría acompañaros? —Preguntó ella emocionada, hacía tiempo que no bajaba a la aldea y no quería quedarse sola toda la tarde.
            —No.—Le contestó su marido con voz seca. —No vamos a pasear, debemos entrenar su hípica, y eso no es para mujeres. Además, una buena madre no antepone su ocio a sus hijos.
            —Perdona.—Se disculpó Nanari tras unos segundos de incómodo silencio.—No se en que estaba pensando.
            El resto de la comida fue igual de grata que un velatorio, Agost recogió silencioso los platos y Nanari se retiró la primera, dejando gran parte de restos en el plato. La marquesa se dirigió directa hacia su habitación, llena de ira y decidió rescatar el libro que había dejado en su tocador. Palpó la cubierta con las yemas de los dedos y se miró al espejo, unos ojos grises que amenazaban con derramar lágrimas le devolvieron la mirada. Se llevó los nudillos a los ojos y suspiró con fuerza. Cogió el libro y salió con ímpetu de la habitación, topándose de bruces con Rolo, que iba a tocar a su puerta.
            —Vaya, ¿te he hecho daño?—Preguntó el chico con una sonrisa. Nanari negó con la cabeza, frotándose el brazo dolorido.—Quería ver como estabas pero...—Comenzó a decir con timidez mirando el suelo.—la verdad no tendría que haber venido...
            —No, espera.—Lo paró nerviosa.—Siento haberme retirado de ese modo. Haduvig es un buen esposo y quiere mucho a nuestros hijos. La culpa ha sido mía, no debería haber dicho una tontería como esa.
            —Lo cierto es que cabalgo fatal.—Dijo él con una mueca.—Si llegas a venir me hubiese negado a ir yo.—Nanari abrió de pronto los ojos asombrada y comenzó a reír a carcajadas. Rolo rió por lo bajo y se llevó una mano a la barbilla para rascársela.—Oye...—Murmuró al ver que no dejaba de reírse.—No te rías de mi.
            —Perdona.—Dijo ella enjugándose las lágrimas.—Es que, estaba enfadada...—Rolo frunció el ceño con picardía.
            —Bueno, está bien. Entonces puedes reírte de esa imagen que te has formado de mí cabalgado.—Le contestó él con una sonrisa torcida dándole un golpe en la frente con el índice. ¡Oh!, ¿es el libro de “Mico el valiente” que sacamos de la biblioteca?
            Nanari miró su regazo, donde apuntaba él con el índice. Su mano sostenía el libro fuertemente. Ella asintió con una sonrisa.
            —Leetelo, ¿vale?. Cuando vuelva me dices que te ha parecido.—Con una sonrisa se despidió de la marquesa y corrió en dirección contraria.


            No partieron hasta casi dos horas más tarde. Rolo era torpe con el caballo y el instructor no estaba de humor.
            —Vaya, el marquesado se extiende hasta donde alcanza la vista.—Admiró el joven bajando por el valle sobre el caballo pardo.
            —Actualmente está formado por tres pueblos, el antiguo emperador ordenó destruir otros dos que había al norte, temiendo una rebelión.—Explicó Haduvig que cabalgaba al lado de Rolo sobre su hermoso corcel negro.
            Se acercaron al pueblo más cercano, donde los aldeanos que disfrutaban de aquella hermosa tarde hacían reverencias al verlos pasar.
            —Lo cierto.—Dijo Rolo cuando el sol ya se escondía entre las montañas.—No le he agradecido personalmente que me acogiera y me enseñara todo lo que sabe.—Haduvig miró al chico de reojo, que observaba el atardecer.
            —Por tu padre haría cualquier cosa.—Dijo el marqués.—Él quiere lo mejor para ti.
            —Eso ya me lo han dicho.—Murmuró el chico molesto.—¿Tiene algún hermano?—Haduvig miró a su pupilo, extrañado.—Quizás he sido demasiado directo.
            —No, está bien.—Dijo el marqués negando con la cabeza.—Tuve un hermano mayor...pero al poco de nacer murió. Mis padres nunca me quisieron contar toda la historia, así que eso es lo único que sé de él.—Rolo desvió la mirada del ocaso y se encogió en su asiento.—Deberíamos volver, Nanari estará preocupada. He sido demasiado duro con ella hoy.
            Rolo cabalgó hábilmente, comenzaba a cogerle el gusto a ir montado en caballo.
            —Veo que esto ya lo dominas.—Le premió Haduvig bajando de su corcel y dándoselo a uno de los jóvenes criados.         
            —Bueno, aun necesito algo de práctica. No puedo ni imaginarme como consiguen hacerlo los soldados montados.—Suspiró el chico bajando torpemente del caballo y evitando una estrepitosa caída casi de milagro.
            —Ellos son entrenados desde pequeños, es más sencillo así. Ni tu padre es capaz de montar un venado.—Le contestó el marqués dirigiéndose hacia el palacio. Los establos estaban al otro lado de la propiedad, un jardín con hermosas flores silvestres los separaba para evitar la filtración de olores desagradables.
           
            Rolo siempre era el primero que se levantaba en aquel palacio. Cada mañana solía desayunar solo mientras ojeaba algún libro en la biblioteca. Tras unas semanas en aquel palacio, conocía casi todos los pasillos y habitaciones. Había mejorado considerablemente su habilidad de montar y tenía algunos conocimientos de esgrima. La marquesa y él habían fundado un pequeño club de lectura y hasta el almuerzo discutían sobre diferentes libros que él le había recomendado.
            Había una persona en el castillo que no aprobaba que una mujer casada y él pasaran tanto tiempo solos. Agost solía fijarse en cada uno de los movimientos de aquella mujer e informar a su señor por las tardes, normalmente tergiversando la verdad. Haduvig conocía de sobra el rechazo que su mayordomo le profesaba a su esposa y a su hijo adoptivo, por lo que pocas veces escuchaba los lamentos y disgustos del anciano.
           
            — ¿Han llegado ya los nuevos libros de la capital?—Preguntó Nanari a su mayordomo que le servía una taza de té. Este negó con la cabeza.
            —No señora. —Informó Agost poniendo la taza sobre un plato de porcelana y colocándolo sobre la mesa al lado del sillón verde claro.
            — ¿Crees que lo encontrarán?—Le preguntó a Rolo que ojeaba un volumen histórico de tapa roja. El chico desvió la atención hacia la marquesa y apoyó el codo en el brazo de su asiento.
            —Esos libros son muy antiguos, pero en la capital siempre conservan alguna copia para mandarlo a la imprenta. No te preocupes. —La tranquilizó. —Además, las historias de Mico no son los únicos cuentos infantiles que hay.
            Nanari se encogió en su asiento avergonzada. Esperó a que el mayordomo abandonara la biblioteca y los dejara solos y, de forma disimulada, escondió su cara bajo la taza de té para poder mirarlo. Aquella mañana le había dejado que le recogiera el pelo como solía hacer en una trenza, y algunos cabellos le caían en la frente, revoltosos. Nanari se acabó rápidamente el té y cogió el libro de misterios que estaba leyendo.
            — ¿Cómo lo llevas?—Le preguntó el chico señalando con el índice el libro de Nanari.
            —Predecible. —Le contestó encogiéndose de hombros. —Es fácil ver que ha sido el amante, por egoísmo. —Rolo la escuchaba con atención, asintiendo con la cabeza.
            —Entiendo, ¿y qué hay de ella?—La joven frunció el ceño desconcertada. —Ella estaba cerca del difunto y es su esposa. Puede tener motivos para asesinarlo.
            — ¿La mujer? No lo había pensado...—Admitió ella hojeando su libro con interés. Rolo le dedicó una sonrisa torcida y negó con la cabeza.
            —Increíble, como si las mujeres nunca sintieran odio. —Dijo él con un suspiro, negando con la cabeza. De pronto cambió su expresión y frunció el ceño. — ¿Oyes eso?
            La chica agudizó el oído, pero no escuchaba nada más que el tic-tac del reloj de cobre de la pared. Rolo se levantó de pronto y dejó su libro en el sillón. Caminó lentamente hacia la puerta.
            — ¿Qué haces?—Preguntó Nanari perpleja. El chico se llevó un dedo a los labios para indicarle que se callara.
            —Viene de fuera. —Apuntó él. —Vamos. — Le indicó con una sonrisa, ella se levantó y lo siguió.
            —Sigo sin saber de qué va esto. —Dijo Nanari que seguía al chico que parecía guiarse por algo imperceptible.
            —Porque no escuchas. —Le informó él. La cogió de la mano y corrió, tirando de ella. —Vamos, viene de ahí. — Señaló una ventana al final del pasillo. Al llegar, la abrieron y se asomaron. — ¿Ves?—Le indicó con el dedo un punto entre la hierba que había bajo ellos. Un pequeño pájaro piaba con fuerza, parecía incapaz de alzar el vuelo. Nanari calló un grito ahogado.
            — ¿Cómo has sido capaz de escucharlo? —Le preguntó la chica incrédula. Él le sonrió.
            —Pobre niña, la de cosas que te has perdido dentro de tus castillos. —Le respondió. —Vamos, creo que tiene una pata rota.
            Corrieron hacia el exterior del palacio y se pusieron en cuclillas frente al ave que piaba sin descanso, tumbada en el suelo. Era un gorrión muy pequeño, Rolo pudo sostenerlo sobre una de sus palmas y le acarició la cabeza para calmarlo.
            — ¿Se morirá?—Preguntó la marquesa con voz temblorosa. Rolo negó con la cabeza.
            —Quizás podamos salvarlo. —Respondió con convicción. Se levantaron y entraron de nuevo en la finca. Agost se los cruzó por el pasillo y los miró con el ceño fruncido. El mayordomo sabía que algo tramaban.
            — ¿Cómo podemos curarlo?—Preguntó Nanari poco convencida.
            —Quizás tus criadas lo sepan. —Afirmó Rolo. Caminaron hacia la cocina viendo como su mayordomo les seguía a una distancia prudente. Nanari suspiró, Rolo también se había dado cuenta pero disimulaba sin dirigir la vista atrás.
            —Indane, ¿podrías ayudarnos?—Preguntó la marquesa, mientras su acompañante dejaba el gorrión sobre un trapo en la mesa. —Lo hemos encontrado herido afuera.
            — ¡Oh!—La criada se acercó secándose las manos con un trapo. —Que pequeño es. ¿Se ha caído del nido?—Nanari y Rolo intercambiaron miradas al recordar que frente a la ventana había un enorme roble y el ave estaba a los pies de este.
            Algunas criadas se acercaron a la escena, intrigadas. La gran mayoría rodearon al pequeño pájaro que se agitaba nervioso. Indane lo examinó. No era médico, pero había curado muchas veces las heridas de sus traviesos hijos.
            —Necesito un listón de madera. Creo que tiene una pata rota, si se la vendamos a un palo quizás podamos devolverlo al nido y sobreviva. —Las criadas comenzaron a correr en todas direcciones buscando lo que la cocinera pedía. Rolo miró a la marquesa y le sonrió para tranquilizarla. En menos de cinco minutos estuvieron manos a la obra. Indane le colocó al gorrión una pequeña vara de madera y la vendó con delicadeza. Las criadas miraban apretando los puños y mordiéndose las uñas, olvidando que a su lado estaba la señora del palacio. Rolo y Nanari se cogían de las manos sin darse cuenta de que en el marco de la puerta, Agost los miraba con desaprobación.
            —Bien, creo que ya está. —Anunció la cocinera secándose el sudor de la frente con el brazo. De pronto en la cocina el ambiente se relajó y todos soltaron el aire a la vez. Rolo y Nanari se soltaron rápidamente con nerviosismo y éste recogió el ave con delicadeza. Le dedicó una sonrisa de agradecimiento a Indane, que se sonrojó de pronto.
            Nanari y el chico salieron por la puerta al mismo momento que una de las pequeñas campanas, que correspondía a la pajarera comenzó a sonar en la pared.


            — ¿Podremos devolverlo al nido?—Preguntó la marquesa que caminaba con la falda recogida para no tropezarse.
            —No sé ni si su nido está ahí arriba, pero lo intentaremos. —Le contestó el joven de negro cabello sonriendo con ternura. Agost los seguía, tratando de disimular, Rolo lo miraba de reojo con el ceño fruncido. Se concentró en escalar el árbol en busca del nido, lo consiguió de forma milagrosa, con el pájaro en su mano izquierda. Por suerte, el nido no estaba muy alto y la madre daba vueltas a su alrededor piando desconsolada. Rolo colocó al pequeño gorrión y la madre voló rápidamente para comprobar que estaba a salvo. El chico se giró hacia Nanari que lo miraba desde el suelo con los dedos entrelazados en el pecho. Él le sonrió y le alzó el pulgar para indicarle que todo había salido bien, esta le devolvió la sonrisa, respirando con tranquilidad.
            La comida del mediodía estuvo llena de noticias, Nanari le contó emocionada a su cónyuge la historia del gorrión, exagerando el papel de Rolo, de una forma que hasta él se ruborizó.
            Por otra parte, el marqués le informó de que había recibido un pájaro mecánico esa mañana, su padre le había escrito y le habían guardado la correspondencia en su habitación. Rolo apenas hubo acabado de comer que pidió que lo disculparan y corrió a su habitación. Nanari sonrió para sí y lo siguió a los pocos minutos.
            — ¿Puedo pasar?—Preguntó tocando a la puerta de la habitación del joven. No escuchó respuesta de modo que abrió la puerta lentamente. — ¿Interrumpo?
            Rolo estaba sentado frente a su escritorio, que tenía vista directa al exterior. Al escuchar la puerta se giró sobre su asiento y le sonrió con alegría.
            —Nan, Lucy ha dicho su primera palabra. —la marquesa sonrió con ternura y se acercó al escritorio. —Vaya, esa niña es muy lista.
            — ¿Cuál ha sido? —Rolo la miró sin comprender. —Su primera palabra, ¿cuál ha sido?—El rostro de Rolo se formó en una sonrisa melancólica.
            —No lo pone. Será papá, o una cosa así...me hubiera gustado que dijera mi nombre. —Confesó encogiéndose de hombros y devolviendo su vista al papel. —Pero si no estoy ahí, es difícil. Quizás cuando vuelva a verme no me reconoce.
            —Estoy segura de que sí. —Dijo ella animándolo como una madre anima a su hijo tras una caída. —Además, estos meses has hecho muchos progresos, seguro que en poco tiempo tu padre querrá que vuelvas. —Rolo rió, pero no del modo que ella hubiera querido.
            — ¿Volver a qué, Nan? Mi hermano es el heredero del castillo de la familia por derecho, y mi padre no me quiere tener en cuenta para sucederle como comandante...ojalá hubiera nacido en una familia como la de tu marido. Gente como él tiene la vida solucionada. —Dijo eso último en un susurro y de pronto negó con la cabeza y sonrió. — No me desanimaré, como última opción puedo hacerme pirata.
            —No digas esas cosas. —Le contestó ella a eso último. —Los piratas están perseguidos por la ley.
            —Perdona, señorita. Pero ¿sobre qué son las novelas que lees a tus hijos?—Nanari frunció el ceño. Rolo se levantó y se estiró, volvía a tener su blanca y arrebatadora sonrisa.
Salieron al pasillo y caminaron hacia la biblioteca para pasar la tarde. El chico se paró en medio del pasillo de pronto. — ¿Oyes eso?
            — ¿Otro pájaro? —Preguntó la joven con ironía. Rolo negó con la cabeza, de pronto ella también lo oyó, eran unos pasos al final del pasillo, tras ellos. —Será Agost.
            —Estoy harto de que tu mayordomo me siga a todas partes, vamos. —Cogió la mano de ella y la obligó a correr por el pasillo, abrió una de las puertas de la derecha y se metieron cerrando a su paso.
            Nanari se llevó una mano al pecho resoplando y Rolo se sentó en el suelo, riendo.
            — ¿Cómo se te ocurre hacer algo así? —Preguntó ella jadeando. — ¿No ves que yo no puedo correr de esa forma? —El chico la miró con el ceño fruncido.
            —Ya empezamos con tus normas de dama. Si no puedes correr con esos zapatos, quítatelos. Venga siéntate cinco minutos hasta que se haya ido el viejo. —La mujer se calló una réplica y obedeció, sentándose de rodillas en frente de la puerta.
            —No deberías hablar así de mi mayordomo. —Le reprochó ella cuando pudo respirar de forma normal.
            —Como si a ti te gustase. Puedo verlo en como os miráis. —Le contestó él con una sonrisa torcida. —Lo entiendo, tranquila. Si un criado me mirase así yo tampoco le tendría mucho aprecio.
            —En realidad es por Tzacks. —Le confesó ella con tristeza. —Nunca aprobó que quisiera tomarlo como hijo. —Nanari se quitó los zapatos, los colocó con delicadeza a su lado y se rodeó las rodillas con los brazos.
            — ¿Haduvig se ha arrepentido alguna vez?—Preguntó Rolo con el rostro serio, tras un largo silencio. Ella negó con la cabeza y la hundió entre las rodillas. — ¿Y tú, te arrepientes de haberlo encontrado?
            —Yo no lo encontré. Fue Ángelo. —Levantó de nuevo la cabeza y lo miró a los ojos. —Si hubieses estado ahí, lo entenderías. El pueblo entero ignoraba su llanto, lo habían dejado en un callejón, para que muriera. Todos nos miraban y sonreían saludando con la mano, como si no pudieran escuchar a aquel niño llorando...pero yo podía oírlo, y sé que Haduvig también. —Rolo escuchaba con el ceño fruncido, casi sin parpadear. —Podría haber bajado del caballo para buscarlo, pero no me atrevía. Era mi primer paseo por el marquesado, presentada como marquesa y no quería decepcionar a nadie. Fue Ángelo quien corrió con sus pasos torpes a la multitud y volvió sin que pudiéramos darnos cuenta con aquel pequeño niño rubio cogido de la mano. Ángelo sonreía, y yo solo...lo acogí. Al principio como visita provisional, pero sabía que su madre lo había abandonado en el pueblo para que muriera y no tuve coraje para llevarlo al orfanato. Ángelo era tan feliz con él... —Sin darse cuenta, sus ojos habían comenzado a derramar lágrimas, sin que ella pudiera evitarlo.
            Rolo suspiró y alargó la mano para secarle las lágrimas a su amiga.
            —Tú no le hagas ni caso al mayordomo, que está ya muy mayor. Además, hay miles de niños abandonados en las calles, por desgracia lo he visto. No puedes culparte por no acogerlos a todos en tu casa. —Nanari asintió, pero siguió llorando en silencio. Rolo la abrazó y le acarició el cabello. Cuando se hubo calmado, le sostuvo la cara entre sus manos y la besó en los labios.
           
            Y fue ese pequeño acto, el que más adelante sería recordado como el inicio que desencadenaría los horribles acontecimientos que aún estaban por venir.


            Agost recogió una carta que acababa de entregarle Dunas de la pajarera. La leyó con detenimiento, bajo sus gafas de media luna y se la entregó a su señor.
            —Vaya, creo que deberás preparar habitaciones extras de nuevo. —Le sonrió a su mayordomo. —El comandante Péverel nos visitará para cenar.
            — ¿Tan pronto? —Preguntó Agost con cierto tono de desagrado, ya que no solía apreciar las visitas. Haduvig rió con voz grave.
            —Agost, ya han pasado tres meses desde la última vez que nos visitó. Es normal que quiera ver a su hijo. —Dijo él doblando el mensaje con cuidado. —Por cierto, ¿puedes avisar a mi esposa? Quiero hablar con ella.
            Agost hizo una pequeña reverencia y salió del estudio.
           
            —Rolo, déjame. —Ordenó Nanari riendo, encogiéndose en el sillón de la biblioteca. Rolo le sujetó las muñecas y le dedicó una sonrisa torcida.
            — ¿Estás segura? —La besó de forma violenta, ella dejó escapar un suspiro. El chico escuchó de pronto que las puertas se abrían y la soltó bruscamente.
            —Señora. —Agost apareció con un su deje de desprecio propio de él. Rolo se había alejado a tiempo y se estiraba de forma grosera, sonriendo con malicia, frente a las estanterías. Agost se aclaró la garganta y volvió a mirar a su señora. —El señor la está buscando, esta noche el comandante nos visitará.
            — ¿Mi padre? ¿Y mis hermanos?—Preguntó Rolo jubiloso.
            —Señor, eso no lo especificaba la carta. —Contestó él encogiéndose de hombros. Rolo le dedicó una amplia sonrisa, animando a la marquesa para que se apresurara a hablar con su esposo.
            Aquella tarde fue un caos en el palacio, el comandante no había especificado cuántos serían en su visita, así que Agost había mandado preparar camas para todos los posibles presentes, incluyendo el hijo mayor de los Péverel y su esposa.
            El comandante llegó en el mismo barco volador que meses atrás. Ángelo se emocionó sobremanera al volver a ver aquella gran nave, cosa que a su madre le pareció muy adorable. Moores apareció solo con su hija en brazos, saludando de forma familiar a su amigo y cortés a su esposa. Rolo le estrechó la mano de forma fría, como quién saludaba a un conocido y no esperó para quitarle la niña de los brazos. A Lucy le había crecido el cabello negro, que poco a poco iba formando espesos y pesados bucles. La niña gritó entusiasmada al ver a su hermano, que parecía satisfecho de comprobar que lo reconocía.
            Moores no quiso perder tiempo en probar la comida y la bebida de aquel lugar, así que cenaron relativamente pronto. El comandante les contaba las historias de los novatos que comenzaban su entrenamiento en el acorazado y se quejaba diciendo “los soldados de antes sí que eran fuertes”. Rolo apenas le prestaba atención y le daba vueltas a su comida con los cubiertos. Nanari se moría de ganas de preguntarle si estaba bien, pero desde que habían comenzado a verse de escondidas habían reducido su relación en público, para no incitar sospechas.
            El joven corrió hacia la habitación donde dormía su hermana. Indane le había preparado el biberón, y Rolo se acercó para alimentarla.
            — ¿Ya hablas? —Le preguntó sujetándola entre sus brazos mientras le ponía el biberón en la boca. —seguramente dirás papá, ¿cierto? Ojalá hubiese sido mi nombre.
            Nanari tocó a la puerta y entró con una sonrisa. Se dirigió primero a la cuna de su hijo menor y le acarició las mejillas.
            — ¿Te interrumpo? —Preguntó ella acercándose a su amante. Este negó con la cabeza y dejó que ella le acariciara el cabello desde detrás del sillón. —Es realmente preciosa. Seguro que cuando sea mayor tendrá muchos interesados.
            Ni hablar. No dejaré que acabe como tú. —En el mismo momento que acabó de pronunciar aquella frase, supo que había metido la pata. Nanari dio un grito ahogado y lo miró horrorizada. —Nan...lo-lo siento no pretendía...—Rolo se levantó de la silla, dejó el biberón en la cómoda y alargó la mano para acariciar la mejilla de su amante. Esta lo rechazó, dando un paso atrás.
            — ¿Acabar como yo? ¿A qué te refieres? —Rolo inspiró y le desvió la mirada. — ¡Dímelo!
            —Nan...yo no soy la única persona capaz de ver que no eres feliz aquí. —Confesó él con gran pesar. —No quiero que Lucy crezca en un lugar lleno de normas y protocolos, sin poder ser quién ella desea, y casándose con un borracho rico.
            Nanari se mordió el labio inferior, sus lágrimas salieron a borbotones de sus ojos y apretó los puños con fuerza. Sentía rabia y tristeza. Rolo dejó a su hermana en la cuna y envolvió sus brazos alrededor de la joven.
            —Huye conmigo. —Le pidió él de pronto. Esta lo miró a los ojos, desconcertada. —Se que no deseas permanecer en este palacio. ―Ella negó lentamente con la cabeza. Rolo la apretó más fuerte contra su pecho—Él no te merece. No ha hecho nada para merecer todo lo que tiene.


            — ¿Cuándo acabará esto, Moores? —Preguntó el marqués, dejando que su viejo amigo se deleitara con sus licores.
            —Oh, déjame al menos acabarme lo que me has servido. —Bromeó él.
            —Hablo en serio. Sabes que tu hijo no quiere estar aquí. Y no veo justo para él que no le des la oportunidad de presentarse como tu sucesor. —Moores dio un hondo suspiro. —Ha hecho muchos progresos con la espada y el caballo. Además...es muy inteligente, es más inteligente que yo. Sería un gran comandante.
            —Eso no lo dudo. —Contestó el hombre de cabello blanco acabándose su copa y mirando a su amigo, que se apoyaba sobre su bastón. —Hay algo...en mi propio hijo que me asusta, Haduvig. Tiene una ambición que escapa a su propio control. Por eso lo alejé de su hermano mayor. Pensé que quizás estando contigo, en un ambiente diferente...
            Haduvig lo miró tratando de comprender lo que su amigo le explicaba.
           
            Aquella noche, pocos durmieron en el palacio. Nanari daba vueltas en la cama pensando en lo que Rolo le había pedido. Haduvig por su parte, miraba al techo, escuchando las sábanas moverse a su lado. Confiaba en Moores más que en nadie, y había algo en Rolo que lo inquietaba. Suspiró y cerró los ojos, tratando de conciliar el sueño.
            Habría pasado al menos una hora o dos, Nanari había dejado de moverse y finalmente dormía, cuando Haduvig comenzó a sentir un olor extraño, como a comida demasiado horneada. Al principio pensó que se trataba solo de la cena de las criadas, cuando el olor aumentó, comenzó a preocuparse.
            Se levantó en la penumbra, escuchando el tictac del reloj que permanecía posado en la cómoda. Buscó a tientas su bastón y se apoyó en él para levantarse. Abrió la puerta de su habitación y de pronto, un humo negro le obligó a cerrar los ojos y a toser sin control.
            El palacio estaba ardiendo.

            Agost corrió por el pasillo del servicio, alertando a todas las criadas para que salieran al exterior. El humo se le metía en los pulmones y apenas podía respirar. Lulana le cogió uno de los brazos y se lo pasó por su hombro para ayudarlo a incorporarse.
            —Vamos, señor Agost. Le ayudaré a salir. —El mayordomo sonrió a la joven y ambos caminaron hacia la salida.
           
            — ¡Los niños! —Gritó la marquesa que había entrado en pánico. Haduvig la agarró por la muñeca y la obligó a mirarlo.
            —Yo iré, sal de aquí. No puedo estar pendiente de ti. Nos vemos en el jardín. —Nanari asintió y se despidieron con un beso.

            — ¡Moores! —Gritó Haduvig cojeando por el pasillo.
            El comandante, que se había despertado por los gritos, salió de su cama en pijama. No hizo falta nada más para que aquel hombre, criado en batalla, se percatara de lo que ocurría. Haduvig se metió en la habitación de los bebés y Moores en la que había al lado.
            — ¡Niños, levantaos! —Gritó él con voz grave. Tzacks que se despertó el primero, miró a Moores y corrió a despertar a su hermanastro. Los dos se cogieron de la mano y siguieron al adulto. Este recogió a su hija de los brazos de Haduvig, que salía al mismo tiempo de la habitación de al lado.
            Cogieron a los niños y corrieron al exterior, esquivando el humo y las llamas, que cada vez eran mayores a su paso.
            Haduvig llegó al jardín, donde su esposa y el servicio esperaban sentados en el césped, tratando de recobrar el aliento. El señor se aseguró de que todos estaban a salvo y se sentó junto a Nanari, que lloraba desconsolada mientras contemplaba como el castillo entero ardía frente a ellos.
            — ¿Cómo ha podido ocurrir? — Preguntó Indane horrorizada.

            Moores preguntó entonces en voz alta, algo de lo que todos ya se habían percatado. Rolo había desaparecido.

1 comentario:

  1. Me encantaría leerte, pero en el ordenador me duelen mucho los ojos. ¿Me lo pasarías en word????

    ResponderEliminar