Los caprichos de mi guardaespaldas (Capítulo1-14)


Capítulo 1.

Erik Ó Conaill se encendió uno de sus cigarrillos y se sentó en uno de los sillones del despacho. A su jefe realmente le gustaba hacerle esperar. Se abrió uno de los botones de la camisa, esos días hacía mucho calor y llevar el uniforme de trabajo era realmente sofocante.
Le habían llamado a altas horas de la noche al móvil del trabajo. La secretaria decía que era un asunto importante, así que Erik se había puesto los pantalones negros de pinza y la americana a toda prisa, sabía que el señor T realmente odiaba los tardones. Para colmo, era él el que no aparecía.
-No quiero que fumes en mi despacho.-Dijo el señor T cuando finalmente entró por la puerta.-Me canso siempre de repetírtelo.-Erik bufó y apagó el cigarrillo con la suela de sus zapatos.
-¿Se puede saber que ocurre a estas horas?
-Deberás ir al motel Sirena. Ahí encontrarás una mujer, Emily Scheidemann, en la habitación 26. Tu trabajo consistirá básicamente en escoltarla hasta aquí.
Erik asintió poniéndose otro cigarrillo en sus labios. Salió al exterior y se desperezó. Los pájaros comenzaban a cantar y poco a poco amanecía. Se metió en su coche y se pasó una mano por su pelo rubio y se palpó el pantalón para asegurarse de que llevaba su pistola. De camino al motel, Erik pensó en el encargo. Más de una vez, el señor T le había pedido que fuera a por sus putas, pero nunca a altas horas de la noche. Eso debía ser algo más que un simple calentón.

El motel sirena era un antro de mala muerte donde las prostitutas ejercían y donde los adictos alquilaban habitaciones para colocarse. Erik temió por dejar su audi en un lugar como aquel, estaba seguro de que le romperían los cristales para robárselo. Aparcó en un callejón algo alejado y escondido y deambuló entre vagabundos para llegar al motel.
Tocó a la puerta de la habitación durante casi tres minutos. No obtuvo respuesta.
Forzó la puerta con una tarjeta de crédito inservible que tenía para ocasiones como aquella. Como temía, la mujer estaba tirada en una butaca, dormida o inconsciente.
El lugar olía a alcohol y a sudor.
Ella llevaba un vestido fino de tirantes de color azul rasgado y subido lleno de vómito, alcohol y seguramente más cosas que Erik no deseaba saber. Lo peor de todo, fue darse cuenta de que era mucho menor que él. Seguramente no llegaría a los veinticinco.
-Emily.-La zarandeó.- Emily Scheidemann.
La mujer se quejó, pero finalmente abrió los ojos.
-Me duele la cabeza.-Dijo ella.
-Levántate, tengo que sacarte de aquí. El señor T te busca.-La chica reaccionó a aquel nombre. Estaba claro que lo conocía. Se levantó con gran esfuerzo, le temblaban las piernas.-Joder, no puedo llevarte con estas pintas.-Dijo el chico encendiéndose un cigarrillo. Y quitándose la americana.-Quítate esa ropa, no quiero que te subas así a mi coche.-Dijo sacándose su americana.-Ponte esto.

Erik abandonó la habitación y se apoyó contra la pared. Estaba realmente preocupado por su audi y mentalmente le daba prisas a la chica.
Finalmente esta salió por la puerta con la americana negra. Era menuda, así que le tapaba lo justo.
Ambos caminaron en dirección al audi, Erik caminaba con prisas, pero la chica apenas podía seguirle.
Erik inspiró con tranquilidad en cuanto vio que su coche estaba ileso. La chica se colocó ante el asiento del copiloto.
-Fumas mucho.-Le dijo ella con una queja.
-Déjame en paz.-contestó mientras conducía hacia su apartamento. Ella frunció el ceño pero calló.

El apartamento de Erik se encontraba en el centro de la ciudad, gracias a las tempranas horas, los vecinos no pudieron ver a aquella chica con aspecto de prostituta entrando en su casa.
-La ducha está ahí. Dame tu ropa y la lavaré.
Ella obedeció y le sacó la ropa tras envolverse en una toalla.
El chico rubio se preparó un café bien cargado y se lo tomó prácticamente de un sorbo.
El trabajo que realizaba para el señor T le daba la ventaja de recibir dinero en negro, así que podía permitirse algunos caprichos como televisión de plasma y ducha con hidromasaje, siempre y cuando viviera en un apartamento mediocre para no levantar sospechas.
A juzgar por lo que tardaba aquella mujer, estaría empleando a fondo su hidromasaje. Seguramente haría días que no se duchaba.
-Hazme café.-Exigió en cuanto hubo acabado, metida dentro de uno de los albornoces que tenía.
El aspecto de esa tía había cambiado realmente. Tenía el pelo negro, grueso y largo. Con tirabuzones en las puntas. Su cutis estaba prácticamente perfecto, salvo por las pecas que le asomaban por la nariz. Además, tenía unos ojos de un azul electrizante. Aquel hermoso rostro le habría costado más de una pelea, era sorprendente que conservara todos los dientes.
-No, debemos irnos.
-He dicho que quiero café.-Erik bufó, comenzaba a odiar a aquella mujer, y apenas la conocía. Tragó su orgullo y preparó un poco más de café. La chica se sentó de forma erguida, algo raro en una puta borracha.
El chico rubio le puso una taza de café cargado, sin azúcar.
-¿Tienes ginebra?-Erik frunció el ceño y negó con la cabeza.
-Mi trabajo es llevarte, no ofrecerte mi minibar.
-Has sido tú quien me ha traído y ha puesto mi ropa a lavar, lo mínimo que podrías hacer es ofrecerme algo para beber.
-Te he dado café, así que déjalo ya.
La chica sujetó la cucharilla con gracia y la removió dentro de la taza. Eso llamó la atención a Erik. Bebió con gracia y dejó un cuarto en la taza. La observó mientras apuraba su cigarrillo. La chica se levantó y se tumbó en su sofá. De pronto sonó su móvil.
-¿Diga?-respondió este.-Oye, tenía trabajo y si quiero irme a la hora que me dé la gana, lo haré.-le dio una calada al cigarrillo.-Si quisiera una puta la pagaría. Haz lo que quieras.-Colgó.
-¿Tú novia?-preguntó ella desde el sofá.
-No te importa.

Erik pasó la ropa a la secadora y aprovechó que ella se había quedado dormida para buscar una americana. No pensaba ponerse la que le había prestado a Emily, y menos aún si se había sentado sobre ella en el coche.
Se fue hasta el baño, como imaginaba se lo había dejado todo tirado y lleno de jabón. Se miró en el espejo, unos ojos verdes le devolvieron la mirada y se toqueteó el pendiente de plata con forma de aro y suspiró.

El camino de vuelta fue silencioso. Erik se acercó a la secretaria mientras Emily entraba al despacho de su jefe.
-Mis honorarios.-Pidió él, apoyándose en la estantería.
-Hola, Erik.-Dijo la chica con timidez.
-Joana, tengo prisa.
La chica asintió avergonzada y comenzó a buscar en el ordenador. Al poco sonó el telefono.
-¿Señor T?-preguntó ella con educación.-Entiendo. Bien, se lo diré.-Colgó. Erik se dio cuenta de que algo no iba bien.
-Oh, no.
-Erik.-El señor T dice que el trabajo no ha acabado, dice que no te pague aún. Quiere que pases.-le señaló la puerta del despacho, pero él sabía perfectamente donde estaba.
La chica estaba sentada con pomposidad en uno de los sillones y el señor T tenía los dedos cruzados bajo su barbilla.
-¿Qué diablos pasa, jefe? El paquete está entregado. Dile a Joana que me pague.
-No. No está acabado. Emily tiene que asistir a algunas fiestas. Hace tiempo que no la ven por la alta sociedad, no quiero que se preocupen. Necesita una escolta.-Erik abrió la boca.- Y antes de protestar, es un trabajo. No te lo estoy pidiendo.
Erik salió a paso decidido hasta el exterior del edificio. Se sentó en las escaleras de la entrada y se encendió un cigarrillo.
-Hay que ganarse el pan.-se dijo. Por desgracia, Erik no era muy bueno en nada, pero por suerte, el señor T le había enseñado un oficio. Le sonó el móvil de nuevo.
-¿Diga?-Era su jefe.
-Erik, la chica está bajando. Quiero que la acompañes a las fiestas, necesito que ella identifique a un hombre. Le he dado una tarjeta de crédito, para que vista un poco más a su altura. Quiero que te pegues a ella como a su sombra, ¿lo entiendes?
Erik permaneció en silencio.
-Entiendo.-dijo al fin. El señor T colgó.
Miró hacia el cielo despejado y dio una calada. Realmente iba a odiar este trabajo.

Capítulo 2.

Emily tendió la tarjeta de crédito que el señor T le había dado. La cajera sonrió de forma cortés.
-¿Se lo lleva puesto?-preguntó.
-Sí.-respondió ella.
Se había ataviado con un vestido de color amarillo y unos zapatos verdes, además de una pamela para protegerse del sol.
Había estado en aquel motel durante casi dos meses. En el momento en el que aquel hombre la sacó, decidió volver a su estilo de vida que había tenido antes de que su mundo se derrumbara.
Encontró a su escolta sentado en un banco fumando. El cabello rubio le brillaba de forma intensa por el sol y se había protegido los ojos con unas wayfarer negras, todo un icono de Ray.Ban. ¿Alguien con esa clase de empleo sabía de estilo? Su uniforme, camisa y traje decían lo contrario.
-¿Cómo me ves?-Emily hizo poses jugando con su pamela y su vestido. El chico se encogió de hombros y se llevó el cigarrillo a la boca.
-¿Te falta mucho?-ella frunció el ceño y le sacó la lengua.
-El señor T ha dicho que debes acompañarme de compras.
-Acompañarte como escolta, no como amiga.
-Quiero un helado.-protestó ella dejándose caer con las bolsas en el banco.-Tráemelo.
-Déja de darme ordenes. Cómpralo tú.-El chico se llevó las manos a la nuca y se acomodó de nuevo.
Emily descansó finalmente con un helado de chocolate. Hacía mucho que no comía uno de esos. Lo lamió con ganas mientras su escolta miraba al cielo. No supo decir si estaba dormido.
-Ya casi lo has terminado. Supongo que tienes práctica con la lengua.-Dijo el chico riendo.
Emily paró de pronto y entendió a que se refería. De pronto sintió como una rabia le inundaba y se le transformaba en lágrimas que cayeron por sus mejillas. El chico la miró y ella le plantó el cucurucho en la cabeza.
-¡Joder!-masculló. Ella recogió sus compras y corrió a grandes zancadas sin dirección.

Realmente no comprendía porqué se enfadaba. Había pasado dos meses bebiendo y dejando que cualquiera se le metiera en la cama. La mayoría de las veces, se despertaba de la resaca llena de sudor y con el vestido subido. Pero en esos momentos ya nada le importaba. Realmente había querido morir ahí dentro. ¿Porqué le dolía ahora la verdad?
Sin darse cuenta, uno de sus tacones se rompió cuando pisó una alcantarilla.
-¡No!-bramó. Ahora ya no podría ir muy lejos.
Se sentó en un escalón. Al poco, un borracho que pasaba por ahí se le acercó.
-Hola guapa, ¿que haces tan sola?-Quizás debería haber huido, pero la única compañía que había tenido en el motel habían sido tipos como él.-Yo te doy un poco de mi vino si me dejas darte un beso.
Emily se lo pensó, le apetecía mucho beber alcohol. Estuvo a punto de acceder cuando alguien tiró del hombre hacia atrás y empujó su cara contra la pared.
-¿A que estás jugando?-le preguntó la voz de su escolta que sujetaba con una mano la camiseta del borracho.
-¿Cómo que a que....? ella quiere un trago y yo le he...-El chico volvió a empotrarlo contra la pared y se lo acercó a la cara de nuevo.
-Ni se te ocurra ponerle la mano encima.-Dijo con indiferencia. Le dio un puñetazo en la barriga y el borracho se encogió. Finalmente aprovechó para darle un rodillazo en la nariz.
El vagabundo quedó tendido en el suelo sangrando y llorando. Emily se levantó y se llevó las manos a la boca. El chico rubio la miró por encima de sus gafas de sol.
Ella dio unos pasos hacia atrás hasta que su espalda chocó contra la pared. De pronto sintió miedo.
-Yo... yo no.-Balbuceó. Se dio cuenta de que aun conservaba la botella de vino barato que le había tendido el borracho. No le duró mucho, el chico la agarró y la tiró al suelo.
-Cállate. Vamos.-Le ordenó.
-Mi zapato...-Señaló su tacón roto.
El chico la cogió a caballito. Después cogió las bolsas y comenzó a caminar.
Emily no se atrevió a protestar. Se había quitado gran parte del cucurucho de la cabeza, pero desde aquella altura, la chica aun podía ver restos de chocolate en su rubio cabello despeinado, podía oler su aroma, Café, tabaco y perfume de mujer, además pudo ver su clavícula. Era un chico nervudo y musculoso.

Se metieron en un tren que iba hacia uno de los barrios ricos de la ciudad. Erik pensaba que era mejor idea viajar sin su coche. La fiesta tendría lugar la noche siguiente y Emily debía estar ahí.
Se sentaron uno frente al otro, la chica morena miraba por la ventana y daba golpecitos con su uña en la mesa. El chico tenía las manos metidas en el bolsillo del pantalón y los ojos cerrados.
-¿No vas a decirme nada?-preguntó ella para cortar el silencio.
-Prefiero no hacerlo.-Claramente estaba molesto. Ella torció los labios y se llevó la mano a la cara, para apoyarla.
Siguieron en silencio. Finalmente el chico se levantó.
-¿Dónde vas?-preguntó ella.
-Al lavabo.
-Tráeme algo del bar. Un wisky.-ordenó ella.
-Tráetelo tú.-Dijo finalmente y se marchó.
Pasó largo rato sola mirando el paisaje que el tren dejaba atrás. Tenía ganas de tomar un trago, desde que había empezado a beber, pocas veces quedaba mucho tiempo sobria. El tiempo pasaba más deprisa cuando bebía.
Fue hasta el bar y se trajo un vaso con wisky. Seguramente así se calmaría.
En poco rato se hubo acabado el vaso entero. Quería ir a por otro, pero temía que si el chico no la encontraba en su asiento se liara a puñetazos con todo el mundo, ella incluída.
Comenzó a tararear una canción que le traía muchos recuerdos de su niñez. Su madre le había comprado un joyero musical que interpretaba esa melodía.
-¿Eres alemana no?-El chico rubio se acababa de sentar, tenía el pelo mojado. Había ido a quitarse los restos del helado. Ella asintió rápidamente.
-De Brandeburgo. ¿Reconoces la melodía? Es una nana que me cantaba mi madre.-El asintió cruzando sus brazos y mirando por gran ventana.-Aún no se tu nombre.
-Erik Ó Conaill.-Respondió con voz seca. Había notado que la chica estaba achispada por el modo en el que arrastraba las palabras. Ella rió.
-¡Vaya! ¿De Noruega? ¿Eres vikingo?-él la miró extrañado y se encogió de hombros.-Tienes cuerpo de vikingo, quizás un poco más delgado. Deberías dejarte la barba larga y hacerte trenzas.-Se rió.
-Bah, cállate ya. Por mi parte mejor si no hablamos.-respondió cruzando sus piernas y apoyando un hombro en el cristal.
-Deberías sentarte erguido.-dijo ella mirando su vaso.-debes acompañarme a las fiestas y mi acompañante no puede comportarse así.
Erik la miró. De nuevo se sentaba como una dama.
-¿Qué sabrás tú?-dijo finalmente y se recostó para dormir.-Haz el favor de no moverte, no quiero irte a buscar.

El barrio de clase alta de la ciudad se componía sobretodo de hoteles y pubs. Las fiestas se organizaban en esos lugares de cinco estrellas. Las calles estaban llenas de árboles frutales y flores, además de estar empedradas.
Salieron hacia el hotel Castle, situado frente a unas montañas, de las que se habían hecho jardínes privados.
Reservaron dos habitaciones, una al lado de la otra. Eran grandes, de cama doble. Con un baño con jacuzzy, minibar y pantalla de plasma con sofá. Erik sonrió. Por fin le sonreía la suerte. Las habitaciones estaban en la segunda planta, y tenían terradas amplias una al lado de la otra, con dos hamacas cada una, una mesa con sombrilla y cuatro sillas de jardín. Erik comprobó que se tocaban por la balaustrada, así podría acceder a su habitación si algo no iba bien.
Aquella tarde la pasaron cada uno en su habitación acomodándose. Al llegar la tarde, Erik salió a la hamaca de la terraza y se encendió un cigarrillo.
Sus vistas daban al jardín interior, era el más grande que Erik había visto jamás. Era extraño pensar que un pequeño paraíso tan verde y frondoso se podía esconder en aquella ciudad.
-¿Es bonito, no?-Emily se sentó en una de las sillas de su terraza, con un camisón de seda del color de la uva. Se había recogido el largo pelo negro en un moño y apenas parecía ella, salvo por una botella que había sacado del minibar de bourbon.-Cuando vivía con mis padres, teníamos uno parecido. Me encantaba pasear y recoger plantas.-De pronto se rió.-Una de ellas me causó una alergia en la piel y tuve granos por el cuerpo durante toda una semana. Madre prohibió las visitas “una señorita no debe verse en este estado” dijo.
-¿Una señorita? No le salió muy bien, entonces.-Respondió él. Se agachó para evitar el golpe que le propinaría ella por insultarla, pero no le tiró nada. Se levantó y la miró, ella había perdido su mirada en algún punto en los jardines. Su expresión era de tristeza.

Capítulo 3.

-¿Cenarás conmigo? No me gusta estar sola.
Erik se llevó la mano al pelo y se lo echó hacia detrás, después apagó su cigarrillo.
-No.-entró en la habitación y cerró la puerta corredera, dejándola sola.
Erik se quitó la americana y se tiró encima del sofá. En la televisión apenas hacían nada que valiera la pena.
Se echó una siesta hasta la hora de cenar.
Emily se sentó en su cama.
-¿Debería insistirle?-se preguntó.-¡No!No pienso ir tras un chico como ese.-Se cruzó de brazos enfadada.-No pienso salir de aquí, tendrá que venir él.-se dijo con una sonrisa. Le entraron ganas de beber algo, se acercó al minibar y cogió una pequeña botella.
Se tumbó en la cama y bebió un largo trago.
-Erik, estúpido Erik. Quiero otro escolta. Uno de pelo castaño, más musculoso.-Bebió un trago.-No se parece nada a ti, Gerard- Sonrió.-Gerard...Te echo tanto de menos.-Unas lágrimas corrieron por sus mejillas.-¡No! No lloraré. Ya te he llorado durante dos meses. Ya no te echo de menos, en realidad ¡te odio!-se dio cuenta de que estaba llorando con más intensidad. Miró la botella medio vacía y la lanzó lejos con un grito. Se rodeó las piernas con sus brazos y metió la cabeza entre las rodillas.-Te odio Gerard, ¿porqué me prometiste que no me dejarías nunca?

Erik despertó cuando ya había oscurecido. No sabía que hora era, pero sus tripas sonaban sin cesar.
Bajó hasta el restaurante, como se imaginaba, llamaba mucho la atención. Los hombres vestían frac y las mujeres vestido de coctel.
Cenó ignorando las miradas de los comensales. Buscó a Emily durante unos minutos a través de las mesas, pero como imaginaba, estaría en su habitación emborrachándose.
¿Para qué querría su jefe que una mujerzuela como aquella fuese a fiestas de lujo? Bebería como una cosaca y se aprovecharía de ellos. Al fin y al cabo, una mujer salida de los barrios más bajos de la ciudad ni soñaría con ponerse un vestido de fiesta.
Acabó su bistec y salió a la terraza para fumar. Esta tenía unas escaleras que bajaban al jardín que habían visto desde sus habitaciones. Ahí, las parejas paseaban bajo la luz de las farolas. Erik se apoyó en la repisa y soltó lentamente el humo que había inhalado.
-¿Tienes fuego?-La voz provenía de una mujer pelirroja de su edad. Con un vestido verde esmeralda. Era la mujer más sexy que el rubio había visto jamás. Éste le tendió su zippo plateado.-¿Regalo de alguna novia?-Erik emitió una risa en silencio.
La mujer le dio una calada a su cigarrillo con sus carnosos labios de color carmín. Ambos estuvieron en silencio apoyados en la repisa.
-Tu no eres de por aquí, ¿me equivoco?-Erik no respondió, no hacía falta.-¿me harías compañía? Mi padre ha organizado una cita a ciegas y no va demasiado bien.-Dijo ella riendo.
Deambularon por el jardín en silencio. Claramente, aquella mujer era un plato que ningún hombre podría haber rechazado.

Erik miró hacia el lado derecho de su cama. La pelirroja dormía plácidamente. Se levantó y buscó a tientas su ropa interior y sus pantalones. Salió hasta la terraza y se encendió un cigarrillo. Miró hacia la terraza de su lado. ¿Emily estaría dormida? Seguramente sí. Cuando llegó con la chica de la fiesta no oyó su televisor encendido ni signos de actividad. Suspiró, no estaba del todo tranquilo. Se llevó el cigarro a los labios y saltó hasta la otra terraza. Todo estaba en silencio.
Apagó la colilla con el suelo y la tiró al vacío.
Abrió la puerta de cristal corredera y pasó a la habitación. Dio un puntapié a una botella de cristal vacía que había tirada en el suelo. Como temía, debía haber caído redonda de la borrachera.
Se acercó a la mesilla de noche y encendió la pequeña lámpara.
Emily dormía tirada de mala manera sobre la cama. Erik suspiro de alivio. Seguía vestida igual que en su último encuentro aquella tarde.
-Ge...rard- susurró ella en sueños. ¿Gerard? Erik se acercó un poco más.-Gerard...-Repitió, su rostro reflejaba preocupación. Parecía estar teniendo un sueño desagradable.
El chico apagó la luz y se sentó unos minutos en un sillón estilo victoriano al lado de la cama cruzando sus piernas.
Después de unos minutos, se levantó y volvió a su habitación. La cama estaba vacía. La mujer pelirroja había recogido sus cosas y se había ido. Erik sonrió, ¿era posible encontrar a alguien tan semejante de casualidad?
Se tumbó en la cama y sin darse cuenta cayó dormido.

Emily despertó pronto. Su barriga rugía con fuerza, se vistió con una camisa y una falda azul. Decidió ponerse tacones, no era muy alta y sabía que unos buenos tacones la estilizaban. Escojió unos Louboutin que había comprado el día anterior. Se miró en el espejo mientras se cepillaba el pelo. Hacía mucho que no podía mirarse al espejo, era como si hubiese estado recluida durante dos meses y ahora se examinara para saber en qué había cambiado.
Jugueteó con sus tirabuzones durante un rato. Poco a poco, se iba pareciendo de nuevo a la Emily que ella conocía.
De pronto, alguien tocó a la puerta. Su corazón dio una fuerte palpitación. ¿Erik? Abrió la puerta, un hombre con gafas de sol, de aspecto mayor, y cara seria la miró por encima del hombro.
-¿Emily Sheidemann?-La chica mio como se colocaba unos guantes blancos de látex. De pronto tuvo miedo y se precipitó a cerrar la puerta. Pero era demasiado tarde.
El hombre misterioso abrió con un golpe la puerta, Emily cayó de espaldas. Él sacó una pistola con un silenciador del bolsillo de la chaqueta, mientras, ella se escondió detrás de la cama esquivando un disparo que sonó como un fuerte trueno.
Emily gritó y gateó debajo de la cama. Otro disparo atravesó el colchón y interceptó a pocos centímetros en el suelo. De pronto, otro disparo. Esta vez diferente.
Todo pasó muy deprisa. A su lado cayó el cuerpo inerte de su atacante. La chica volvió a gritar. Su corazón palpitaba con fuerza y sus dientes tiritaban. ¿Iba a morir? Una segunda persona levantó la sábana del suelo, Emily no esperó para ver de quien se trataba y desde el suelo le propinó una patada al pecho.
-Joder.-Era la voz de Erik. La chica siguió ahí, encogida y temblando de terror. Erik se agachó dolorido y la miró.-Sal de ahí.
Ella obedeció y gateó fuera de la cama. Encontró al hombre que había caído muerto al otro lado de la cama con el suelo encharcado de sangre. Emily se llevó las manos a la boca y ahogó un grito, que fue transformado en lágrima.
-Vamos.-Ordenó el chico metiéndose la pistola en el cinturón.
Emily siguió llorando y sollozando, ignorando a Erik.
-Hay que irse.-repitió.-¡Hey!-El rubio se acercó a Emily y la sacudió de los hombros. Bufó y tiró de ella para sacarla de su habitación.
Sin darse cuenta se vio corriendo arrastrada por su escolta a otro hotel de la ciudad.
Erik los registró con nombres distintos y la instaló en una habitación con dos camas.
-Hasta que pase el peligro dormiré aquí.-Dijo él. Ella se encogió de hombros. Él se encendió un cigarrillo y lo tomo con calma. Se sentó con sus brazos apoyados sobre las piernas y se echó hacia delante.
-Tengo hambre.-dijo ella. -¿Hoy comerás conmigo? Por favor.- Erik la miró, sonreía.
Emily bebió dos copas de vino antes de empezar la comida y estuvo bebiendo sin probar el plato. Erik la miraba mientras comía un bistec.
-¿No bebes tú?-le preguntó ella. Este dejó los cubiertos a un lado.
-No.
-Eres adulto, es extraño ver a un hombre como tú beber zumo de naranja para comer.
-No bebo alcohol.-Repitió. Ella asintió.
-Yo no puedo estar mucho rato sin beber. Supongo que te pasa igual con el tabaco.
Él no contestó. Su cabeza estaba en otra parte, ¿porqué la perseguían? Querían matarla, pero habían enviado a un matón cualquiera que ni siquiera había sido capaz de acertar con el blanco. Estaba claro que esperaban que estuviera sola y quizás, borracha o dormida. Estaba claro que la conocían.
-¿No tienes novia o familia?-él negó en silencio mientras la examinaba. Ya iba achispada, pero mantenía una postura recta y se había colocado la servilleta como una dama.-Yo estaba prometida, ¿sabes?.-Erik paró atención.
-¿Prometida?-ella sonrió tristemente.
-Si. Era guapo, rico y joven. Y estábamos muy enamorados.-El chico la miró. ¿Sería su prometido el asesino? ¿O alguna mujer celosa? Si contratabas a alguien para hacer el trabajo sucio, era porque tenías dinero.-Pero murió.-concluyó mientras le daba vueltas a su copa y sus ojos derramaban unas lágrimas.

Capítulo 4.

Emily apenas probó bocado, por lo que la bebida le subió con facilidad. Intentaba emborracharse rápido cuando su cabeza comenzaba a pensar en Gerard.
-Voy a ir al bar.-anunció cuando Erik acabó su plato.
-Deberías ir a dormir.-dijo él. Parecía más una orden que una sugerencia.
-He dicho que iré al bar. Ven conmigo o ves a la cama, yo vendré después.-Erik la dejó marcharse. Esa niña era idiota, y él no quería hacer de canguro, pero si la mataban, no cobraría. Eso era lo que le interesaba.
La siguió a regañadientes y se sentó en un taburete a su lado.
-Un martini.-Pidió ella. Erik le hizo un gesto al barman para decirle que no quería nada.-¿Has tenido novia? Deberías tratar mejor a las mujeres.-Emily se apoyó contra la barra.
-He tenido novia.-Ella sonrió ampliamente. Le divertía aquella situación.
-¿Muchas?
-Una.
-¡Vaya! Me sorprende. No pareces un tipo que le gusten las parejas. ¿Cómo terminasteis? Seguro que te dejó cuando supo la clase de trabajo que tenías. Dudo que alguna mujer quiera estar con alguien que mata a personas por dinero.
Erik miró un punto perdido en la barra. Tenía una expresión inescrutable.
-La maté.
Emily sintió como su corazón palpitaba con fuerza y abrió los ojos de par en par. De pronto sintió miedo y su cuerpo se paralizó.
-La encontré en la cama con otro y les disparé hasta que me quedé sin balas.-se llevó una mano al cabello y se lo echó hacia atrás.-después de los gritos todo quedó en silencio, y ya solo olía a sudor y a sangre.
Erik se quedó sentado, mientras Emily se levantaba y corría fuera del bar.
Quería huir lejos, pero no ¿dónde iba a ir?. Alguien quería matarla, eso lo tenía claro. Había visto algo que no debería. Para colmo, su padre le había mandado un grupo de mercenarios para protegerla. Quería volver a casa, ¿su madre la perdonaría? Seguramente no. No querría que una borracha diera que hablar en la sociedad.
Entró en el hotel. Tenía miedo de esconderse. ¿Y si la encontraban aquellos asesinos de nuevo? Erik la había protegido, era su trabajo. Pero había matado a la persona que amaba.

El chico rubio miró la copa que Emily había dejado al huir de él. Estaba llena. Se levantó y pagó la cuenta.
Encontró a Emily en la habitación, dentro de las sábanas. Quizás estuviera dormida.
-Oye, recuerda que esta noche debemos ir a la fiesta. No duermas muchas horas.
La chica solo contestó encogiéndose en su sábana. Erik se desvistió y se metió en la ducha.

Emily escuchó el sonido del agua en la habitación contigua. Volteó y miró la cama a su lado. Erik había dejado su ropa tirada de cualquier forma. Se acercó a la ropa y la examinó. Había una cartera, que contenía su pasaporte, con nombres falsos. Erik Smith, Johan Smith, Johan Reed... ¿El nombre que le había dado era el verdadero? Realmente era un extraño ahora. Un simple asesino a sueldo, como los que querían matarla.
Examinó la americana negra. Era realmente simple. Como los uniformes de la película pulp fiction, al igual que la camisa y los pantalones. ¿Había dejado los pantalones ahí tirados y se había ido desnudo al baño? Emily se sonrojó. Buscó dentro de los bolsillos, había un teléfono. ¡Un teléfono! Marcó sin pensar el número de su casa. ¿Sus padres querrían oír que estaba bien? Quizás no querían saber nada de ella.
Cuando era pequeña, solía llamar a su padre al trabajo. Heinrich Scheidemann era el director del Memorial Solzman, uno de los hospitales privados más importantes de Brandeburgo. Pero siempre tenía tiempo para estar con su hija. Lo que más le gustaba era llamarla para contarle que iba a comer, hasta el punto de que se había transformado en una tradición.
Marcó el número de su padre. Aún lo recordaba, aunque hubiera pasado tiempo.
-¿Diga?-Emily sonrió y aguantó unas lágrimas al oír la voz de su padre.
-Papá. Soy yo.-Respondió ella. Hubo un silencio, Emily se puso a llorar al oír la respiración de su padre.
-¿Porqué me llamas, Emily? No voy a darte más dinero para que lo desperdicies en moteles y bebida.-La chica se quedó en silencio de pronto. ¿No la echaba de menos?
-Yo...Pensé que querrías saber de mí. Papá, quiero volver a casa. Por favor.
-Eso no puede ser y lo sabes. Te ingresé en el banco algo de dinero para que pudieras empezar de nuevo. No me sacarás nada más.
-Papá.-Emily ya no se contuvo más y estalló en llanto.-Por favor, lo siento. Lo siento. Perdoname, quiero volver a casa.
-Debiste haberlo pensado antes, Emily. A todos nos afectó la muerte de Gerard, pero tú te metiste de todo en cualquier esquina, con cualquier hombre. Ahora toda la familia lo sabe. Me defraudaste. Ya no puedes volver. No me vuelvas a llamar más.-Colgó.
La chica tiró el teléfono y se envolvió en las mantas de la cama de Erik.

El chico rubio se encendió un cigarrillo en el baño. Había escuchado la conversación de la chica con su padre. Cuando oyó el nombre de Scheidemann sospechó que se trataba de ella, la hija del director del hospital Memorial Solzman. Había echo anteriormente algún trabajo para él. Nunca lo había visto en persona, siempre era el señor T quien contactaba con los clientes.
Aquello no lo aliviaba, si Scheidemann no lo había contratado, ¿quién era el cliente del señor T? Inspiró el humo de su tabaco y esperó un tiempo. ¿Cómo debería salir del cuarto de baño si ella no paraba de llorar? No le gustaban las mujeres lloronas, nunca sabía que decirles.
Salió envuelto en una toalla por la cintura, decidió ignorarla y buscar su ropa. No había podido comprar nada, ni siquiera ropa interior. ¡Vaya fastidio! Buscó su teléfono en el pantalón, pero no lo encontró. La chica se había quedado en su cama, boca abajo. Vio el teléfono tirado en el suelo. Había usado su teléfono para hablar con Scheidemann. Eso era malo.
Erik se acercó y llamó a John, un viejo amigo que trabajaba también para el señor T.
-John. Necesito ropa nueva. El hotel...no se como se llama, está cerca de las montañas, en el barrio alto. En una hora aquí. Ok.

Emily lo miró. El chico tenía el pelo aun mojado y iba enrollado en una toalla que dejaba ver su torso desnudo. En su omoplato izquierdo tenía tatuado un trival negro que se extendía hacia el hombro, parecía simular una ala.
-Vístete, las mujeres tardáis demasiado. En tres horas tenemos que estar en la fiesta.-El chico salió a la terraza. No era tan lujosa como la anterior, pero era amplia y con sillas cómodas.
Emily salió al poco y se colocó en frente de la silla, en cuclillas.
-Erik...-ella se ruborizó.-Yo...¿Puedes abrazarme, por favor?-El chico la miró sin comprender. Ella seguía llorando.
-¿Qué?
-Me siento triste...necesito un abrazo. Por favor, solo un rato.
-No.-Erik se llevó el cigarro a los labios y se levantó. Dejándola sola en la terraza.
Ella permaneció en cuclillas, rodeándose las rodillas con los brazos. Se daba lástima. Había vendido su cariño durante dos meses al que pudiera pagarle una botella de wisky y creía que a parte de su Gerard, todos los hombres caían ante una mujer fácil. Ahora se sentía sucia y usada.

Erik encendió el televisor, y se tumbó en su cama. Al poco, dieron unos golpes en la puerta.
-¡Abre, hijo de Odin!-Erik miró hacia la puerta, esa voz y aquella frase...John. Por fin. Abrió la puerta y un chico de aspecto infantil le lanzó una bolsa de ropa.-¡¿Cómo se te ocurre venir a trabajar sin ropa?! ¡Vas solo con esa toalla!-Erik cogió la bolsa y se metió en el baño.

Emily escuchó los gritos de un hombre en la habitación. ¿Sería al que había llamado Erik? Se levantó y se asomó.
Un chico bastante guapo, de fino cabello castaño corto y ojos verdes le sonrió. Llevaba el mismo traje que Erik. ¿Compañeros de trabajo?
-Buenas tardes, soy John Reed. ¿La señorita Scheidemann no?-la chica se sorprendió, a primera vista, parecía un chico de su edad, pero al hablar con aquella formalidad, era como si de pronto fuera hasta más mayor que Erik.
-S-Si.
-Trabajo para el señor T. Vengo a traer algunos pedidos.-Le sonrió.
Erik salió del baño con la corbata en la mano, vestido con el traje negro y la camisa blanca desabrochada hasta el pecho.
Emily se dio cuenta de que volvía a tener aquel horrible aspecto de mercenario. Se sentía avergonzada de sí misma. ¿cómo debía mirarlo? Lo había obligado a comportarse de forma poco profesional.
-Dúchate y vístete de una vez.-Le dijo él interrumpiendo sus pensamientos. Ella asintió sin rechistar y se metió en el cuarto de baño.
-Ojala a mi me tocara un trabajo así.-dijo John cogiendo una botella de bourbon y sentándose en uno de las sillas exteriores. Erik se encendió un cigarrillo y acompañó a su amigo.

Capítulo 5

Erik y John permanecieron en silencio durante un largo rato.
-Recuerdo haberla visto acompañando a Scheidemann y a su mujer en una gala benéfica hará un año.-Dijo John.
-¿Seguro que es ella?
-Si. Quizás algo más demacrada, pero es normal.
-¿Cómo puede ser normal acabar así?
-¿Cuánto hace que no hablas con Linda?-Erik le lanzó una mirada fulminante. John conocía a Erik desde hacía mucho tiempo y sabía que odiaba a las mujeres que deseaban controlarlo. -Antes de este trabajo seguro.-Confirmó el chico moreno mientras le daba un trago a su botella.-El caso es.-Prosiguió él.- que si hubieras llamado a Linda, sabrías que tuvo una larga conversación con Johana. Y todos sabemos como es Johana. Al poco, Linda me llamó a mí...
-Joder, John.
-Calla, que ya acabo. Si hablases más con mujeres te enterarías de lo que te pueden ofrecer a parte de sexo. Como he dicho, Linda me llamó, preguntó por ti y dijo que habíais peleado porque te habías ido de su cama en plena noche. Es que, Erik, joder. Solo te faltaba dejarle un billete en la cómoda. -El rubio se estaba impacientando, pero sabía que John estaba disfrutando.-Y después de estar media hora al teléfono con una mujer despechada, que por cierto, deberías invitarme a una buena copa como agradecimiento, me comentó que había hablado con Johana.-Miró a su amigo que se estaba aguantando las ganas de darle un puñetazo.-Emily estuvo en un motel durante dos meses, hasta que fuiste a buscarla. Scheidemann la había prometido con un tal Gerard Liebhart, un tipo de buenas pintas todo relamido. Parece ser que el tipo murió, hará justamente dos meses. Lo que Johana le contó a Linda, fue que han averiguado que al tipo este lo mataron. Una especie de asesino a sueldo algo famoso en el mundillo. Pues al parecer, Emily lo presenció todo. Escondida, imagino.
-¿O sea que quien la busca es la banda del tipo que asesinó a su novio? ¿Para que no lo delate?-John negó con la cabeza.
-Él no sabe que lo vio matando a Gerard. Esto es mucho más chungo, Erik. Él no la busca.
El chico rubio se llevó una mano a la frente. ¿Cómo una mujer como aquella se había metido en un problema tan grande? Normalmente, las hijas de hombre como Scheidemann solo debían preocuparse sobre qué color de labios les sentaría mejor, aunque era común escuchar noticias sobre viejas glorias que habían acabado en el mundo de las drogas.
Cuándo se dispuso a preguntar sobre el resto, Emily salió vestida con un traje de cócktel azul y el cabello recogido.
-Estoy lista. ¿Nos vamos?-Dijo agitando la invitación de la fiesta.-¿Vas a acompañarme así?-preguntó ella con su tono engreído de mujer de alto barrio.
-¿Cómo?-Preguntó Erik sin comprender.
-Que si irás de esta forma...vestido.
-Es mi uniforme de trabajo.-respondió el rubio molesto entre las risas silenciosas de su amigo.
-No puedes ir así, hace meses que no me ven en las fiestas, pensarán que mi guardaespaldas es un matón cualquiera. En mi mundo, las apariencias lo son todo, y si vas a entrar en él, deberás jugar en mi campo.
Erik la miró incrédulo y buscó a su amigo para que lo ayudara, pero este se encogió de hombros de forma exagerada y con una sonrisa.
-Es la clienta, Erik.-el cabrón se lo estaba pasando en grande, sabía que odiaba a las mujeres mandonas.-Además, ahora que lo mencionáis... he traído un traje negro...¡oh! ¡Y con pajarita!
-Bastardo...-susurró Erik. Emily sonrió altiva y se sentó en el sillón victoriano de la habitación. No le gustaba esperar.

Erik entró en el baño y se quitó la americana. Miró aquel traje, se parecía al que llevaba, pero tenía un extraño tono pijo que no le agradaba...¡llevaba cola! Como un maldito pingüino. Nunca le habían obligado a cambiar su traje y menos en el trabajo.
Se abotonó la camisa hasta el pecho y miró de nuevo hacia la bolsa...había una pajarita, ni hablar. ¿Debía llevar la camisa abrochada hasta el cuello y encima una pajarita? Con el calor que hacía...
-¿Como vas?-preguntó John desde el otro lado de la puerta.-Tu acompañante se impacienta.
-Pues dile que se vaya sola.-Protestó él. Sentándose en la tapa del váter. Estuvo a punto de renunciar cuando entró su amigo.
-Debes abrocharte hasta el cuello.
-Ve tú. Yo paso.-John se acercó a su amigo y le arrebató la pajarita.
-¿Típico de ti, eh? En cuanto algo te sobrepasa, abandonas.
-Cállate.-Le ordenó Erik.
-Siempre has hecho lo mismo, Erik. Con tu madre, con tu esposa...-Erik se levantó y cogió a su amigo por el cuello de la camisa.
-¡No compares la puta pajarita con Nina! Ni se te ocurra hablar de ella, ni de mi madre.
-¡No se trata del lazo, Erik. Se trata de ti! Tú trabajo es llevarla a las fiestas, es lo que el jefe quiere. Y si ella quiere que vayas mejor vestido para no llamar la atención, debes hacerlo y punto. Asume tu responsabilidad. Es tu trabajo.
Erik lo soltó y suspiró. Lo peor de John era lo mucho que lo conocía, demasiado. Se abrochó de mala gana los botones que le faltaban.
-No se atarla.-Protestó el chico rubio sonrojado. John sonrió y se colocó frente a su amigo.

John siempre había superado en todo a Erik. Se habían conocido en uno de los primeros trabajos. El señor T había sido contratado por un tal Jake, que poseía una franquicia de restaurantes. Su trabajo consistía en llevar un mensaje a uno de sus trabajadores, que había puesto un local de su franquicia, pero no había hecho los pagos correspondientes. Fue entonces cuando Erik descubrió lo único en lo que podía superar a su amigo.
Nunca había sabido porqué John trabajaba en aquel lugar. Odiaba la violencia y era incapaz de dañar a alguien. Pero siempre conseguía acabar los trabajos sin derramar una sola gota de sangre.
Fue en aquella misión donde se conocieron y se hicieron amigos. Al principio parecía sencillo, pegarle una paliza a un tipo para que entendiera que no podía deberle dinero a Jake. El señor T los envió a los dos solos. Pero aquel tipo sabía que iban a ir, así que contrató a cinco tíos armados. En menos de dos horas se vieron envueltos en un tiroteo. John quería salir del sitio sin matar a los otros, cosa que Erik veía improbable. El chico consiguió acabar con dos de ellos, pero el tercero tenía un arma que no esperaba. Había cogido un rehén. Nina. Su mujer había sido secuestrada por esos tipos. La hizo gritar, para que él pudiera oírla desde su escondite. John intentó calmarlo para pensar en un plan, pero Erik se cegó y acribilló a balazos a los tipos que quedaban, incluido el dueño del restaurante. Durante el tiroteo, Nina salió herida y cayó inconsciente.
El problema de ser un mercenario, era que las heridas de armas no pasaban inadvertidas en los hospitales, así que cuando te herían, podías darte por muerto. Entonces John le confesó que había sido cirujano.
Salvó a su mujer y los llevó a casa, después de aquello. Nina lo invitó cada fin de semana a comer con ellos. Era típico de su mujer, se preocupaba por los demás sin querer nada a cambio. John siempre decía que ella era como la primavera, que había conseguido derretir el frío corazón de Erik.

Emily se ruborizó cuando vio a Erik salir de la habitación. Llevaba un chaqué que le iba como anillo al dedo, con una camisa blanca muy elegante y una pajarita a juego. Se había peinado hacia atrás, y la chica no pudo evitar ver similitud entre él y el protagonista de Titanic. En aquel momento, se dio cuenta de lo arrebatadoramente apuesto que era. Este se movía con incomodidad y John le reprendía por no estarse quieto.
-Bueno debo marcharme ya, espero que puedas seguir tú solo a partir de aquí.-Bromeó su amigo.
-¿Has traído el coche del trabajo?-le preguntó Erik. El otro asintió.-Dame las llaves. Vine con ella en tren, pero si vamos andando, seremos todo fachada.-John puso los ojos como platos.
-¿Cómo te voy a dar el coche? ¡No tengo como volver!
-Es lo que la clienta desea.-Le dijo Erik sonriendo malévolamente.-Vuelve en tren, si te das prisa, podrás coger el último.
John fue a protestar, pero se calló y le lanzó las llaves de su bmw maldiciéndolo.

Erik se encendió un cigarrillo dentro del coche y se sentó en el asiento del piloto.
-Debes abrirme la puerta del copiloto cuando aparquemos.-Ordenó ella mirándose en un espejo de mano que llevaba dentro del bolso.
-No soy tu pareja. Soy tu escolta.
-Los escoltas abren la puerta a sus clientes.-Le recriminó. El chico cambió de marcha y tiró la ceniza por la ventana. La chica tosió a causa del humo y le arrancó el cigarro de la boca, tirándolo fuera del coche.-Me molesta el humo. No fumes en horas de trabajo, el traje olerá a humo.
Erik apretó los puños, como odiaba a las tías como ella, todo lo que salía de su boca eran órdenes.

Le dieron el bmw al aparcacoches. Erik obedeció y le abrió la puerta al ver que realmente no pensaba salir si las cosas no se hacían como ella deseaba. Le obligó a llevarla del brazo al subir las escaleras.
El lugar era un gran restaurante de lujo, donde cada puerta tenía un portero vestido de chaqué. La chica sonreía y caminaba altiva. Era realmente falsa, hacía menos de dos horas que había estado llorando desconsolada. En general, esa chica tenía algo que no le gustaba. Su forma de mover el culo cuando caminaba, el color de su barra de labios, su perfume...

Capítulo 6.

A su alrededor, Emily podía escuchar los murmullos de los que habían sido sus amigos. “¿Cómo ha podido presentarse aquí?” “He oído que ha estado trabajando como prostituta estos dos meses” “Yo he oído que se quedó embarazada de un cualquiera” “Pues yo que es adicta a la heroína” Murmullos por todas partes, pero Emily siguió sonriendo y rechazando los canapés que los camareros le ponían delante. Habló con viejos amigos de la familia, estaba segura de que su padre les había dicho que se había marchado del país.
Erik escuchó como a su alrededor hablaban sobre él. “increíble, hace solo dos meses que murió su prometido y ya anda con otro” “Que aspecto más horrible tiene, parece un macarra de barrio” “que triste, pobres Scheidemann, tiene el cielo ganado”.
¿Cómo le podía gustar a Emily estar con gente así? Erik la miró, mientras bebía una copa tras otra de champagne. En realidad, la respuesta era obvia. Ella era como toda esa gente, todo fachada.
El chico salió al gran vestíbulo y se apoyó contra la pared. Las voces y la música del piano se habían ahogado tras cerrar la puerta.
-¿No te diviertes?-Emily le sorprendió al rato saliendo por la puerta. Estaba claramente borracha, aunque ya no le sorprendía. Erik la ignoró.-Ya podemos irnos.-Dijo al fin. Comenzó a bajar las escaleras agarrada a la barandilla de mármol. El chico la miró por detrás. ¿Para que debían ir a las fiestas, para que se emborrachara? Era realmente patética.
Emily colocó el pie en mala posición, los tacones se le cruzaron y la gravedad hizo el resto. Erik la vio caer por las escaleras sin que pudiera atraparla.
-¡Estúpida!-masculló mientras corría a su lado. Había caído de espaldas y no podía ver su cara. Rezó para que no le hubiera pasado nada. Escuchó a la chica sollozar en el suelo.-Ey, ¿estás bien?-Erik la agarró del brazo, la chica forcejeó y lloró más fuerte.
-¡Déjame! Puedo levantarme yo sola.-Gritó. Erik se separó y se cruzó de brazos. ¿Porqué se había enfadado? Y encima ya volvía a llorar.
La chica se levantó torpemente y se tambaleó con un quejido. Instintivamente Erik la cogió.
-El tobillo...-Dijo ella. Erik lo miró de reojo, parecía hinchado.-¡Suéltame, déjame en paz!-Forcejeó. Erik la ignoró y la agarró más fuerte para que no se cayera. Comenzó a llorar de nuevo y le golpeó con los puños en el pecho.-Te odio. Tú también me odias, lo se. Todos me odian.
-Cállate, estás borracha.-Dijo impasible. La cogió en volandas, ella se agarró a su cuello con fuerza mientras lloraba en silencio.

La colocó en su cama sin esfuerzo. La chica lo miró a los ojos, había dejado de llorar. Erik la miró con el ceño fruncido y después se dirigió al minibar. Cogió hielo y lo envolvió en un trapo.
Emily lo miró en silencio mientras se sentaba a los pies de la cama, se colocaba el pie hinchado encima y le colocaba el hielo.
-¿Porqué lo haces?-preguntó ella al fin. Erik siguió como si no la oyera.-Se que me odias, lo veo en tus ojos.
-Cállate.-Le ordenó él.
-¿Porqué me cuidas? Seguro que no me matas porque quieres cobrar. Si muero no hay dinero.-él tiró de la pierna y la miró con sus profundos ojos grises para que estuviera quieta.-No quiero que alguien como tú me toque.-Replicó.
-Cállate y duermete. Si no te quito la hinchazón del tobillo, tendré que cargarte durante una semana.
Erik se sacó el paquete de cigarrillos del bolsillo y se encendió uno. Después se puso cómodo tirando al suelo la maldita pajarita y desabrochándose la camisa hasta el pecho. Volvió a coger el hielo de la cama y lo colocó en el tobillo de la chica. Esta se recostó con un quejido.

Emily se sentía mareada por el alcohol. La habitación olía a humo y a perfume masculino. Contempló el perfil de su escolta. Hubiera preferido que fuera un hombre mayor y calvo. El chico sostenía el cigarrillo entre sus finos labios. ¿Cuántos años debía tener? Como mucho treinta...
La chica pudo ver la nuez de su cuello, bajó su mirada hasta los huesos de la clavícula que se le marcaban junto con los músculos del pecho. De pronto se ruborizó. ¿Porqué era tan atractivo? Sintió como el chico le ponía una mano sobre el pie, su tacto era realmente cálido.
-¿Te duele?-preguntó él interrumpiendo sus pensamientos. ¿Realmente le importaba? Claramente no.
-No...-Dijo ella torpemente.
-Acuéstate. Será mejor que te duermas.-La chica se tumbó en la cama y miró hacia el techo.
-¿No tienes familia?-le preguntó ella.
-No.
-¿No te sientes solo? Yo si que tengo padres y aun así me siento muy sola...
-Hay personas que están mejor solas.-respondió él. Emily se sorprendió, apenas conocía al chico, pero sabía ver que no entablaba más de dos palabras seguidas muy a menudo.
-No lo creo.-Respondió ella con una sonrisa.-En alguna parte, en este mismo momento hay alguien diciendo lo mismo que tú, yo creo que al final os encontrareis.
-Que tontería.-Interrumpió él. Ella le sacó la lengua. Él se levantó y se quitó la camisa, tirándola en el suelo. Buscó entre la ropa y sacó un pantalón de pijama a cuadros.
-Erik...¿puedes darme mi camisón? Si te cambias en el baño...yo podré cambiarme aquí.

Cuando salió del baño ella estaba acostada y tapada con una sábana. Él se tumbó en su cama y apagó las luces. Se llevó las manos a la nuca y inspiró.
-Erik...-susurró ella.-¿Roncas?
El chico tardó unos segundos en responder.
-Como voy a saberlo si estoy dormido. Duérmete de una vez.
-Yo se que hablo en sueños...mi prometido me lo contaba por las mañanas.
-Tu prometido y una veintena más tras su muerte....-respondió él sin pensar.
Hubo un silencio incómodo. Quizás se había pasado un poco, aunque fuera verdad. ¿Debía decirle que lo sentía?
-¿Crees que soy eso? Una zorra.
-Déjalo.
-No, no, dimelo. Quiero oír el consejo de alguien que mató a la mujer que amaba.
-He dicho que lo dejes.
-¿Porqué? Si me lo contaste al conocerte es porque no debe ser para tanto. ¿Qué fue, un tiro en la cabeza? A ella y a su amante. ¿Por eso no me aguantas no? Porque en eso me parezco a ella...-De pronto notó como un peso se le colocaba en la oscuridad encima de la cama y sus brazos quedaban atrapados, la mano que le quedaba libre al chico tapaba la boca de ella.
-Te he dicho que lo dejes. No hables de ella. No lo hagas. No la conocías, ni me conoces.-Emily sintió como el corazón le iba a estallar. Tenía miedo.-Asiente si me has entendido.-La chica mordió la mano de su captor con fuerza. Este se quejó.-Pequeña zorra.
-¡Suéltame! ¡Soy el cliente estás a mis órdenes! Llamaré al señor T, ¡Suéltame!-Forcejeó y consiguió arañarle la cara. El chico se apartó de la cama de pronto. Después hubo un silencio sepulcral.-¿Erik?.-No hubo contestación. La luz del cuarto de baño se encendió de pronto.-Erik...lo, lo siento. No quería...
Siguió sin contestarle. Ella se levantó y saltó con el pierna buena hasta el parco de la puerta del baño. El chico tenía un arañazo que le sangraba en su cara, siempre impasible, como si ella no estuviera ahí. Se limpiaba la mordedura de la mano, era más profunda de lo que había pensado.
-Erik...
-Mi teléfono está dentro de la americana. Llama a mi jefe, él te enviará a otro que ocupe mi lugar. Mañana por la mañana estarán aquí seguramente.
-No..no te vayas, Erik, lo siento.-Se acercó y le tomó la mano para verle la palma con la herida. Él tiró de su mano para evitar el contacto.
-Basta. Traeme el puto teléfono.- La chica comenzó a llorar.-Sal de aquí.
-No...Perdoname.-le dijo poniéndole una mano sobre el brazo.
-¿Qué coño te pasa, Emily? Tú no me soportas, ni yo a ti. Antes me has amenazado diciendo que llamarías al señor T y así no cobraría. Llama a mi puto jefe, yo me largo. Paso del dinero, ya me saldrá otro trabajo. Tú tendrás un escolta que le guste este royo y te aguante. Todos ganamos.
La chica se agarró al brazo y comenzó a sollozar.
-No lo llames, por favor. Se enfadará. Se enfada mucho conmigo. Creía que si te amenazaba me harías caso.
-¿Cómo?-Erik estaba confuso. Cerró el grifo del agua y esperó a que la chica se calmara.
-El también me odia. No Hagas que se enfade conmigo por favor. Lo siento, no volveré a hablar mal de tu mujer, lo prometo. Lo retiro todo. No hagas que se enfade conmigo...-La chica seguía agarrada a su brazo tiritando y sollozando.
-Esta bien...-Aún no comprendía lo que estaba ocurriendo.-No lo llamaré.

Capítulo 7.

Como pago por las heridas causadas, Erik dejó que le limpiara la mordedura de la mano y el arañazo. No le gustaba que las mujeres se ocuparan de él, y menos una que parecía estar completamente chiflada, pero ella merecía un castigo.
Ambos se sentaron en la cama, permanecieron en silencio mientras la chica pasaba un paño húmedo por la palma de la mano. Erik la observó, aún tenía los ojos con lágrimas. Las mujeres traían problemas, eso era algo obvio para el chico rubio, pero aquella escena que había montado momentos atrás... si le hubiesen pedido que o describiera con palabras, era el miedo absoluto. Tenía que admitirlo, le había dado lástima.
La chica volvió a mojar el paño en agua caliente.
-¿Te quedarás conmigo?-preguntó ella con un susurro.
-Si quieres llamarlo así.
La chica sonrió tiernamente, sin enseñar los dientes. Realmente estaba aliviada. Después volvió a mojar el paño en el agua caliente que habían colocado en un bol de porcelana y se acercó a la cara del chico. Este se apartó instintivamente y la cogió el trapo.
-Lo siento.-dijo esta al ver que rehusaba de su tacto.
En silencio él se humedeció la mejilla mientras la chica volvía a su cama y se tumbaba de lado, dándole la espalda.
Al poco él se tumbó por segunda vez y se dejó caer ante el cansancio.

Despertó aún más cansado de lo que se había acostado. ¿Iba a ser cada día así? Se estiró y miró hacia la ventana, parecía ser tarde. Miró el reloj y vio que eran las once. A su lado estaba Emily, mirando el televisor.
-Buenos días.-Le dijo esta.-¿No madrugas no? Llevo dos horas esperando que te levantes. Tengo hambre.
El chico se dejó caer sobre la almohada y se llevó los brazos alrededor de la cabeza. Había olvidado que ahora estaba coja. Sería peor que un grano en el culo. Al poco se levantó y fue hasta el baño.
-Erik.-Le interrumpió ella. Él dio un giro y la miró desde el marco de la puerta.-Mi ropa está en la cómoda, acércamela.
Erik obedeció a regañadientes y sacó una camiseta y unos pantalones cualesquiera.
-¿Eso? No puedo ponerme rosa con negro. Él inspiró y se dio ánimos mientras sacaba otra camiseta y se la enseñaba. Ella sonrió aprobándolo y se la acercó.

El hotel disponía de todo lo que cualquier persona hubiera querido desear, hasta de pétalos de rosas rojas de la India, pero no tenían nada para que Emily pudiera moverse. Ni una silla de ruedas ni una muleta.
La ayudó dejando que pasara un brazo sobre sus hombros para que anduviera a la pata coja.
-Sería más sencillo si pudiera cogerte.-Espetó él.
-Ni hablar. Todos se nos quedarían mirando.
Llegaron a duras penas al comedor, que se convirtió en el trono de la reina Emily. Le ordenó que le sirviera café, pero no uno cualquiera, tuvo que probar tres veces en el bufé hasta que dio con la combinación adecuada que ella deseaba de leche y café. Después tocó el turno de las fresas, las tostadas y el pavo, que por supuesto debía ser uno que no tuviera grasa. Cuando el chico pudo sentarse para tomar su desayuno, estaba frío y ella deseaba volver a la habitación.
Erik se encendió un cigarrillo y se sentó en la terraza de la habitación. Emily estaba tumbada en la cama quejándose del aburrimiento.
-Erik me aburro mucho. ¿Porqué no puedo ir al médico para que me vende la pierna? En pocos días podría volver a caminar...
Él suspiró, no podían ir al médico, aunque él se muriese de ganas por dejarla ingresada unos días y así tomarse un descanso. Si registraban su nombre podían rastrearla. Debían ser como fantasmas. Al menos, sabía hacer las primeras curas.
-Erik...-repitió ella con voz quejica.-¿Qué haces cuando te aburres?
-Duermo.-contestó él molesto.
-No tengo sueño.
-¿Pues a mi que me cuentas?
-Oye, dame un whisky de la nevera.-Le pidió esta.
El chico se acercó al minibar y le tiró una botella pequeña de alcohol.
-¿No vas a decirme que no beba? Tienes el aspecto del típico hermano mayor...
-Me da igual.
La chica miró su botella y finalmente le dio un trago.

-¿Han llamado mis amigas?-preguntó ella cuando ya había tomado unas tres botellas de whisky.-Ellas no me echan de menos, lo se. En realidad yo tampoco las echo de menos. Pero me seguían como a una abeja reina.-comenzó a reírse. Erik la miró. Aquella chica se encontraba realmente sola. Seguramente, el enterarse de que la habían encontrado en un hotel de mala muerte había hecho que su vida social se destruyera por completo.
-No han llamado. Emily, ¿Qué relación tienes con mi jefe?-Era el momento de preguntarle y dar un poco de luz a aquella chica misteriosa. Se apoyó en el mueble del televisor, frente a su cama y se cruzó de brazos.
-¿Con el señor T?-balbuceó. Erik asintió.-Él me tiene mucho cariño, y yo a él. Me protege.
Eso no tenía sentido, si tenían una relación tan cercana, ¿porqué le temía? La chica había dicho aquello con una sonrisa forzada, estaba mintiendo.
-¿Eso es lo que te obliga a decir a los demás?-Emily tragó saliva, nerviosa y se llevó una mano a la barriga.
Erik se acercó a la chica y la empujó contra la cama bruscamente. Ella se quejó, pero él la ignoró y le levantó el camisón de seda que utilizaba para dormir, ella gritó y forcejeó.
-¡Estate quita!-le gritó él, ella se puso roja. Como imaginaba, tenía la barriga llena de golpes profundos y morados. -¿Quién te ha hecho esto?-ella miró hacia un lado, ignorándolo.-¿Ha sido el señor T? ¡Responde, Emily!-le gritó zarandeándola.
-¡Si!-gritó ella llorando.
-¡Explícame que relación tienes con él!
-¡Si se entera de que lo cuento se enfadará conmigo! No quiero que se enfade, por favor...
Erik la soltó y ella se enjugó las lágrimas de las mejillas y se bajó el camisón. De pronto Erik se sintió mal por lo que había hecho. No la soportaba, odiaba sus aires de grandeza aun cuando ni su padre se preocupaba por ella, pero realmente le habían ocurrido cosas de las que no tenía culpa.
La colocó una mano sobre la frente y le retiró unos mechones negros. Ella se calmó y él se levantó y se encendió un cigarrillo.
-Entonces, ¿le debes algo al señor T, cierto? Por eso eres su cliente, él necesita algo de ti...¿Tiene que ver con Gerard?
La chica se abrazó.
-No quiero hablar de Gerard. El señor T te ha traído hasta a mí, él me protege.
Erik se calló la pregunta que le rondaba por la cabeza. ¿Hasta cuando? Hasta que dejara de serle útil.

Emily despertó de un sobresalto, se había quedado dormida. Llevó sus manos a las mejillas, aún estaban húmedas.
Miró a su alrededor y no vio a Erik. De pronto recordó la forma en la que le había levantado el camisón, notó como su corazón latía rápidamente y rabia y vergüenza se juntaron a la vez en su interior. Pero después recordó como le había acariciado la frente, casi con ternura y el corazón le latió más deprisa.
Hacía tiempo que no sentía el calor de otra persona de este modo. Durante dos meses se había dejado tocar por cualquiera y apenas recordaba la de hombres que se habían metido en su cama, el alcohol le ayudaba en gran parte. Pero Erik le había transmitido sentimientos solo a través de su dedo. En unos segundos había sentido lo que le parecía preocupación, tristeza, empatía...
Agarró la almohada y se hundió en ella. Debía olvidar esas estúpidas ideas y concentrarse en lo importante, encontrar a aquella persona. Además, ahora tenía otro problema, Erik sabía que ella no era realmente un cliente, tan solo una socia de su jefe, si se enfadaba de nuevo con ella y decidía abandonar el trabajo sabía de lo que el señor T sería capaz de hacerle.
Se levantó y fue a pata coja hasta el lavabo, se quitó el camisón y observó su barriga. Los morados desaparecían poco a poco, echaba de menos el sol en su piel en aquella época del año. Su madre siempre había insistido en que seguía considerando la piel blanca como la más hermosa, pero ella sabía que el moreno era más atractivo, a pesar de las pecas que le provocaban en el cuerpo.
Se puso agua en los golpes.
-Tranquila, Emily. -Se dijo a sí misma.-Encuentra a aquel horrible hombre y el señor T estará satisfecho.
Si lo hacía, Gerard sería vengado y ella podría marcharse de aquel país.
Capítulo 8

-¿Emily, estás ahí?-Erik tocó la puerta con una cortesía impropia de su personalidad.-Sal.
La chica se vistió de nuevo. Al salir, encontró a Erik sentado en la cama, había extendido tres cartas de baraja francesa boca arriba y galletas saladas en montoncitos.
-¿Qué es esto?-preguntó ella con una sonrisa. Erik la ayudó a colocarse sobre la cama y le pasó dos cartas boca abajo.
-Esto es una timba de póquer. No puedo creer que desconozcas el póquer.-Rió él. Emily lo miró y se sonrojó. ¿Alguna vez había visto una sonrisa tan radiante? Su expresión se había transformado en un pequeño niño de diez años.
-Conozco el póquer.-Protestó ella con tono infantil.-Mi padre jugaba con sus amigos, me enseñó un poco.
Erik le recordó las bases del juego, claramente había participado en bastantes timbas y la chica lo comprobó cuando en menos de una hora la dejó sin galletas con las que apostar.
-Has echo trampas.-Protestó ella.
-Ni hablar.-Dijo este llevándose una galleta a la boca.-Tu vergüenza es la que habla.-Recogió las cartas y Emily robó una galleta a toda prisa.-Túmbate, debo ver tu pierna.-le ordenó volviendo a su tono de sargento.

Erik examinó el tobillo de la chica, no le gustó lo que vio. Estaba más hinchado y pálido. El chico cogió el teléfono con un suspiro.

John tocó a la puerta sin contemplación. Erik apareció en el otro lado, vestido con su camisa desabrochada en el pecho.
Se asomó y encontró a Emily tumbada en la cama con un fino camisón de tirantes que apenas le cubría por debajo de la cintura.
-¿He llegado en mal momento?-Preguntó el chico de pelo castaño.
Emily se tapó con la sábana al darse cuenta de su aspecto y se sonrojó.
-Oh, no no. Yo...-Balbuceó. John rió y Erik le lanzó un albornoz que el hotel dispensaba para el baño, con el que ella se tapó y recibió a John.
-Ese es el problema.-Dijo Erik señalando el tobillo de su cliente y sentándose en el sillón victoriano mientras rebuscaba en los bolsillos su paquete de cigarrillos, para su desgracia, lo encontró vacío. ¿Cómo había guardado un paquete vacío?
John acercó una silla a los pies de la cama, se colocó unas gafas y le cogió el tobillo. Ella se quejó mientras se dejaba examinar.
Emily sentía el tacto de aquel hombre, era diferente. Más suave y menos rudo que el de Erik, como si lo hiciera a menudo.
-Necesita una venda que le sujete bien el tobillo y una pomada para bajar la hinchazón.-Dijo John tras un rato retirándo las gafas de sus ojos.
-Iré yo, necesito un paquete de tabaco. Apúntalo en un papel.-Dijo Erik poniéndose la americana negra.
John le apuntó en un papel lo necesario para curar el tobillo de su clienta y se lo dio a su amigo, que desapareció tras la puerta.
-Seguro que no tarda mucho, tiene mi coche.-le dijo el chico de pelo castaño a Emily con una sonrisa.
-John...disculpa mi indiscreción pero, ¿eres médico? La forma en la que me has examinado...Oh, lo siento no debería preguntar.
-Lo era. ¿Increíble, cierto? Aunque no lo parezca, muchos de los que trabajamos para el señor T hemos tenido trabajos honrados.
-Oh, no pretendía decir que...-la chica se interrumpió y se ruborizó.-John...¿Qué era Erik? antes de trabajar para....
-Erik es la excepción.-Confesó él.-Es bueno en su trabajo, pero está algo infravalorado. Siempre he creído que el señor T siente cierta debilidad por él. Aunque lo oculta tras una capa de hostilidad...que complicado, ¿cierto?-la chica asintió algo desconcertada.-Verás, cuando el jefe se ha enterado de tu...accidente, me ha mandado que le informe sobre las consecuencias de este. Imagino que no podrá asistir a la fiesta que tendrá lugar dentro de dos días...
Emily sintió como su corazón se le paraba y un miedo inimaginable la inundó.
-Podré ir.-Dijo ella precipitadamente.-Dile al señor T que no se preocupe, podré ir. No hace falta que le digas nada. Con tus curas podre ir en poco, ¿verdad?
John examinó su cara, como imaginaba, ocurría algo entre su jefe y esa mujer.
-Lo sabré en cuanto pase un día o dos...-respondió él.-De momento es mejor que no te muevas. Erik no estará mucho a volver.
-Eso si no se ha metido en alguna timba clandestina por el camino...-divagó ella en voz alta.
-Erik puede ser una persona algo fuerte de carácter, pero uno de los subordinados del seór T más fiables.
-¿Cómo puede ser fiable un asesino?-Emily se dio cuenta de que había pensado en voz alta y se tapó la boca con las manos. John sonrió.
-Te lo ha contado. Erik y su desconfianza hacia el género femenino.-Rió. Emily abrió los ojos de par en par, ¿Cómo podía hacerle gracia? Era algo horrible, pero, ¿en que estaba pensando? Él era como ellos, claro que le hacía gracia la muerte de otros.-Las cosas no son siempre lo que aparentan.
La chica no supo a lo que se quiso referir con aquella frase, pero lo que Erik parecía era el mismísimo Stanley Kowalski.
John descolgó el auricular del teléfono y llamó al servicio de habitaciones ordenando que trajeran té y algunas pastas.
-¿Sabías que la madre de Erik era alcohólica? Murió en la calle, de frío.-La chica se llevó las manos a la cara horrorizada.
-¿Porqué me cuentas esto?-preguntó a los pocos segundos.
-Porque quiero que entiendas que Erik es la persona adecuada para este trabajo, él te protegerá. Porque nadie lo conoce mejor que yo, y veo como se siente.
-¿Qué intentas decirme?
-Emily...disculpa si te tuteo, nunca se me ha dado bien tratar con damas...
-Ya no soy una dama.-Interrumpió ella con voz triste.
-Emily, él te protegerá por la misma razón por la que te odia. Como te he dicho, su madre murió borracha en la calle y él no pudo hacer nada para evitarlo porque apenas tenía cinco años. Pero no quiere volver a cometer el mismo error.
Emily enfureció por aquella declaración. Dos años atrás, cualquier hombre había deseado tomar su mano, pero ahora se la consideraba una vieja gloria. Así era como Erik la veía, una mujer borracha tirada en un callejón.
Tomaron el té y desviaron la conversación hacia las actividades de las que Emily solía formar parte en los clubes y las formas de recreación que tenían antes de que Gerard muriera.
John no era como Erik, él era amable, atento y penas dejaba de sonreír. Parecía uno de esos médicos de los que visitaban a los niños una vez operados y la mayor parte de sus pacientes femeninas caían rendidas a sus pies.
Erik apareció con una bolsa en su mano y fumando como un carretero. Emily tosió cuando el humo del tabaco negro inundó la habitación.
-Deja de fumar, haces que la habitación apeste.-Acusó ella.
-Si dejaras de ponerte ese horrible perfume de vieja no olería así.-Le recriminó él lanzándole la bolsa a su amigo.
-¡No es perfume de vieja! Es Chanel...-Respondió ofendida.
John le hizo un masaje en el tobillo con la pomada que Erik había comprado. Sin darse cuenta se había relajado completamente entre los dedos suaves del chico. Cuando abrió los ojos se topó con la mirada seria de Erik, que la hizo sonrojarse. ¿Le había leído la mente?

John la obligó a tomarse una tila y a descansar. A Emily no le agradaba la idea de dormir frente a dos hombres, pero estos se pusieron en la terraza y cerraron la puerta de cristal. Al poco la chica cayó en los brazos de morfeo.
Cuando despertó no supo cuanto tiempo había pasado. Los chicos aún estaban en la terraza hablando.
-Full.-Dijo la voz de John. Después hubo un ruido de fichas.-Veo que os lleváis como siempre. ¿Seguro que no quieres dejar el trabajo? Me iría bien el dinero.
-Creo que he visto el lado bueno a este hotel de cinco estrellas.-Rió Erik.-Aunque esa mujer está más pesada que nunca...ahora que no puede moverse. ¿Cuándo podrá caminar?
-Quizás en unos días...Si se porta bien y descansa.
-Perfecto.-Dijo Erik con una sonrisa sarcástica.-Yo haré de esclavo, ¡oh! Y tú podrías hacer palomitas y ver películas románticas con ella.
-Muy gracioso.-Contestó su amigo.
-Por cierto, aunque ya no ejerzas de médico, ¿conservas ese royo del secreto entre médico y paciente?
-¿Te ocurre algo vergonzoso?-Erik inspiró para evitar darle un puñetazo.
-Es por la chica. Tiene golpes por todo el estómago y no se si es grave. Deberías echarle un ojo, ¡Pero sin que el jefe se entere!
-Ahora entiendo lo de la confidencialidad.
-¿La examinarás?
Emily escuchó un ruido de sillas y se precipitó debajo de las sábanas para hacerse la dormida.

Capítulo 9.


John zarandeó a Emily para despertarla. Esta fingió seguir durmiendo hasta que los tirones de brazo comenzaron a doler.
-Emily.-La chica fingió desperezarse lentamente.-¿Puedes quitarte el camisón?
Atónita, se puso roja y le lanzó un cojín a John ante la desvergonzada proposición que le acababa de hacer.
-Te dije que no se dejaría.-dijo Erik dirijiéndose a su amigo. Se llevó el cigarrillo a un costado de la boca y frunció el entrecejo.-Ven aquí.
El chico se colocó rápidamente en el cabezal de la cama y, bruscamente,  agarró los brazos de la chica que comenzó a gritar y a patalear.
-¡Suéltame Erik!-ordenó ella.-¡Basta!-Erik ignorándola, miró a su amigo. John comprendió lo que pretendía el rubio y suspiró. Se colocó a horcajadas sobre las piernas de la chica para evitar sus patadas.
-John, no.-Suplicó ella mirándolo a los ojos.
-Emily, esto me desagrada tanto como a ti, pero necesito ver esos golpes.
La chica apretó los labios.
-No delante de él.-Le pidió.-Déjame ponerme unos pantalones, no me hagas pasar por esto.
John miró a Erik, que la soltó y se llevó la mano al cigarrillo que sujetaba entre los labios.
-Tráele unos pantalones.-Le ordenó John, el chico obedeció y rebuscó entre su ropa. Frustrado, comprobó que aquella chica sólo tenía faldas y vestidos. Con aquel calor, era obvio. Cogió uno de sus pantalones de pinza y se los lanzó.
Ambos se giraron para que ella pudiera pasarse las perneras. Cuando volvieron a girarse, se encontraron con la mirada determinante de ella.
-Él no.-Dijo ella, señalando con un gesto de cabeza a Erik.
-Como si me interesara verte, además ya he visto todo lo que tenía que ver y ha sido suficiente.-Respondió él. Fue hacia la puerta,la abrió y salió al pasillo.
Emily recordó la vez que le había levantado el camisón y se puso roja de ira.
John se colocó sus gafas y examinó la barriga de la chica mientras ella aguantaba el escrutinio estoicamente. Sostenía el camisón por encima del estómago para permitirle una mejor visión de su abdomen
-¿Cómo te has echo eso, Emily?-ella evitó su mirada.
-Creía que solo debías examinarlo.-Contestó cortante. Rápidamente se bajó el camisón para taparse.-Dame alguna crema y en unos días se irá.


Erik tocó a la puerta y entró. Traía hielo en una bolsa.
-Para el tobillo.-Dijo pasándosela a su amigo.
Emily fue a darle las gracias, pero él se sentó en su cama y se recostó con las manos en la nuca.
John le colocó el pie sobre un cojín y le puso el hielo sobre el tobillo.
-Voy al lavabo, ¿Puedes relevarme?-Erik asintió y tomó el puesto de su amigo.
-Oye...Gracias por el hielo.-Susurró ella ruborizada.
-¿Podrás ir mañana a la fiesta?-contestó con tono cortante.
-John dice...
-No he preguntado lo que ha dicho John. Si no asistes mañana, el señor T lo sabrá y se acabará el juego.-Dijo mirando el tobillo de su clienta. Además él no cobraría por aquellos días que había pasado con esa mujer, pero eso lo omitió.
-Creo que puedo hacerlo.-De pronto, creyó notar como los dedos tibios de Erik le acariciaban el tobillo helado. Miró hacia esa dirección pero el brazo del chico le tapó la visión y de pronto dejó de sentirlo. Se puso roja al pensarlo.


Emily durmió toda la tarde, John volvió a su casa y Erik decidió darse una larga ducha para relajarse.
-Yo necesito ducharme también.-Dijo la chica cuando lo vio salir por la puerta con una toalla sobre la cabeza.-Podrías buscar alguna silla que podamos poner dentro de la ducha.
-La de la terraza servirá.-Comentó él mientras se disponía a llevarla hasta el plato de ducha.
-Ayudame a levantarme.-Ordenó ella con su tono imperativo de reina del sur.
Él desobedeció y la cogió en volandas, era mucho más sencillo que ayudarla a caminar hasta el baño.
-No te resbales en la bañera.-Le dijo él con tono seco cerrando la puerta del baño.-No quiero tener que entrar.
-¡No lo haré!-Gritó ella.-Ya te gustaría verme desnuda.-Esto último lo dijo en un susurro, aunque el chico lo escuchó, ya que le profirió una risa sarcástica.
La chica se apoyó en el lavamanos y se desnudó. ¿Cómo iba a querer alguien como él verla desnuda? Llevó sus dedos a su abdomen y acarició los hematomas con las yemas de los dedos. Se miró al espejo, ¿cuántos años había envejecido durante aquellos dos meses?
La ducha le sentó realmente bien. Entre los jabones encontró uno con un olor que le resultaba muy familiar. Al ver el bote, lo supo. Utilizaba el mismo jabón que Gerard. No pudo evitar cogerlo para inspirar el aroma que le traía tantos recuerdos. Estúpido Erik, podría haber escogido cualquier otro jabón. Buscó en la estantería el champú y se lavó el pelo, después volvió a coger el jabón de Gerard y lo utilizó. Pensó que lo había utilizado Erik y se ruborizó. Se dio cuenta de que estaba haciendo la tonta. Se dio prisa en terminar y salió cojeando del cuarto.
Erik estaba tumbado en su cama, parecía estar dormido. La chica no pudo evitar acercarse. Su rostro era realmente hermoso, apenas lo había apreciado en todo ese tiempo.
El chico respiraba profundamente tumbado boca arriba con un brazo encima de su cabeza y otro sobre su estómago. La chica pudo oler de cerca el jabón de Gerard, le apartó unos mechones rubios de la frente y se acercó a pocos centímetros de sus finos y rectos labios.
-¿Qué es ese olor?-preguntó de pronto él, haciendo que ella retrocediera con el corazón acelerado.-Hueles raro.-Repitió frotándose los ojos.
-No huelo raro-Dijo ella sentándose en su cama.
El chico se levantó y se estiró, después se quitó la camisa y la tendió sobre la silla con cuidado, plisándola. Se acercó a la cama de ella y sin esfuerzo se colocó sobre ella.
-¿¡Que haces!?
Le agarró los brazos para inmovilizarla y acercó su cara a la de ella. Quedando pocos centímetros entre ellos.
-Estate quieta.-Lentamente enterró la cabeza en su cuello. Pudo sentir la nariz del chico deslizándose lentamente hasta llegar a su clavícula. Sin darse cuenta, su estómago dio un vuelco y su pelvis se encogió.-Te has puesto mi jabón.-Dijo finalmente mirándola a los ojos.
-¿Y qué?-Contestó torpemente mientras temblaba bajo su cuerpo.
-¿Me pongo yo tus cremas, uso tu pasta de dientes? No utilices mis cosas.
-¿Me has colocado así solo para olerme?-Sin darse cuenta, su voz sonó decepcionada. El chico la miró extrañado.
-¿A que coño te refieres?-De pronto hubo un silencio incómodo, Erik seguía mirándola fijamente con el ceño fruncido. Ella se ruborizó aún más y desvió su mirada, nerviosa. De pronto, se sintió expuesta. Cerró los ojos, y sin saber porqué, sintió un impulso. Alzó el cuello y lo besó en los labios. Permaneció así unos segundos sin que ambos se movieran. Percibió los labios de él fríos y firmes. Se sintió extraña al darse cuenta de que él no le estaba devolviendo el beso.
-¡Oh, dios!-Se separó. ¿Qué había hecho? Se sentía idiota, él seguía mirándola con la misma expresión.-Lo siento, no se...necesito una copa.-Le apremió para que se levantara y Erik se apartó. Cojeó hasta el minibar y de un trago se bebió la primera botella que encontró. ¿Qué debía hacer ahora? Él no había dicho nada, ¿seguía sentado en la cama? No se atrevía a mirar.
Oyó cómo se levantaba y se encendía un cigarrillo mientras se dirigía a la terraza. Era su oportunidad, cojeó hasta su cama y se tumbó de lado para forzarse a dormir y quizás con suerte, la tierra le tragara.


Cuando despertó estaba amaneciendo. Erik estaba en la terraza, tal y como lo recordaba antes de dormirse, salvo que sujetaba su teléfono con una mano. La chica cojeó hasta el marco de la ventana.
-¿Vas a pedir el cambio al señor T?-Preguntó ella sin pensar.
-¿Tienes algún motivo por el que no deba hacerlo?.-Emily miró al suelo. ¿Qué podía decirle?
-Yo...Lo siento. Estuvo fuera de lugar. No volverá a pasar...
-No me refiero a eso, Emily.-Le interrumpió levantándose.-Dame una razón por la que no deba llamar al señor T. Dame una razón por la que eres tan estúpida.
Emily aguantó sus lágrimas. ¿Realmente parecía tan desequilibrada a los ojos de los demás? Una razón...
-No...no quiero hablar de eso.
-¡Oh, ahora no quieres hablar! Muy bien.-El chico comenzó a marcar un número. Ella se abalanzó y luchó por quitarle el móvil.
-¡No, basta!-Erik ganó el forcejeo y además consiguió cargarla sobre su hombro. La llevó a la cama y la tiró sobre ella.
-¡Porqué no debo llamar, contesta!
-Porque me pegará.-Gritó ella sollozando contra la almohada. Erik la miró en silencio mientras lloraba desconsoladamente.-¡Eres un estúpido, te odio!
Lo que imaginaba. Erik se pasó la mano por la frente. Nada tenía sentido. ¿Porqué pegaba a un cliente? La respuesta estaba clara: se conocían de antess
Capítulo 10.


El chico se quedó en silencio mientras ella lloraba sobre la cama. De pronto se sintió mal. ¿Porqué le parecía tan débil y vulnerable? se acercó al cabezal de la cama y se cruzó de brazos.
-¿Porqué te pega? ¿No eres su cliente?...¿Eres su puta?-Preguntó a bocajarro. Esto siempre se le había dado mal. La mayoría de veces, consideraba que las mujeres lloraban por tonterías que no sabían resolver.
-No.-Contestó ella horrorizada.- Él...él quería que encontrase a...por eso me pegó, porque me negué.-Comenzó a llorar de nuevo.-No puedo volver a verlo, Erik.-El chico le puso una mano sobre la cabeza sin saber si aún hablada de su jefe. Sin pensar en lo que hacía, se metió en la cama con ella y la abrazó. El señor T había sido para él como un padre. Había vivido bajo su cuidado desde los diez años. Era un hombre violento y sin escrúpulos, pero a él nunca le había puesto una mano encima, aunque razón no le hubiera faltado.
-Tuve una hermana, no de sangre.-Susurró él.- Nos criamos juntos en el orfanato, bueno, yo me fui siendo un crío, pero el tiempo que estuve ahí dentro, ella me cuidaba... Se parecía a ti. Le gustaba que le acariciara el pelo cuando lloraba.-Emily lo miró y al darse cuenta de que intentaba animarla, sonrió débilmente.
-Creía que me parecía a tu madre.-Dijo ella con una sonrisa.-¿O solo era porque ambas bebemos?
-¿Quién te ha dicho eso?-De pronto dejó de acariciarla y la miró. Estaba enfadado.
-Yo...-Balbuceó. Se dio cuenta de que acababa de meter la pata.
-Voy a matar a John.-El chico se separó y se levantó de la cama. La chica agarró la pernera de su pantalón.
-No te vayas.-Le suplicó ella.
-Basta de juegos, Emily. Cuéntame qué coño está pasando aquí.-Estaba realmente enfadado.
-Si tu me hablases sobre tu pasado yo podría contarte algo del mio.-Sugirió.
-¿Me estás chantajeando?-Emily tragó saliva. Daba miedo -No somos amigos, si quieres cacarear llama a alguna gallina. Además, creía que te había bastado lo que te conté aquella noche en el bar.-Concluyó.
Emily se acordó de pronto. Lo había besado, había besado los mismos labios que la mujer a la que mató. Realmente estaba como una cabra.
Aquella noche tuvo pesadillas, soñó con Gerard y el momento en el que lo mataban. Volvió a ver su cara, la cara de su asesino.
-Eh, oye.-Al despertar vio que Erik la estaba zarandeando.-Estabas gritando. Ni durmiendo consigo algo de tranquilidad.
-¿Gritando?-Preguntó ella, el chico asintió y se volvió a tumbar en su cama para seguir viendo una serie de televisión de dibujos animados. Ella se frotó los ojos y se estiró.-¿Qué ves?
El chico no respondió. Los dibujos animados estaban hechos por ordenador. Al poco se dio cuenta de que se trataba de Star Wars.
-¿Te gusta Star Wars? Apasionante.-Dijo ella burlonamente. Aunque se alegraba por conocer algo de aquel chico que fuera de una persona normal. - La estrella de la muerte media igual que un planeta, ¿Cierto? Increíble que con un solo disparo...
-A, no. ni hablar. Lucas es un genio, no permitiré que se le insulte en mi presencia.-Discutió Erik.
-Está bien, no diré nada. Pero a cambio mañana veremos algo que me guste a mi.
-Esto no es una democracia, el primero que llega coge el mando a distancia.
Emily bufó. Aquel chico era el colmo. De vez en cuando, podía ver a un niño de diez años vanidoso y egoísta, en lugar de a un veinteañero. ¿Realmente estaba segura con alguien así?
De pronto tocaron a la puerta con fuerza. Emily miró a su escolta y por la cara que este puso, supo que no esperaba aquella visita. Se levantó de la cama y con rápidos movimientos apagó el televisor, cogió su arma y con señas le ordenó a ella que se fuera hasta la terraza y se mantuviera en silencio.
-Erik, abre. Se que estás ahí.-Dijo una voz de mujer bastante enfadada tras la puerta. Emily pudo ver como el chico apretaba los puños y suspiraba con nerviosismo mientras se guardaba el arma.
-Nos vamos.-Dijo este en un susurro hacia la chica mientras recogía su americana y se acercaba a la ventana.
-¿Cómo? ¿Quién es?-preguntó ella sin entender. Erik metió algunas de sus cosas en una bolsa de deporte y la tiró al balcón inferior derecho.
-Vamos, tenemos que irnos.
-¿Me han encontrado? -Emily notó como el corazón comenzaba a latir muy deprisa, Erik no dejaba de meter cosas en bolsas y lanzarlas al otro balcón hasta que finalmente saltó él.
-Vamos, salta.
-¿Qué?
-¡Salta!
-¿Estás loco? No puedo hacerlo.-Erik se agarró a la barandilla y puso los ojos en blanco.
Emily escuchó de nuevo a la mujer mientras aporreaba la puerta y el nombre de Erik. ¿Eran los asesinos que la buscaban?
-Emily mírame.-La chica se topó con los ojos verdes de su escolta, que lo miraba desde el balcón inferior.-Tienes que saltar. Yo te cogeré, te lo prometo.
Emily cerró los ojos y respiró con calma, finalmente se colocó en la barandilla de la terraza con torpeza y se impulsó todo lo fuerte que pudo. Notó como se suspendía en el aire durante unos segundos, y poco después una leve caída en diagonal que finalizó contra el cuerpo del chico. Este aprovechó la gravedad y se tiró de espaldas contra el suelo para frenar la caída.
Emily notó como su escolta le cubría la cabeza y el cuerpo con sus brazos y escuchó su gruñido cuando cayó de espaldas. La chica se quedó unos segundos inmóvil, con la cara pegada al pecho de Erik, escuchando su respiración entrecortada.
Se levantó levemente y miró la cara del chico, que tenía los dientes apretados y los ojos fuertemente cerrados.
-¿Erik?-El chico le contestó con un gruñido y finalmente se incorporó, abriendo sus ojos.
-¿Estás bien?-preguntó con dificultad. Emily no supo qué contestar; estaba perfectamente, pero había esperado otra reacción del chico como quejarse del dolor que le había provocado al caer sobre él o de su peso.
Emily balbuceó y Erik la miró a los ojos. Entonces cayeron en la cuenta de que seguían con la misma postura con la que habían caído: él con sus manos sobre la cabeza y la espalda de la chica,  a pocos centímetros el uno del otro.
-Vamos, muévete.-Le ordenó él de pronto, devolviéndola al presente. Volvía a ser el Erik que conocía.
Se levantaron y entraron en la habitación, por suerte estaba vacía así que pasaron sin problemas. Se deslizaron por las escaleras con paso acelerado, hasta el coche.
-¿Qué ocurre?-Preguntó ella en el asiento del copiloto.
-Llegaremos tarde a la fiesta, será mejor que te vistas aquí, yo conduciré.-Erik se palpó la chaqueta de la americana y sacó el paquete de cigarrillos.-Joder.- masculló al ver que estaba vacío y lo lanzó por la ventanilla con rabia, finalmente se pasó una mano por el cabello rubio y encendió el motor del coche. Permanecieron en silencio durante unos minutos.
-Vístete.-repitió él mientras metía la marcha con un movimiento brusco.
-¿Lo dices en serio?-preguntó ella con incredulidad.-Me has sacado de la cama, saltar por un balcón, abandonar el hotel...todo sin explicarme que pasa, ¿y ahora quieres que me vista en el coche? Se que esa mujer no venía a por mí, Erik. No soy tan estúpida. Dime quien es o devuélveme a mi habitación.
Erik la miró y encontró su rostro realmente enfurecido. Suspiró y puso los ojos en blanco.
-Es personal.-Contestó él en un susurro casi imperceptible. Emily siguió en silencio, con la misma expresión. Eso no le bastaba.-Es...alguien con quien me acuesto a veces.
-¡Tu novia!-interrumpió con un gritó ella.
-¡No!-le contestó rápidamente. Paró bruscamente el coche, se desabrochó el cinturón y abrió la puerta para salir.
-¿A dónde vas? ¿No has parado para explicármelo?
-Voy a comprar tabaco.-Dijo él antes de cerrar la puerta con un portazo. Emily se encogió en su asiento y se cruzó de brazos. Observó como salía del estanco, se encendía un cigarrillo de su paquete recién abierto y se apoyaba contra la pared del edificio, dándole una calada. Bajó el parasol del salpicadero del coche y se miró en el espejo. Tenía el pelo alborotado y la cara con marcas de cansancio. Suspiró y colocó el parasol en su sitio, necesitaba un trago. Esperó unos minutos, Erik continuó en la pared. Emily comenzó a impacientarse, finalmente bajó la ventanilla y miró hacia su escolta.
-¿Debo cambiarme en el coche porque no hay tiempo, y tú te paras a fumar?-Le gritó. Este suspiró, la ignoró, apurando su cigarrillo y finalmente tiró la colilla al suelo, subiéndose al coche.
-¿Aún no te has cambiado?
-¿Sigues con eso? No pienso cambiarme en un coche.
-Pues irás así vestida.-Emily miró su cuerpo. Aún llevaba el camisón y la pierna vendada.
-¿Cómo se llama la chica?-Esperó unos segundos, Erik seguía conduciendo sin inmutarse. De pronto Emily comenzó a reírse y se pasó una mano por su cabello negro. Erik la miró desconcentrado.-Creía que yo estaba algo chiflada pero esta....-Siguió riéndose.-Ir a buscarte en medio del trabajo....-No podía seguir por las carcajadas, Erik sonrió y se mordió la yema del pulgar.
Finalmente aparcó frente a una hamburguesería algo alejada del casino donde se celebraba la fiesta aquella noche.

Capítulo 11.


-Vamos.-Dijo él saliendo del coche. La chica se dejó guiar y se arrebujó en una gabardina que solía usar durante las lluvias primaverales. Se quitó por fin la venda del pie, el talón le había mejorado considerablemente y podía caminar con normalidad, aunque algo despacio.
Entraron en aquel restaurante de comida rápida. Pasaron inadvertidos frente al resto de los comensales ya que cada cual era más raro y pintoresco que el anterior.
Erik se sentó en uno de había acabado el pedido y se marchó.
-Ves al lavabo a cambiarte.-Le dijo él.-Me he fijado que nunca comes en las fiestas, para mantener las apariencias, y yo odio la comida que sirven, cenaremos aquí, nos cambiaremos e iremos a trabajar con la barriga llena.
Emily miró la mesa durante unos segundos y finalmente asintió. Se retiró al lavabo con una de las bolsas y se encerró por dentro. Encontró un vestido azul, ya se lo había puesto en otra ocasión, pero parecía la mejor opción. Se recogió el pelo en un moño y se puso algunas joyas. Salió del baño y se topó con la imagen de la camarera tratando de ligar con Erik. Ella reía tontamente y le pasaba su número de teléfono mientras él se llevaba una patata a la boca despreocupadamente. Emily no pudo saber si le estaba devolviendo el coqueteo o estaba ignorándola. Si ese era el caso, ella no parecía coger el mensaje.
Emily frunció el ceño y una furia extraña con forma de monstruo apareció desde el fodo de su estómago. Aquel ser tenía ganas de salir de su cueva y devorar a aquella camarera. Emily se controló y anduvo hasta su asiento.
La camarera le sonrió y se retiró, el pedido estaba sobre la mesa. Emily se bebió casi al instante el vaso de wisky que le habían servido.
Comieron en silencio mientras ella pedía una copa tras otra. Al rato le comenzó a subir el alcohol.
-¿Te gusta la camarera? Tienes ahí el número.-Dijo ella señalando el papel en la mesa.
-No empieces.-Pidió él mientras sorbía su batido.
-No, en serio. Deberías llamarla. Tíratela y no la llames luego, así a los cuatro días se presentará de nuevo en mi habitación de hotel y tendremos que volver a huir por el balcón.
-Cállate.-Le ordenó llevándose un cigarrillo a los labios.
-Disculpa...-La camarera se acercó con timidez.
-Oh, mira. Aquí la tienes.-Dijo Emily con ironía.
-Emily, cállate.-Repitió él con impaciencia, encendiendo su zippo y acercándoselo al cigarro.
-¿Para que has vuelto, zorra? No hemos pedido nada.-Le gritó ella a la camarera. Esta tragó saliva y miró a Erik.
-Disculpa, no se puede fumar aquí.-Dijo ella.
El chico se levantó, cogió su americana, sacó algunos billetes y los lanzó sobre la mesa y salió del restaurante.
Ella lo siguió con paso torpe.
-¿Adónde crees que vas?-dijo deambulando tras sus pasos.-Llévame a la fiesta.
Erik siguió andando como si ella no existiera. La gente de la calle se giró para ver el espectáculo que estaban formando.
Llegó al coche y lo abrió con la llave a distancia. Entraron ambos en el coche con gestos exagerados.
Erik miró el volante durante unos segundos, preparándose para decir algo, pero finalmente encendió el motor y condujo en silencio.
-¿Porqué te enfadas?-preguntó ella arrastrando las palabras
-¿Estás de broma? No, de broma no, claro. Estas chiflada. ¿Porqué has montado este estúpido numerito?
Emily frunció el ceño, pero no le contestó. En realidad no sabía porqué lo había hecho.Aunque una parte de su subconsciente le dijo que era por la camarera.
-Tienes un gran problema, Emily. Uno gordo, en serio.
La forma en la que la miró hizo que sintiera asco de sí misma. Aquella noche, el chico mantuvo las distancias, aunque sabía que estaba vigilando, haciendo su trabajo. Ella rechazó todas las copas que el camarero les ofrecía.
Erik los registró en unos apartahoteles alejados de la zona adinerada, estaba seguro de que ella no los buscaría ahí.
El apartamento era de clase media, cosa que no le agradó a Emily. Disponía de dos dormitorios, un cuarto de baño, una cocina americana con algunos utensilios y una sala con una televisión y dvd.
Emily se sacó los tacones y se tiró sobre la cama exhausta. Erik se puso sobre el sofá, encendió el televisor y se puso a fumar.
La chica se asomó al comedor tras ponerse su camisón.
-¿Estás enfadado?-preguntó ella en un susurro casi imperceptible.
-Vete a dormir.-Eso era un sí.
-Quizás bebí demasiado...-Comenzó ella a disculparse de forma vaga.
-Dejame, Emily.
Ella se acercó al sofá y se sentó sobre el apoyabrazos.
-Estaba... enfadada por tener que trasladarme de esa forma y...al salir del baño tu volviste a tontear con otra chica. ¿Y si hubiera pasado lo mismo?
-¿Como puede ser que seas capaz de montarte tal película?
-Yo...
Erik la miró a los ojos con el ceño fruncido.
-Quise que fueras a un lugar donde no te juzgaran...a pesar de la forma en que ibas vestida, podías comer sin que nadie pensara nada sobre ti. Ni cuchicheos sobre tu vida, nada...solo una cena. Pero lo has estropeado, como siempre haces.
Emily tragó saliva. Era la primera vez que sentía que Erik se preocupaba realmente por ella. Se ruborizó.
-Yo...yo.-Balbuceó.
-Deberías haberte pedido otro batido.-Le recriminó. Ella se sintió avergonzada, pero mantuvo su mirada con tristeza en los ojos verdes de Erik.
-Erik...-deslizó el brazo hasta el del chico y acarició su mano. El la apartó abruptamente y la miró con una horrible expresión de asco.
-Vete a la cama.-Le ordenó levantándose del sofá y entrando en su habitación dando un portazo.


Emily no pudo dormir en toda la noche, tuvo la cara de Erik grabada en su mente, así que apenas llegaba la luz a aclarar el cielo, se levantó y se vistió.
Deambuló por la ciudad hasta encontrar una cafetería. Compró dos capuchinos y unos croissants y volvió al apartamento.
No se le daba demasiado bien las disculpas, pero sabía que Erik se había ofendido con lo ocurrido en la hamburguesería. Realmente se había portado de una forma horrible.
Al entrar vio que Erik no había salido de su cuarto. Quizás aún durmiera, o quizás no quería verla. Se acercó a la puerta y la tocó suavemente. No obtuvo respuesta. Decidió abrir la puerta y asomar la cabeza, la habitación estaba a oscuras y en silencio.
-¿Erik, estás despierto?.-Oyó unos quejidos.-He comprado café, pensé que te apetecería.-Vio moverse algo en la cama, así que encendió la luz. El chico estaba sentado sobre la cama, con el torso descubierto y la sábana cubriéndole las piernas. Se rascaba la cabeza con una mano y tenía los ojos entornados.
-¿Qué quieres?-preguntó él con voz adormilada.
-Que vengas a desayunar. Aquí no hay buffet ni camareros.-Dijo ella.
Él hizo un quejido propio de un niño de diez años y se dejó caer sobre la cama de nuevo.
Emily rió y Erik le lanzó el cojín y le dio la espalda.
Ella se acercó corriendo y lo zarandeó exageradamente.
-¡Vamos!-Dijo ella riendo. Erik se giró para mirarla y se frotó los ojos.-He comprado algo para desayunar. ¿Te gusta el capuchino?
-¿Porqué estás tan contenta?-El chico estiró los brazos y todos sus músculos se tensaron. Emily admiró el torso desnudo de su escolta. Se topó con la mirada del chico y se ruborizó.
-Solo...acepta el café.-Dijo ella saliendo por la puerta.
El chico se levantó a los pocos minutos y se sentó en uno de los altos taburetes mientras sacaba uno de los croissants de la bolsa y se lo llevaba a la boca.
-He ido a una cafetería que hay aquí al lado. ¿Donde comeremos?-Emily metió los dos sobres del azúcar dentro del vaso de papel y lo removió con uno de las cucharillas de madera que le habían dado.
Erik se quedó contemplando algún punto de la mesa en silencio. Emily supuso que seguía molesto.
-Oye...siento lo de ayer. No estuvo bien. Lo se. Pero...cuando tomo algunas copas de más, digo cosas que no pienso.
-¿Qué no piensas? Te volviste loca de pronto. Inestable. ¿Porqué te comportaste así?
-¡Porqué estaba celosa!-Gritó ella sin pensar.

Capítulo 12.


Erik seguía mirando la mesa con un rostro inescrutable. Emily sentía como su corazón latía a toda prisa.
-Yo...-Comenzó ella a balbucear.
-Lo siento...-Dijo él finalmente.
Emily se sintió de pronto como si le echasen un jarro de agua fría. Esperó durante unos segundos,pero él continuó mirando la mesa, entonces comprendió que no iba a decir nada más.
Tenía un nudo en la garganta, sabía que se pondría a llorar de un momento a otro, así que se levantó y se dirigió al lavabo,pero de pronto sintió que la agarraban del brazo y la detenía. Miró hacia atrás y vio que la mano de Erik le estaba cogiendo de la muñeca, pero él seguía dándole la espalda, mirando hacia la mesa.
Se mantuvieron durante unos segundos, aunque para ella parecieron horas. Emily miró la firme mano de Erik ruborizada. ¿Qué significaba eso?
-El café....está bueno.-Dijo el en un susurro.-Gracias.-Finalmente la soltó.
Ella se acarició la muñeca. De pronto no se sentía tan mal consigo misma. Sin darse cuenta sonrió.
-Si.-Respondió ella.


Pasó la mañana sola y encerrada en el apartamento. Erik se había marchado a comprar lo necesario para comer y cenar durante al menos dos días.
Encontró una colección de dvds en el mueble del televisor. Aquella filmoteca era algo pobre y de mala calidad, pero encontró su joya: Moulin Rouge.
Corrió a poner el dvd y rezó para que la película aún se viera. Sus ruegos fueron escuchados. Fue rápidamente al sofá y sucumbió ante la voz de Ewan McGregor.


Erik llegó casi al final de la película.
-¿Qué ves?-preguntó este descargando las bolsas de la compra sobre la barra americana.
Emily se enjugó las lágrimas rápidamente y miró al rubio.
-Moulin Rouge...-Dijo ella.
-¿Ya acaba, no? Quiero ver Star Wars.-Respondió colocando la compra en uno de los armarios.
-Le queda un poco.-Respondió esta. Contempló unos segundos a Erik sin que se diera cuenta. Ojala él fuera como el protagonista. Pero esa no era la realidad.
Erik la obligó a hacerle un hueco en el sofá y se dejó caer denotando cansancio. Emily no consiguió concentrarse en la película, observabando de reojo a Erik mientras se ponía cómodo desabrochándose los botones de su camisa y cruzando sus piernas.
-¿Y de que va?-preguntó a los pocos minutos.
-¿Vas enserio?-Erik la miró sin entender.-¿No la has visto nunca?-Él negó con la cabeza.
Emily trató de hacerle un pequeño resumen, pero no convenció demasiado al chico.
-¿Ya le vuelve a cantar?-dijo él con un quejido mientras Nicole Kidman cantaba “Come what may”
-Esa es su canción.-Dijo Emily algo molesta.-esa canción simboliza que pase lo que pase, cuando la canten sabrán que se quieren...-Emily lo dijo con una tierna sonrisa, de corazón. Pero Erik respondió con un encogimiento de hombros. Estuvieron en silencio durante el resto de la película, ella tratando de esconder sus lágrimas mientras él miraba las escenas sin rastro de emociones, como quien mira un cojín sobre una cama.
Finalmente acabó la película y apenas hubo acabado de hablar John Leguizamo, Erik cogió el mando del televisor que estaba sobre la mesita y cambió el canal para poner su serie de batallas galácticas.
Emily inspeccionó la despensa y la nevera, encontró ingredientes variados para preparar pasta y algo de carne.
Miró a Erik mientras se encendía uno de sus cigarrillos, seguía con una expresión inescrutable aunque veía algo que claramente le gustaba. Eran tan diferentes...Ella no sabía ocultar tras su rostro sus emociones, estas la arrastraban allá donde quisieran. En cierto modo lo envidiaba.
Al acabar aquella serie, se levantó y se fue hasta la cocina, apoyándose sobre la repisa.
-¿Pasta o carne?-preguntó él al fin.
-¿Cómo?
-Voy a hacer la comida, te estoy preguntando que te apetece.-Dijo él abriendo la despensa.
-¿Pasta?-contestó ella, aunque sonó como una pregunta. No estaba segura de las capacidades de cocina del chico, así que era mejor pedirle algo sencillo.
-Puedes ir a la ducha mientras.-Le sugirió. Emily no daba crédito. Había vuelto el Erik siniestramente amable. Ella sonrió malévolamente para sí misma. Esto había que aprovecharlo.-Oye..-Dijo con un tono delatadoramente inocentón.-Quizás esta tarde podríamos...ir a tomar un helado.-Sonrió con dulzura. Erik no le devolvió la sonrisa, en lugar de eso torció los labios. Emily lo tomó como un sí.
Triunfante, se giró hacia el lavabo y caminó moviendo la cabeza de lado a lado.
-Emily.-El chico alzó la mano y con un gesto de dedos le indicó que se aproximara. Esta se acercó a él. Le instó a lo hiciera más cerca. Con un rápido movimiento, la alzó y la sentó sobre la encimera frente a él. Emily se quedó rígida y sintió como el corazón le latía a un ritmo alarmante.
Él deslizó sus manos por los muslos de la chica, subiendo lentamente el camisón.
-Erik.-Emily le agarró las muñecas para pararlo. Estaba temblando. Él la miró a los ojos, se llevó el dedo índice a los labios y siguió subiéndole el camisón hasta que estuvo a la altura de las costillas, dejando su abdomen a la vista.
La contempló en silencio durante unos segundos. Emily no se atrevió a mirarlo, mantuvo la cabeza a un lado y los labios apretados. Finalmente dejó caer el camisón de forma brusca.
-Ya casi no se te ven los moretones.-Dijo él mirándola a los ojos. Emily avergonzada asintió rápidamente.-Vamos, ves a la ducha.-Le dijo él ordenándole que se bajara de la encimera. Esta obedeció de un salto y caminó hasta el lavabo.
Aquella ducha no se podía ni comparar con la que había tenido en el hotel. Pero al menos mantenía el agua caliente. Sin darse cuenta, se había ido acostumbrando a la vida sin lujos. En realidad, si Gerard no hubiera muerto, nunca habría visto aquella horrible parte del mundo, de las personas.


Cuando salió del lavabo, encontró a Erik hablando por teléfono, mientras salteaba algo en una sartén. Cuando la vio salir del lavabo se despidió y colgó el teléfono.
-¿Quién era?-preguntó ella.
-El señor T.-Dijo él sirviendo la comida en los platos. Emily tragó saliva y se acercó lentamente al plato de pasta. El aspecto era presentable, parecía una especie de salteado con setas y verduras.-Quiere saber como llevas el trabajo.-Emily asintió sin contestar. El chico decidió no presionarla cuando vio que no deseaba contestar.
Emily se sorprendió, la comida estaba realmente buena.
-¡Vaya!-dijo esta con una sonrisa.-No sabía que supieras cocinar.-él se encogió de hombros ante el alago y se llevó el tenedor a la boca.
-Vivo solo.-Contestó cuando acabó de masticar.-No puedo vivir de platos precocinados.
-Oye...Aquella chica que vino a buscarte. ¿Cómo la conociste?-Erik dejó el tenedor sobre el plato y la miró con el ceño fruncido.
-¿Quieres volver a ese tema?-preguntó algo molesto.
-Ahora somos amigos, ¿no?-Le dijo ella con una sonrisa. Erik dejó de estar incómodo y siguió comiendo.
-¿Amigos? No lo se. No tengo muchos amigos.-dijo él con sinceridad.
-Bueno, yo tampoco...pero fuimos a cenar a una hamburguesería. Eso lo hacen los amigos.
-¿Dónde has visto eso?-Erik no pudo evitar reír quedamente.
-En las películas americanas.-Dijo ella convencida. Entonces, ahora que somos amigos. ¿Tienes muchas chicas como esa? Como dijiste que solo habías tenido una novia...
-Linda no es mi novia. Es alguien con quien quedo a veces. Pero no, no tengo a más como ella. Más vale malo conocido que bueno por conocer.
-¿Estáis peleados?-Erik la miró, casi se le olvidaba que las mujeres eran tan cotillas.
-No lo se, supongo. El día que el señor T me llamó para que te fuera a buscar, tuve que irme de su casa en plena noche. En teoría ella sabe que mi trabajo va primero, pero John dice que se molestó bastante.-Miró a Emily que asentía con gran interés.
-¿Ella sabe que solo quedáis para acostaros y no hay nada más? Quizás te quiere.-Erik se rió y negó con la cabeza.
-Lo dudo. No soy alguien de quien enamorarse. No soy una persona que le guste compartir su vida con otra.
-Salvo con la novia que tuviste...la que mataste.-finalizó ella dándole vueltas a la pasta con el tenedor.

Capítulo 13.
Después de comer, Emily se vistió con una camiseta con estampados rosas y unos shorts bombachos color caqui. Se miró al espejo, poco a poco, comezaba a parecer de nuevo la chica que había sido antes de la muerte de Gerard.
Erik se puso una de sus camisas blancas, junto con el pantalón de pinza negro. Sabía que debía llevar siempre el uniforme al completo, junto con la americana. Pero el calor le obligaba a prescindir de ella.
Salieron en cuanto Erik hubo lavado los platos. El día era soleado, apenas había nubes en el cielo. Aquella parte de la ciudad era totalmente turística, casi nadie vivía por ahí.
La heladería se encontraba en el lado derecho de la plaza, en el centro de esta habían colocado una preciosa fuente rodeada por bancos por donde paseaban los turistas de clase media.
Emily disfrutó de su copa de helado de vainilla con nueces de Macadamia mientras Erik se relajaba con un cigarrillo.
-¿No vas a tomar nada?-Preguntó ella saboreando la cuchara. Este negó con la cabeza mientras miraba algún punto en la plaza, o eso le pareció a la chica, ya que se había puesto sus Wayfarer y era aún más difícil descifrar su expresión.
-¿Y tú?-preguntó él sin mover su rostro. Emily comprendió al instante que se refería a la bebida.-Porque no tengo problema en dar media vuelta y volver.
-No...-Dijo ella.-Solo quería...compensar lo del otro día.-Erik giró la cabeza y se apartó el cigarrillo de los labios.
La miró durante unos segundos y después volvió a concentrarse en su cigarrillo.
-Ten.-Dijo ella tendiéndole la cuchara llena de helado. Erik la miró y sonrió burlonamente.-Vamos, somos amigos.-Le rogó con una sonrisa.-Esta bueno, lo prometo.
Emily solo consiguió que lo probara cogiendo el la cuchara, pero no pareció desagradarle.
-Emily.-Dijo él tras un rato de silencio.-¿Para qué te quiere mi jefe? ¿Cuál es tú gran trabajo para él?-Emily dirigió su mirada a su copa de helado vacía.-¿Somos amigos no?
La chica fue a abrir la boca para protestar, pero no supo que decir.
-Yo...él me protege...-Comenzó a decir con miedo.
-Si, eso ya me lo se.-Le interrumpió él. Emily siguió con la cabeza gacha, pero alzó sus ojos para posarlos en las gafas de sol del chico.
-Conocí al señor T cuando tenía diez años. Mi padre y él solían jugar juntos al golf...yo creía que era un hombre de negocios como él pero...cuando crecí, lo supe. Mi madre creía que el señor T estaba metiendo a mi padre en asuntos muy feos, decía que él sería el fin de su vida en sociedad. Yo...los oía discutir a veces.
Emily se interrumpió esperando que Erik le dijera algo, pero él permaneció en silencio.
-Poco a poco comprendí que el señor T había ayudado a mi padre con sus negocios más de lo que debería. Pero sabía que debía esconderlo, por el qué dirían. Así que cuando venía a cenar hacíamos como si se tratase de un amigo de la familia. Una noche, mis padres tuvieron una gran discusión, los oía gritar desde el despacho de mi padre. Hacía tiempo que no peleaban por el señor T, poco a poco, mi madre lo había aceptado. Pero aquella noche discutían por él. Cuando la pelea finalizó, y mi madre se hubo marchado a su habitación, quise entrar en el despacho, para preguntarle porqué no podía solo acabar aquella relación, si mi madre consideraba que era tan dañina. Pero mi padre deslizó en mi mano una tarjeta con un número de teléfono. “Si alguna vez estás en apuros, llama” fue lo que me dijo.
Emily fue interrumpida por el camarero, que retiró su copa de helado vacía y les trajo la cuenta.
Poco a poco, el sol comenzó a cubrirse agradablemente por las nubes. El calor descendió levemente mientras paseaban por las calles empedradas repletas de comercios decorados ligeramente como si estuvieran en la época medieval.
Descendieron por una escalinata de piedra que llegaba hasta unas calles aún más pintorescas que las calles principales.
Permanecieron en silencio mientras Emily se deleitaba con los escaparates de las tiendas, la chica no supo si debía continuar su historia, o Erik ya había perdido el interés.
Se desviaban a cada momento cuando ella encontraba algo más interesante en lo que fijase, hasta que finalmente entraron en un callejón sin salida.
Cuando salieron, Erik escuchó un leve chasquido, un pequeño ruido proveniente de la pared del edificio de su derecha, y vio como una de las pequeñas piedras de la fachada se desprendía de la pared. El chico miró hacia el edificio, enseguida comprendió lo que estaba ocurriendo. Con un rápido movimiento se abalanzó sobre Emily y la obligó a agacharse, sacó su pistola y empujó a la chica hasta uno de los contenedores de basura metálicos que incrustaban al suelo.
Emily miró al chico con pánico e incomprensión, al poco otro chasquido llegó al edificio que tenían frente a ellos. Ella vio el agujero de bala que se acababa de formar y lo comprendió. Erik la obligó a pegar su espalda contra el metal, mientras él hacía lo mismo. Preparó su pistola, asegurándose de que tenía suficientes balas en la recámara. Se quitó las gafas de sol, guardándolas en el bolsillo de sus pantalones.
-Erik...-susurró la chica con lágrimas en los ojos. Él pudo ver el terror en sus ojos.
-Eh...-le dijo este cogiéndola por la barbilla para obligarla a mirarlo a los ojos.-Tranquila. Voy a asomarme, están utilizando un rifle con silenciador. No puedo hacer nada si no veo desde donde nos están apuntando. ¿Lo entiendes?-La chica asintió tratando de controlar su acelerada respiración. Él le acarició la mejilla y se levantó, lentamente.
La calle seguía transitada de forma normal. Nadie se había percatado de nada, si hubieran dado en el blanco la primera vez, Emily habría visto como Erik caía muerto al suelo sin entender que estaba ocurriendo. Erik inspeccionó los edificios sin éxito. Sabía que un francotirador experto era capaz de disparar a más de 800 metros. Quizás ni estuviera en aquellas calles. Sabía que sería incapaz de verlo y aún menos de dispararle.
Solo podían huir.
Erik volvió a sentarse con la espalda pegada al contenedor. A menos de diez metros había un restaurante por el cual podrían escapar si tenía puerta trasera.
Emily lo miró derramando en silencio lágrimas por sus mejillas.
-Tendrás que salir tu primera. Yo te cubriré desde aquí.-Mintió.-He visto desde donde dispara, podré darle. Tú corre hacia aquel restaurante de ahí. Permanece fuera de su alcance, lejos de los cristales y las puertas. Si no te tienen a tiro, no dispararán. No les interesa crear el pánico.
Emily comenzó a hiperventilar.
-¡Emily!-Gritó él.-Estoy tratando de salvarte la vida, pero necesito tú ayuda. ¿Lo entiendes? Contaré tres, y entonces deberás correr.-Ella asintió tratando de controlar su ansiedad.
Erik contó en voz alta y se levantó otra vez. Emily corrió lo más deprisa que pudo hacia la puerta del restaurante. El chico se preparó para disparar cuando vio a algunos transeúntes mirar en su dirección. Erik se escondió de nuevo rápidamente y miró hacia el restaurante. Emily desaparecía dentro del local mientras los camareros la miraban extrañados.
Erik suspiró aliviado y enfundó su arma. Respiró hondo tres veces y se apresuró a correr en la misma dirección en la que lo había hecho ella.
Entró rápidamente en el restaurante, donde encontró a Emily que miraba en todas direcciones mientras los camareros le pedían que saliera del local y los clientes cuchicheaban a su alrededor.
Erik la empujo sin miramientos por el restaurante, pasaron por la cocina entre los gritos de los cocineros y finalmente llegaron a la puerta trasera.
-¿Estás bien?-le preguntó él mientras tiraba de su brazo por la calle. Ella no contestó, Erik se percató de que estaba en shock.-Mírame.-Le ordenó. Esta obedeció.-¿Estás bien?-asintió. Él sonrió.
Realmente no supo si fue en esos momentos en los que se dio cuenta, o quizás ya lo sabía pero su cuerpo intentaba ocultárselo. Un dolor agudo le invadió el costado, se llevó la mano a la zona. La camisa estaba ensangrentada. Le habían dado.
Emily gritó al ver la sangre de su escolta. Erik le tapó la boca.
-Estoy bien. Emily, estoy bien. Solo me ha rozado.-Mintió.
-Hay que ir al hospital.-Dijo ella exaltada.
-No, no puedo ir a un hospital. Es una herida de bala.
-¿Qué hago? No se que hacer.-Decía ella mientras sollozaba.-Dime que debo hacer.-Erik le acarició los cabellos para tranquilizarla.
-Tenemos que llegar al apartamento. John sabrá que hacer.-Dijo este comenzando a andar.
Emily intentaba caminar deprisa, pero sus ojos estaban fijos en la mano de Erik, que se sujetaba el costado derecho.
Consiguieron llegar pasando desapercibidos entre la multitud. A pesar de ser el chico el herido, Emily era la que más llamaba la atención entre sus llantos silenciosos y su respiración entrecortada.
Al llegar a la habitación, Erik se quitó la camisa y la lanzó al suelo. Emily daba vueltas a su alrededor sin saber que debía hacer.
Torpemente, lo ayudó a colocarse sobre la cama y le acercó el teléfono para llamar a John.

Capítulo 14.
Erik luchaba para no desmayarse mientras sentía que la fiebre comenzaba a subirle de forma alarmante. Emily se puso de rodillas al lado de la cama mientras lloraba asustada.
-Tienes que bajarme la fiebre.-Le pidió él. Ella lo miró sin comprender y después fijó sus ojos en la horrible herida de bala.-No, no. mírame a mí. No mires ahí.
La chica obedeció y lo miró a los ojos, este sonrió con la boca torcida, enseñando sus blancos dientes.
Ella poso su mano sobre el fino cabello rubio del chico. Este cerró sus ojos lentamente y comenzó a temblar. Emily apartó rápidamente su mano.
-¿Erik?-el chico no contestó.-Erik no me hagas esto.-Dijo ella llorando de nuevo. El chico comenzó a temblar bruscamente y a gemir.
Emily se levantó de pronto y se llevó las manos a la boca para reprimir un grito ahogado. En esos momentos comprendió que estaba sola. John no llegaría a tiempo para salvarlo.
-Bajarle la fiebre.-se dijo para sí en un susurro asustado. Eso era lo que le había dicho antes de desmayarse.
Sus pies comenzaron a moverse solos hacia la cocina. Sus brazos se levantaron temblorosos hasta el armario superior y escudriñaron a tientas entre la vajilla de cristal, hasta dar con un bol.
Tiró de él y algunos platos y vasos cayeron al suelo con un fuerte estruendo, pero no le importó.
Abrió el grifo y llenó el bol de agua fría. Después cogió un trapo y lo metió dentro. Caminó hasta la habitación derramando parte del agua por el suelo a causa de sus bruscos movimientos..
Erik tenía los ojos apretados,sudaba, gemía y respiraba dificultosamente y sus músculos se contraían por el dolor.
Ella se quedó paralizada del miedo al ver que las sábanas estaban encharcadas de sangre. Durante unos segundos contempló la herida, realmente no era capaz de ver nada entre tanta sangre, pero su estómago se contrajo igualmente. Estuvo a punto de dejar caer el bol, pero algo en su interior la hizo reaccionar.
Se puso de rodillas frente al cabezal de la cama y metió las manos dentro del agua fría. Sacó el trapo sin estrujarlo y dejó que chorreara encima del pecho del chico. Este tembló por el frío y gimió. Ella acarició con miedo la cara del chico con el trapo y finalmente lo dejó caer sobre su frente. Erik temblaba sin control y apretaba los puños agarrando las sábanas.
Emily se alejó y se apoyó en la pared y se dejó caer hasta el suelo, frente a la cama. Se abrazó las rodillas y dejó que el miedo se apoderara de ella un poco más.
Durante lo que le pareció una hora, continuó enjuagando el trapo y echándole agua sobre el pecho y la cara. Poco a poco, Erik dejó de temblar y gemir y su respiración se normalizó.
Emily se acercó y apartó unos mechones de la frente de Erik. Este abrió lentamente los ojos.
-Erik.-Susurró. Él la miró y volvió a sonreír poniendo la boca torcida, como si nada hubiera ocurrido.
-Ey...¿Porqué lloras?-Dijo este.-Siempre estás llorando.
Emily apretó los labios para contener un nuevo sollozo.
-Lo siento, ha sido por mi culpa. Por mi culpa te han disparado.-El chico negó con la cabeza y le hizo callar.
-Es mi trabajo.-dijo este.-Se que parece horrible, pero he estado en peores situaciones.-Emily comenzó a sollozar sin poder disimularlo. -No llores.
-Soy una persona horrible.-se dijo ella.-esa bala era para mí, no para ti.
-No eres una persona horrible. Eres muy valiente.-Dijo él.-Creía que en cuanto vieras la sangre te desmayarías...pero estaba equivocado. Me has bajado la fiebre.-él enjugó las lágrimas de la chica y le sonrió. De pronto alguien tocó al timbre.
-¡John!-dijo ella con una sonrisa. Se levantó de golpe y fue a correr hacia la puerta.
-¡Emily!-él la detuvo. Y comenzó a levantarse con dificultad.
-No..-dijo ella. Él no obedeció y se levantó, cogiendo su pistola de la cómoda.
-Quédate aquí.-Le obligó él y caminó con dificultad hasta la puerta.
El chico se pegó contra la pared con un gemido y preparó su pistola. Se acercó lentamente a la puerta y apuntó hacia ella.
-¿Quién es?-preguntó él fríamente.
-¿Quieres abrirme, estúpido vikingo?-era claramente la voz de John. Erik respiró aliviado y abrió la puerta. John llevaba el traje negro y una mochila de las tortugas ninja.-Oh, joder ¿qué has hecho?-Dijo este con repugnancia al ver el torso desnudo del chico. Erik sonrió y dejó caer su pistola al suelo. John cerró la puerta y se pasó el brazo del chico rubio por los hombros, conduciéndolo hasta la habitación.
Emily los vio entrar, su respiración era agitada. John no la saludó, solo dejó sobre la cama a su amigo mientras este se quejaba.
-Sal de aquí.-Dijo el medico con una seriedad impropia de él, refiriéndose a ella.
Emily obedeció y salió de la habitación, cerrando la puerta. Se sentó pegando su espalda a esta y se abrazó las rodillas.


-¿Qué ha sido?-preguntó John abriendo su mochila y colocando una silla al lado de la cama. Sacó unos guantes de látex utensilios quirúrgicos y gasas.
-Un francotirador.-Dijo Erik acomodándose en la cama.
-Te va a doler.-Dijo John. Erik asintió.-Agárrate al cabezal de la cama, no quiero que me des un puñetazo mientras trato de sacarte la bala.
Erik rió y obedeció. John le limpió zona con clorhexidina mientras Erik apretaba los labios para no quejarse.
-Bueno, allá voy.-Dijo John cogiendo las pinzas.


Emily apretó sus rodillas contra su cuerpo mientras escuchaba los gritos y gemidos de Erik. ¿Cuánto tiempo llevaban ahí dentro? El sol se estaba poniendo y poco a poco el apartamento quedaba sumido en la penunbra. La chica pensó que si aquello continuaba así, algún inquilino vendría para quejarse del ruido. Tras cada gemido, rezaba para que él se desmayara y así tener un poco de silencio. Pero eso no ocurría, cuando parecía callarse, volvía a maldecir con un grito. Hasta que finalmente, cuando el apartamento se sumió en la oscuridad, hubo silencio.
Emily lloró durante un rato, al pensar que quizás era una mala señal, y maldecirse a si misma por haber pedido que callara.
Finalmente, cuando parecía ser más de media noche, John salió de la habitación. Emily dio un respingo y esperó con impaciencia durante unos segundos las noticias que tenía que darle.
-¿Está...bien?-dijo ella con una voz que ya no reconocía tras horas de llantos. John inspiró hondo y asintió. Emily lloró de nuevo, pero esa vez no era por pena.-Dios mio...lo siento, lo siento tanto.
John se acercó al lavabo, dejando la puerta abierta y se lavó las manos ensangrentadas.
-Erik es muy fuerte. Ha aguantado durante horas sin apenas moverse. Ahora solo necesita dormir y comer. Para reponer fuerzas.
Emily se acercó a la puerta de la habitación y llevó su mano hasta el pomo. John la agarró con una dura expresión y la obligó a retirar su mano.
Él se dejó caer sobre el sofá y se recostó pasándose un mano por el cabello. Emily se acercó a él con timidez. Desde que había entrado por aquella puerta se había comportado de forma fría y distante.
-John yo...
-No tienes nada que decir. Erik cumplía con su trabajo, los accidentes de esta clase suelen ocurrir.-Dijo él con cortante.
-Pero...estás enfadado conmigo, por lo que ha ocurrido.-John asintió y cerró los ojos para tratar de dormir.
Emily permaneció en silencio sin saber que decir. En realidad, ella también se culpaba. Se retiró a su cama esperando poder conciliar el sueño en lo que quedaba de noche. Pero fue inútil.
Salió de su habitación en silencio en cuanto amaneció. John seguía tumbado de costado sobre el sofá, durmiendo plácidamente. Ella se dirigió hasta el mueble de la cocina, encontró algo de fruta. Recogió un plato, un cuchillo y una cuchara. Escogió una pera y en silencio entró en la habitación de Erik.
La habitación estaba en la penumbra. Erik estaba tumbado sobre la cama, la chica deseó que se despertara con un quejido y le lanzara otro cojín, como la primera vez que lo despertó. Continuó sin moverse mientras ella avanzaba hacia su cama.
Se sentó en la silla que había dejado John. El chico dormía boca arriba plácidamente con una sábana que le cubría gran parte del torso. No había sangre en esta ni rastro de lo que había ocurrido aquella noche.
Emily peló en silencio la fruta y la cortó, aplastándola después con la cuchara. Cuando hubo acabado, colocó el plato a sus pies y contempló a su escolta. Sin poder evitarlo, recordó a Gerard. La sola idea de que le ocurriera lo mismo la hacía estremecer. Alargó un brazo hasta rozar la mano del chico con los dedos. Su piel estaba tibia. Al poco, abrió los ojos.



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