El planeta vacío


Encendí el cigarrillo, inspiré profundamente y dejé que el humo entrara en mis pulmones llenándome de aquel delicioso aroma a Winston. Mi paz fue mermada cuando John comenzó a grabar otro nombre en el muro.
―Treinta y dos.―Susurré. John me oyó pero siguió con su trabajo.
La sala estaba silenciosa, solo podía oír el piqueteo del martillo y el cincel tocando la roca de tres metros de alto.
 Me rasqué la frente y le di la última calada antes de apagarlo. John bajó las escaleras y las plegó, pasándose luego la mano por el cabello.
―Giddeon, si sigues así serás el próximo nombre que escriba en esta lápida.― Señaló con el pulgar la gran roca.
Tuve ganas de contestarle, de decirle la verdad: que acabaríamos todos en esa lápida, pero me detuve.
Dejé que John se marchara, dedicándole una sonrisa y volví a mi trabajo. Me respaldé en la butaca y la hice girar lentamente, mirando mi 
escritorio. Eché un rápido
vistazo: un ordenador, auriculares, una radio, un bloc de notas con unos papeles y un
marco con una fotografía. Me quedé absorto acariciando los rostros que aparecían. Volví girar la silla y observé la lápida, aquella gran roca con treinta y dos nombres escritos coronada por una cruz cristiana, maldije que hubieran metido aquel pedrusco en mi despacho, solo para recordarme cada instante cual era mi misión, y la responsabilidad que acarreaba.
De pronto tuve miedo, pensé en todas las muertes y deseé con todas mis fuerzas
no ser el último en morir y tener que escribir el nombre de mi última compañía si fuera  así, nadie escribiría mi nombre, nadie me recordaría.
“¿Qué tonterías dices Giddeon?” Pensé. Aunque escribieran mi nombre en una lápida... ¿Quién la leería?...nadie.
―Nuestros días están contados.―Suspiré.
¿Quiénes somos? Ahora...no somos nada. Somos el último suspiro de la que un día fue una civilización. Toda la vida había quedado reducida a mero polvo y cenizas. Pero una vez fuimos hombres, tuvimos familia, sueños y esperanzas. Miré de nuevo los rostros de la fotografía, solo aquel retrato me salvaba de mis peores pesadillas.
Aun podía apreciar el rostro de las dos mujeres que más había amado en mi vida.

Abrí el cajón que tenía a mi derecha y observé el revólver. Cada noche tenía pesadillas y más de una vez me había encerrado en este despacho apunto de apretar el gatillo. ¿Qué me impedía hacerlo? ¿Era demasiado cobarde? Por desgracia, yo era la única esperanza de aquella cárcel y aun soñaba que, de algún modo, mi familia seguía con vida.

Habíamos estado allí encerrados, en aquel búnker, durante años. Aunque la mayoría ya no teníamos en cuenta el tiempo. Estábamos suspendidos en un letargo que solo tendría final con la muerte.
A pesar de todo, hace quince años que estamos aquí y de cuarenta y seis que empezamos, quedamos doce.

Mi nombre es Giddeon y soy técnico de comunicaciones. Había servido a mi país luchando contra sus enemigos e informando de todo lo que pareciera peligroso.
Un día, vinieron a mi casa y sin más explicación para mi familia dijeron que necesitaban mi servicio, y me separaron de ellas. Aun las recuerdo, quedaron plantadas frente a la puerta. Solo conseguí recoger unas mudas y la foto que ahora adornaba mi triste escritorio.
Fui metido aquí, con otras personas que apenas conocía. Con una radio y un bloc
de papeles. Las últimas noticias que tuvimos del mundo exterior fueron nefastas.
Lo llamaban ‘Z’. Aquel extraño mal arrasó toda vida existente en el planeta, logré mantenerme comunicado con el gobierno durante uno o dos años.
 Habían conseguido que una pequeña parte de la población se refugiara en diferentes bunkers. Jamás me dijeron si mi familia estaba con ellos hasta que finalmente, un día dejaron de responder.

Mi trabajo no ha cambiado, pero mis esperanzas son cada vez más vagas.
Cierto era que en nuestro bunker, de los treinta y dos fallecidos, solo uno había
muerto por el virus. El resto cayeron como moscas, la mayoría ahorcados.
Entre los que quedábamos yo estaba a punto de pasar los cuarenta y los demás
ya rondaban los cincuenta. Había tres mujeres, la más joven había tenido dos hijos
mellizos. Desconocíamos quién era el padre porque la joven había criado sola a esos niños, que ya habían cumplido los ocho años.

De pronto me sentí hambriento. Teníamos un cocinero, racionaba como podía los
alimentos, aun así habíamos podido crear una especie de granja, de la que quedaban
escasos víveres. La tarea se hacía difícil con luz artificial.

Cuando salí del despacho, me encontré de bruces con los mellizos. Se encontraban de pie junto a la salida, la escotilla se encontraba abierta.
Lo que pasó después ocurrió muy deprisa.
Agarré a los niños gritándoles y preguntándoles si ellos habían abierto aquella puerta, ellos me miraban fija y silenciosamente. Apreté la alarma para avisar a los demás y me tiré hacia la escotilla para cerrarla.

Nos encerraron en una extraña cúpula. Si habíamos contraído el virus, que sería
lo más probable, moriríamos en unas horas. Miré a los niños, ellos no dejaban de observarme fijamente, casi sin pestañear. Intenté dirigirles unas palabras para tratar de evitar que se asustaran.
―Vamos, no pasa nada. Seguramente no estaremos infectados.―ellos seguían
mirándome sin reaccionar.― Nos soltaran enseguida.

A la media hora de no mediar palabra decidí ser directo.― ¿Habéis salido fuera
niños? Vendrán unos señores y os lo preguntaran.―Ellos se miraron.
―Madre nos dijo que no ha habido niños antes que nosotros.―Dijo la niña con un susurro casi imperceptible.
―Así es. No teníamos los médicos adecuados.― Les respondí.
―O no serían los elegido.―Respondió el niño. Lo miré fijamente.―Dios os ha enviado este castigo.
― ¿Creéis que esto es cosa de Dios?―pregunté atónito, ¿Qué les habría estado
contando su madre?
―Él ha decidido castigaros por vuestros pecados. Por eso madre dice que
nosotros tenemos un don.
― ¿Un...don?―Mi estúpido corazón latía demasiado deprisa. Lo que realmente
me ponía los pelos de punta, era que realmente se creían lo que estaban diciendo. Como un predicador, intentaban convencerme con aquel tono de voz.
―Nosotros somos los enviados de Dios, el desea que reconstruyamos la tierra y la
repoblemos con mejores seres. Los humanos son demasiado egoístas, y se han olvidado
de quién manda. Pero esto no debemos decírselo a nadie.―Los gemelos se miraron y
sonrieron, su risa no fue de burla, sino de maldad pura.
― ¿Y me lo decís a mi?―pregunté tragando saliva.
―Sí, porque tu vas a morir.
Me quedé ensimismado durante unos minutos, recapacitando sobre todo lo que decían. ¿Realmente me los estaba creyendo? Sacudí mi cabeza.
―Si voy a morir, vosotros también, habéis estado frente a la puerta durante un
buen rato.―Se rieron de mi.
―No es la primera vez que salimos fuera.―Aquello me dejó atónito.
¿Eso era posible? Si habían salido fuera....¿podía ser?¡ Quizás ellos fueran la cura! No era Dios el responsable, era ciencia. La especie que sobrevive es la que se hace fuerte, y los niños habían nacido inmunes, por una simple selección natural.
―Su sangre...―dije en voz alta.― ¡Su sangre es la cura! ¡Capitán!
 Este vino al poco de oír mi voz. No estaba seguro, yo no sabía de medicina ni genética, pero quizás alguien pudiera investigarlo. El capitán se aproximó al cristal.

―Capitán creo que he encontrado una cura...
Cuando pude explicarlo todo, comencé a sentirme débil. No me dejaron salir de
la cúpula, pero unos enfermeros entraron para sacarles sangre y analizarla.
Sentí como el corazón me apretaba el pecho y la sangre se me helaba. Caí al suelo y todo el cuerpo se me paralizó. No pude gritar para avisar a los médicos. Tampoco fui capaz de ayudar cuando entraron los enfermeros, los niños se resistieron, les quitaron las máscaras y les clavaron las agujas con aire dentro.
Los médicos cayeron al acto. ¡Capitán! ¿Dónde estaba el maldito capitán?
―Lo siento Giddeon, ―Dijo la niña con un sonrisa.― Es un sacrificio necesario. Todos debéis morir, hay que empezar de nuevo.
Traté de moverme, pero el maldito virus se había adueñado de mi cuerpo, actuaba con demasiada rapidez.

―Nosotros no nos infectamos, ―Dijo el niño encogiéndose de hombros.― Morirás en unos minutos, seguramente.
Agonicé durante lo que me parecieron horas, mientras ellos abrían mi cúpula y
dejaban que el virus que me había invadido se extendiera. Y durante aquellos minutos lo
empecé a entender todo, quizás fueran hijos o enviados de Dios, quizás todo fuera un
purgatorio, pero no era de nuestro Dios. Aquellos engendros eran la viva imagen del Dios del mal....

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