Hay Dragones





Oigo un sonido pausado y repetitivo, tardo un tiempo en percatarme que es mi propia respiración. Intento ordenar a mi corazón que se calme, pero decide ignorarme y seguir palpitando acelerado y sin control. ¿Acaso no se da cuenta del ruido que hace? Unas gotas de sudor se meten en mi ojo derecho y me lo seco con mi mano.
Estoy sangrando.
Lo cierto es que no alcanzo a ver la herida, quizás está en el codo, o en el hombro. No me duele, me siento bien. Dejo por momentos de hiperventilar y me apoyo en el muro de piedra.

Aun tengo la espada en la mano, no me pesa. Es casi como si fuera una longitud de la misma. El acero forjado me devuelve la mirada como un reflejo de mis ojos, quizás fueran verdes en otro tiempo.

Consigo llegar a un silencio y una calma casi espiritual.
Me asomo con cuidado por la derecha del muro destruido, confiando en que esa simple pared de piedra pueda protegerme.
Sylvan, mi viejo amigo, esta tendido inmóvil en el suelo. Realmente no se si sigue con vida, pero creo que soy demasiado cobarde para acercarme a comprobarlo. De pronto escucho un silbido, como un seseo de una serpiente.
Sabe que estoy aquí, me huele.
Como un acto reflejo miro mi fiel espada por ultima vez y salgo de mi escondite. Unos dientes casi tan grandes como yo me sonríen con burla. Los ojos rasgados de la bestia son amarillos y me miran con furia. Cojo aire y valor y alzo mi espada para comenzar una carrera hacia las llamas de sus fauces.
Siento el calor en mi cuerpo y no se si soy yo o es el fuego de la bestia, el fuego del infierno.
La noche camufla las escamas negras del monstruo y la luna se refleja en mi espada.
Grito con furia y finalmente asesto mi último golpe.
Y le sonrío al dragón.

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